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00:54h. domingo, 09 de agosto de 2020

Dice un proverbio africano que por la ignorancia se desciende a la servidumbre, y por la educación se asciende a la libertad.

El 23 de abril, conmemoración de la muerte de Miguel de Cervantes, fue de­cla­ra­do internacionalmente por la Unesco, en 1995, como el Día Internacional del Libro. Ya el rey Alfonso XIII firmó un Real De­cre­to (6 de febrero de 1926) por el que se crea­ba oficialmente la ‘Fiesta del Libro Es­pañol’, que habría de celebrarse en la fecha en que entonces se creía del nacimiento de Cervantes, el 7 de octubre. Al parecer, la idea original fue del escritor valenciano Vicente Clavel Andrés, que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona, donde fue aprobada en marzo de 1925. 

La celebración ha tenido un gran arraigo en toda España, en especial en las ciudades donde existía Universidad. En Barcelona, al coincidir con el día del santo patrón, conocido como ‘Día de San Jorge’ (Diada de Sant Jordi), se hizo tradicional la costumbre del intercambio y regalo de rosas y libros entre parejas y personas queridas, convirtiéndose en una de las jornadas po­pu­lares más celebradas del año. Pre­cisamente, esta tradición catalana fue uno de los argumentos principales utilizados por la UNESCO para declarar el 23 de abril como ‘Día Internacional del Libro’. 

A pesar de tantos adelantos como vivimos en los tiempos que corren, el libro sigue siendo el elemento cultural por excelencia. Y es que la sabiduría acumulada a través de los siglos se ha transmitido con ellos, manteniendo encendida la llama del conocimiento, del entendimiento y de la sabiduría, y sirviendo, en todo tiempo, para hacernos crecer, hacernos entender y hacernos mejores. 

Aprendí de muchacho aquello de que “un libro ayuda a triunfar”, y crecimos observadores de que, en muchas ocasiones, la lectura de un libro ha hecho la fortuna de su lector, ha cambiado de torcido en recto el camino de una vida, o ha decidido un futuro hacia el que tender. 

El libro tiene los mismos enemigos que el ser humano: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido. Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo, “es fuerza” -dirá Rubén Darío-, es valor, es alimento; antorcha del pensamiento y manantial de sabiduría, de ilusiones y de amor. Los libros son preciosas fragatas que nos conducen a tierras lejanas, audaces elefantes que nos cruzan poderosas montañas, rugientes aviones que nos trasladan a lejanos países, luminosas alfombras mágicas que nos depositan en paraísos de sueño, voces vivientes que nos aconsejan desin­tere­sadamente, inteligencia sutil que nos habla en secreto, un diálogo incesante entre autor y lector, una victoria en la batalla del pensamiento humano... 

Hace unos días, tropecé de nuevo con un pensamiento que me entusiasmó: “Yo soy libre, tú eres libre, nosotros somos libres... ¡Vivan las librerías!”. Nos recuerda el es­logan de que ‘El libro nos hace libres’.

Corren tiempos extraños, en los que se editan más libros que en ningún otro momento de la historia, y, sin embargo, hay más ciudadanos que confiesan no haber leído otros que los de texto en las aulas.  

El tiempo y la Historia me han enseñado algo sobre los libros que me ha hecho reflexionar repetidas veces. Es algo duro e inconfundible. Clarificador. Allí, en los países, épocas o mentalidades donde la ignorancia, la intransigencia o el odio, llevan la situación al punto de que se quemen los libros, se acaba, indefec­tiblemente, torpemente -te­rriblemente-  por quemar a los hombres...

Qué hermoso sería que cada 23 de abril, al menos una vez al año, las calles se inundaran de libros, y unos a otros mostráramos nuestra amistad y amor a la cultura y a los demás regalando e intercambiando libros. 

Y es que ahora, será por los años, cada vez entiendo mejor al inmortal Groucho Marx, cuando comparando los libros con la televisión, defendía algo insólito y edificante: “Encuentro a la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la en­ciende en mi casa, me retiro a otra ha­bitación y leo un libro…”.