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14:04h. martes, 27 de octubre de 2020
Artículo de Francisco Montoro

Desde que a comienzos de 1908 partiera el tren suburbano desde Málaga a la Axarquía, se abría un mundo de posibilidades económicas, sociales y culturales para las tierras del oriente malagueño.

Se había esperado mucho tiempo para que esa nueva variable de la comunicación, que prometía trasladar personas, productos, capitales e ideas, se hiciera realidad y acercase la modernidad hacia estas tierras milenarias, donde se la esperaba con disponibilidad. El día que llegó el tren llegaba más que una locomotora que tiraba del un convoy ferroviario, era la esperanza, la modernidad, el siglo XX...
Aquel día que llegó el tren desde Málaga, por primera vez, todo fue una gran fiesta. Su llegada fue saludada con música y cohetes. Una muchedumbre inmensa, compuesta en su mayoría por familias veleñas, llenaba los andenes. Nos cuenta la prensa de la época que allí estaban las señoras, y señoritas, de Herraiz, Valle, Collantes, Gutiérrez, Perales, Moreno, Martínez, Timonet, Gómez, Bourman y otras... Entre las autoridades, asistieron don Francisco Gómez Bellido, alcalde de Vélez; don Francisco de Paula Sola, juez de instrucción; don José Bascán, abogado; don Adolfo Martínez, médico de Torre del Mar; don Manuel Martínez, administrador de la fábrica de Torre del Mar; don Ricardo Alcames, capitán de la Guardia Civil; don Rafael Martínez, teniente de carabineros; don Manuel Montoro, dueño de la fonda de Vélez; el párroco de Torre del Mar, el depositario del Ayuntamiento, el jefe de la aduana, el cura de La Viñuela, etc., etc. Todo un acontecimiento.

A partir de entonces se van a suceder numerosas visitas a Vélez-Málaga, utilizando el nuevo medio de transporte. Algunas muy significativas. Por ejemplo la visita de la ilustre Mª Nieves de Braganza -que llegara en tren y se alojara en el hotel Montoro- casada con don Alfonso Carlos de Borbón, duque de San Jaime, pretendiente al trono español, y que fue considerada por los carlistas “reina consorte titular de España, Francia y Navarra”. Al parecer, la visita a Vélez-Málaga tenía por objetivo documentarse y redactar unas notas destinadas a un futuro ‘libro de viajes’, que, al parecer, luego no se publicó. Hoy resultan llamativas sus curiosas referencias al Vélez-Málaga de entonces (su iglesia, sus calles, su hotel…) y, precisamente, de un tiempo que fue muy significativo para la ciudad. Las notas a lápiz de ‘la reina de España’ nos hablan de “…Fuimos al hotel Montoro esperando en su saloncito a que nos sirvieran de comer…”. Y, cuando habla de la iglesia de San Juan Bautista, la llama “la catedral”, informándonos de que “un sacerdote muy amable”, al que luego encuentra de nuevo en el hotel Montoro, y que, sin duda, se trata del presbítero don Manuel de Palma, le explica la fórmula para entrar en “la catedral” por la sacristía… Igualmente afirma, en otro momento, que se trata de una ciudad hermosa, cuidada y con un manifiesto blanco de cal: “…La ciudad de Vélez es muy bonita. Casas blancas, limpísimas…”.

También ‘el poeta de la raza’, el ilustre Salvador Rueda, hace una colorista referencia al tren de Vélez. En una carta suya, que se publica en el periódico El Defensor de Vélez-Málaga del 21 de agosto de 1911, y que iba dirigida a su director, aparece la siguiente alusión: “...No tengo más objeto al ir a esa Ciudad [Vélez-Málaga] que saludar a mi amigo Montoro, comer y dormir en su fonda riente y límpida y, a la mañana siguiente, tomar ese tren, increíblemente bello, que por el borde de las olas va hasta la Málaga de nuestros amores...”

Por último hoy, para referirnos al tren, vamos a traer las impresiones del escritor Gerald Brenan, que constituye una referencia casi obligada para muchos de los viajeros que visitan Málaga y provincia desde los años veinte. En 1936, Brenan hace una referencia al ambiente del tren, donde viajaba hasta Vélez-Málaga: “...Por el vagón pasaba un constante fluir de vendedores callejeros de todas las edades, ofreciendo plátanos, frutos secos, pastas, pipas de girasol, dulces, billetes de lotería, agua. A su paso dejaban tras de sí en una larga cantinela el anuncio de lo que vendían: hay agua fresca, tortas las tiene buenas, Oye, las avellanas. Entre ellos había una mujer que, con gesto de desaliento, ofrecía peines y libros de bolsillo que nadie compraba. Luego llegó un guitarrista y tocó unas cuantas canciones y tras él un jorobado, con los ojos como bayas ácidas, que se paseó arriba y abajo entre su audiencia tocando el violín...”
¡Ay, aquel tren que perdimos...!