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21:40h. domingo, 07 de marzo de 2021

Columna de Francisco Montoro

Mi perrita Cani llegó a la familia de una manera poco esperada. Quizá como ocurre en muchas otras familias cuando les llega un perrito. En el caso nuestro, fue exactamente eso: un momento no esperado. Mis hijos, dos de ellos, se encapricharon en tener una perrita caniche que les regalaba un amigo. Una peluche hembra, blanca ahuesada, de tamaño grande. Yo, a pesar de la primera contrariedad, no me pude negar, aun consciente de los inconvenientes que ello conllevaba, porque siempre de niño tuve un perrito en la casa, donde mi abuela y mi tía, con las que vivía, se esforzaban, hasta en eso, de que yo creciera feliz. 

La llegada de la caniche a la casa fue todo un acontecimiento. Poco a poco, tras criarla -en lo que ayudó extraordinariamente la madre de la familia-, porque la recibimos recién nacida, los niños se fueron desentendiendo de su atención y fuimos nosotros, los padres, los mayores, los que estuvimos pendientes de Cani. Sacarla de paseo, darle de comer, educarla, llevarla al veterinario, cuidarla cuando enfermaba, pelarla, lavarla… El día que Cani murió fue una tragedia familiar para todos. Especialmente para los padres y, de modo especial, para mí. 

Cada noche que salía a pasear con mi perrita, ella andaba y corría, jugando con alegría inmensa y envuelta en juegos gozosos y agradecidos. Nunca se enredaba en broncas con otros perritos, nunca desobedecía mis órdenes ni se alejaba, siempre era obediente y permanentemente encantadora y cariñosa.

Recuerdo las zalamerías con que nos recibía a todos y a cada uno de los miembros de la familia cuando volvíamos a casa tras la jornada. Recuerdo el lugar donde dormía, desde donde nos miraba intensamente a todos, desde donde vigilaba que todo iba bien. Cani, cuando había algún ruido extraño, rápidamente se alertaba y nos alertaba a los demás, previniendo cualquier sorpresa desagradable. Cani fue un ejemplo de lealtad y de cariño.
Por eso comprendo lo de los parques para perros, lo de las playas para perros… Porque la atención a las mascotas, su atención y cuidados, forma parte del quehacer diario en las familias donde existen. Se llegan a querer como a un miembro más de la familia, y su alegría es nuestra alegría y su dolor nuestro dolor.

De pequeño, como ya he dicho, en mi casa siempre tuve un perrito y un gato, y mientras que, curiosamente, los gatos “no tienen amigos”, los perritos son, terminan siendo siempre, “verdaderos amigos”, “amigos leales”. Cuando en alguna ocasión observo por las calles, o por el campo, un perro abandonado, lo paso mal y recuerdo aquella campaña publicitaria que decía insistentemente aquello de: “No lo abandones; él no lo haría contigo”.

Las mascotas dan compañía, despiertan sentimientos, ayudan a motivarnos al ejercicio a quienes las sacan a pasear, nos ayudan a disciplinarnos, a regular horarios, a ser ordenados, higiénicos, responsables…

La vida está llena de pequeñas cosas, como las mascotas, que, al igual que la sal en la comida, no observamos bien su existencia hasta cuando nos faltan. 

Todavía de noche, aunque han pasado diez años, cuando salgo a andar, me acuerdo de Cani, me parece que va a reaparecer en cualquier recodo, tras algún árbol, junto a algún banco. Sus carreras, sus saltos, sus arrullos… los recuerdo como si fuesen de ayer mismo.

Las pequeñas cosas, aunque resulte extraño, también son importantes para sentirnos vivos y felices. Aquellos que tienen mascotas saben de lo que les hablo. ¿O no?