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22:13h. domingo, 07 de marzo de 2021

El objetivo de la historia no es el conocimiento del pasado. Al menos, ese no es, según cree­mos, su fin último. Y ello a pesar de que lo considere así la generalidad o la mayoría de los humanos. La Historia realmente pretende conocer el presente, incluso, tratar de intuir algo de cómo va a ser el futuro. Y para ello utiliza el conocimiento del pasado.

Yo soy historiador. Y lo soy de vocación y de profesión. Y ello lo digo sin ambages, aunque con matizaciones. Porque la Historia es una ciencia que requiere precisión, constancia, mesura, concreción, imaginación…, cualidades que, según creo, no siempre me adornan. 

Y es que no todos los que nos decimos his­to­ria­dores, o nos llaman o califican como tales, lo so­mos. Y ello, incluso, aunque hayamos es­tu­dia­do Historia en la Universidad, publicado al­gún libro, o escrito y enseñado Historia… Po­demos ser expertos, estudiosos, licenciados, pro­fesores, investigadores, redactores de libros ‘de historia’, etc., etc., y no ser historiadores. Y es que serían tantas y tan variadas las cua­li­da­des objetivas necesarias para definir a un historiador, que no me creo, sin falsas modestias, en posesión de las suficientes como para autocalificarme así sin un cierto rubor. 

La Historia no siempre ofrece en todos los casos visiones y versiones coincidentes. En primer lugar, sería preciso decir que son distintas las llamadas ‘historia acaecida’ e ‘historia conocimiento’. No es igual lo que ocurrió que lo que sabemos, o conocemos, de aquello que realmente ocurrió. En otros idiomas, incluso, se utilizan distintos términos o palabras para referirnos a esas dos ‘historias’, la ‘acaecida’ y la ‘conocimiento’. 

Ni siquiera es desdeñable, para ser certeros, el cómo se redactó el conocimiento que tenemos del modo en que ocurrieron determinados hechos históricos. Y hay que considerar, en puridad, la ‘suerte’ que pudo influir en el hallazgo de fuentes o filones documentales necesarias para el análisis y conocimiento de lo acaecido. O la proximidad y facilidades que al respecto ha tenido el investigador... Pero, además, la propia intencionalidad de quien practica esta ciencia introduce matices que puede presentarnos visiones muy distantes.

Las mentalidades cambian con los tiempos. Las épocas influyen en las concepciones que se tienen del mundo, y así, no es lo mismo como se interpretan los mismos hechos históricos vistos a través del color de los cristales de las diferentes perspectivas temporales. Incluso las ideologías tienen mucho que ver a la hora de ‘mirar’ los hechos históricos. Su fuerza y su impacto en la interpretación no es un matiz despreciable.
Expresiones tales como que “la Historia la hace el pueblo pero la escriben los amos”, “todo es del color del cristal con que se mira”, etc., etc., crea una visión devaluada de la ciencia histórica que desprestigia a quienes la practican y confunde a la opinión general.
Por eso el término ‘historiador’ requiere matizaciones. Si ser ‘historiador’ es investigar el pasado, analizar hechos históricos, buscar su entronque en la línea del tiempo, conocer sus causas y consecuencias, y tratar de darle sentido en el conjunto de lo acaecido, lo soy, o intento serlo.

Si ser historiador es haber estudiado la ciencia histórica, y haber superado los cursos obligados al respecto por la Universidad, debo aceptar que lo soy. Si ser ‘historiador’ es manejar datos, analizar datos, investigar datos, etc., también debería aceptar que soy historiador...  Sin embargo, no estoy seguro de ser el historiador que debería ser. 
Mi amigo y compañero Francisco del Pino Roldán, decía, utilizando términos futbolísticos, que nosotros, él y yo, éramos historiadores de categoría “regional preferente”. Y puede que tuviera mucha razón.  

En cualquier caso -y dadas las limitaciones expuestas- vivo la tarea de historiar con una constante vigilancia sobre uno de los peligros acechantes en los que resulta más fácil sucumbir a los cronistas y estudiosos locales, o de ‘regional’. Y es que conocer el pasado, el presente, y algo del futuro de la tierra donde uno ha nacido, y vive, es una tarea muy atractiva, muy emocionante, y, por tanto, apasionante... Pero, es necesario advertir que, cuando una tarea resulta apasionante, corre el riesgo de convertirse en apasionada. Y si la Historia resulta apasionada..., deja de ser Historia.

Por todo ello, la mirada de historiador resulta muy complicada. Sobre todo si se pretende tener una mirada limpia para poder ver y comprender certeramente lo que fuimos, lo que somos y lo que probablemente seremos.