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01:02h. jueves, 01 de octubre de 2020
Artículo de Francisco Montoro

El 9 de marzo de 1982 -hace 38 años- el diario Sur publicaba un artículo nuestro titulado La ermita del patrón de Vélez-Málaga: un establo de vacas, recién demolido el Convento del Carmen y con una cita de Philips Chesterfield que rezaba “Fortuna perdida, nada perdido; honor perdido, mucho perdido; ánimo perdido, todo perdido”.

Un excompañero y amigo me comentaba hace unos días que no encontraba el artículo y que tenía mucho interés en él porque reflejaba un mal endémico de la ciudad, al que no se le había dado solución, a pesar de los años transcurridos. He rebuscado entre papeles, y va por él y por cuantos sienten con pasión el mundo cultural y patrimonial veleño:

“Desde que el ataque atroz de la incultura, casada como otras veces con la fría especulación, hiciera, hace apenas un mes, rodar por los suelos y saltar por los aires las nobles piedras del edificio carmelitano veleño, Vélez-Málaga vive un luctuoso trance de dolor, luto, lamentos y confusión. El Carmen ha muerto y algo de todos los veleños ha muerto también. San José de la Soledad era un símbolo. Se destrozó la Puerta Real de la Villa -única de las cuatro de la ciudad antigua que seguía en pie- y se le llamó “error que no se repetiría”. Se destrozó el patio de armas de la fortaleza veleña -doce siglos de historia dolorida- y se le llamó “¿qué le vamos a hacer?”. Ha caído sin dignidad el Convento del Carmen -corazón urbano de la ciudad nueva- y se le ha llamado “silencio administrativo”, “consenso de cuatro de los cinco partidos en el actual ayuntamiento”, “intervención quirúrgica necesaria”, etc., etc. ¡Qué facilidad tenemos en este Vélez de nuestras penas para ponerles nombres a las ignominias¡.
Pero hay otras cosas que salvar en nuestro pueblo, cosas pequeñas de nuestra historia grande, si queremos todavía mantener sobre nuestros hombros algo de la conciencia del propio valer, tan lamentablemente dañada tras los últimos acontecimientos históricos destructivos ocurridos en nuestra ciudad.

El mundo cultural veleño había bajado la guardia en los últimos tiempos pensando que el tema del patrimonio histórico-artístico estaba en buenas manos con la nueva corporación. Craso error, hoy patente, que largamente penaremos y lamentaremos. Pero la cortina se ha descorrido y la puesta en escena no nos gusta. No se pueden callar otras cosas.

Entre lo mucho que hay por decir, bástenos citar la triste suerte de la Ermita de San Sebastián. En dicho lugar se produjo, según la tradición, el hecho de armas que se conmemora en el escudo de la ciudad. Sus muros fueron levantados para que no se perdiera el recuerdo de aquel hombre sencillo que murió para salvar la vida del rey de España. Por él, doña Isabel la Católica concedió escudo de armas, y su hecho sigue recordándose en el sello que identifica a la comunidad municipal veleña.

Hoy, de aquella ermita solo quedan sus cuatro paredes y el arco toral del presbiterio. Su valor artístico es muy escaso, pero su valor histórico es de tal magnitud que rechinan los dientes al contemplar que un recinto donde se puedo perder la unidad de España hoy está convertido en un establo de vacas. Pero es que, para más inri, San Sebastián es el Patrono de Vélez-Málaga… Inmemorialmente, el 20 de enero de cada año ha sido fiesta local en conmemoración del patrono San Sebastián, aunque hace bastantes años que la fiesta no se conmemora.

Nada se sabe sobre qué derechos asisten a quienes en la actualidad la utilizan como lechería. Nada se sabe sobre cómo esta ermita, situada en uno de los barrios más antiguos y humildes de Vélez-Málaga, no se le rescata y salva. Nada se sabe sobre lo que dirían los veleños que viven en el barrio si se proyectase rescatar la ermita y, como mínimo, se la expusiera a la pública contemplación, con una lápida que recordara su significado. Nada se sabe… La verdad es que, posiblemente, el gran problema de nuestro Vélez es que muchas cosas no se saben.

Si cada pueblo tiene lo que merece, Vélez-Málaga tiene que empezar a hacer méritos, porque atrocidades como ésta claman a la conciencia culta de un pueblo. Un pueblo que ve crecer una juventud mayoritariamente espléndida y que tiene derecho a recoger los frutos que aún quedan de nuestra historia milenaria”. 

(Sur, martes 9 de marzo de 1982. Francisco Montoro).