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22:53h. domingo, 07 de marzo de 2021

(Publicado en Sur el 9 de marzo de1982)

Desde que el ataque atroz de la in­cultura, casada como otras ve­ces con la fría especulación, hi­ciera, hace apenas un mes, ro­dar por los suelos y saltar por los aires las nobles piedras del edificio carmelitano veleño, Vélez-Málaga vive un luctuoso trance de dolor, luto, lamentos y confusión. ‘El Carmen’ ha muer­to, y algo de todos los ve­le­ños ha muerto también. ‘San Jo­sé de la Soledad’ era un sím­bo­lo. Se destrozó la Puerta Real -úni­ca de las cuatro de la ciu­dad medieval que per­ma­necía en pie- y se le llamó “error que no se repetiría”. Se des­tro­zó el patio de armas de la For­ta­le­za veleña -doce siglos de his­toria do­lorida- y se le llamó “qué le va­mos a hacer”. Ha caí­do sin dig­nidad el Convento del Car­men -corazón urbano de la ciu­dad nueva- y se le ha lla­mado “si­lencio administrativo”, “con­senso de cuatro de los cin­co partidos” en el actual ayun­ta­miento, “intervención qui­­­rúr­gica necesaria”, etc., etc. ¡Qué facilidad tenemos en este Vélez de nuestros amores para ponerles nombres a las ignominias!

Fortuna perdida, nada per­di­do.

Honor perdido, mucho per­di­do.

Ánimo perdido, todo per­dido.
Philips Chesterfield

 

Pero hay otras cosas que salvar en nuestra tierra, cosas pequeñas de nuestra historia grande, si queremos todavía poder mantener sobre nuestros hombros algo de la conciencia del propio valer, tan lamentablemente dañada tras los últimos acontecimientos his­tóricos destructivos ocurridos en nuestra ciudad.
     El mundo cultural veleño había bajado la guardia en los últimos tiempos, pensando que el tema del patrimonio histórico-artístico estaba con la nueva corporación en buenas manos. Craso error, hoy patente, que largamente penaremos y lamentaremos. Pero la cortina se ha descorrido y la puesta en escena no nos gusta. No se pueden callar otras cosas. Aún hablando, ya han sido demasiadas peleas perdidas.
     Entre lo mucho que hay por decir, bástenos citar en este momento la triste suerte de la ermita de San Sebastián. En ella se produjo el hecho de armas que se conmemora en el escudo de Vélez-Málaga. Sus muros fueron levantados para que no muriera el recuerdo de aquel hombre sencillo llamado Sebastián Sánchez, El Pelao, que interpuso su cuerpo ante la lanza mortal para salvar la vida al rey de España. Palmerola incluye el hecho en su libro Cien ejemplos gloriosos de nuestra historia militar, a él hacen referencia todos los textos que tratan la historia moderna de Es­paña; por él, doña Isabel la Ca­tólica concedió escudo de ar­mas, y su hecho sigue re­cor­dán­dose en el sello que iden­tifica a la comunidad mu­ni­cipal veleña.
     Hoy, de aquella ermita levantada en el siglo XV, y por tan insigne motivo, sólo quedan sus cuatro paredes y el arco toral del presbiterio. Su valor artístico es muy escaso, pero su valor histórico es de tal magnitud, que rechinan los dientes al contemplar que el recinto conmemorativo del lugar donde se pudo perder la unidad de España, hoy esté convertido en un establo de vacas. Pero es que, para más inri, San Sebastián es el patrono de Vélez-Málaga. La tríada formada por la Virgen de los Remedios, San Roque y San Sebastián, ha sido durante siglos el vértice es­pi­ritual de la capital de la Axarquía. De la ermita de San Roque no queda ni rastro. Tal vez sea mejor así; de otro modo cabría la posibilidad de que hoy, para deshonra de muchos, fuese, como la de San Sebastián, un establo-zoo.
Inmemorialmente, el 20 de enero de cada año ha sido fiesta local en conmemoración del patrono San Sebastián. Aunque hace bastantes años que la fiesta no se conmemora, el hecho está ahí, la ermita -lo que queda de ella- está ahí y éste año, los que en la libreta de recuerdos más queridos tenemos anotada la efeméride, no hemos podido recordarla, pues no nos dejaron hacerlo los ruidos, al caer, de las piedras del Convento de San José de la Soledad, cuya demolición se iniciara el día anterior.
     Nada se sabe sobre qué derechos asisten a quien en la actualidad la utiliza como lechería. Nada se sabe sobre cómo a esta ermita, situada en uno de los barrios más antiguos y humildes de Vélez-Málaga, no se la rescata y salva. Nada se sabe sobre lo que dirían los veleños que viven en el barrio si se proyectara rescatar la ermita y -como mínimo- se la expusiera a la pública contemplación, con una lápida que recordara su significado. Nada se sabe… La verdad es que, posiblemente, el gran problema de nuestro Vélez es que muchas cosas no se saben.
     Si cada pueblo tiene lo que merece, Vélez-Málaga tiene que empezar a hacer méritos, porque atrocidades como ésta claman a la conciencia culta de un pueblo. Un pueblo que ve crecer una juventud mayoritariamente espléndida y que tiene derecho a recoger los frutos que aún quedan de nuestra historia milenaria.