martes, 18 de junio de 2024 17:58h.

El hogar

Es posible que una de las cosas que más nos interesan y nos afectan a los seres humanos sea la vivienda, el lugar donde intensamente desenvolvemos nuestra vida. Se trata del espacio vital donde crecemos, soñamos, descansamos, comemos, amamos, y nos realizamos en los diferentes aspectos vitales. 

De la vivienda, nuestra vivienda, depende muchas veces el cómo nos sentimos de ánimo, el sentimiento de plenitud, relax, cansancio, tranquilidad. Es más, hay quien dice que la vivienda es la medida del ser. Que de ella depende el cómo nos comportamos, cómo nos relacionamos con los demás, qué comportamientos tenemos, incluso si somos felices o no. En cualquier caso no cabe duda de que la vivienda es uno de los elementos más decisivos de nuestra desgracia o felicidad.

De niños, la casa, nuestra casa, fue siempre el principal lugar de juegos, el espacio donde se hizo patente el amor de los padres –y hacia los padres–, el cariño de los abuelos, los hermanos… La casa, por tanto, siempre fue para la inmensa mayoría de los mortales el lugar de llegada, la meta de cada día, el escenario sobresaliente de muchas, muchísimos, cosas de la vida. 

Siempre, o en la mayoría de los casos, hay alguien que nos espera en “la casa”, que nos aguarda, y en ella encontramos descanso, consuelo, aplauso, tiempo de libertad, momentos de emprendimiento, ilusiones de comienzos y re comienzos… 

Pero una vivienda, o una casa, no es un hogar. El hogar es más, bastante más que una vivienda. Es el espacio físico y sentimental donde se crece y donde se desarrollan nuestras intimidades, los elementos de nuestra personalidad que nos hace diferentes a los demás. El hogar es el caldo de cultivo en el que floreció lo que quisimos ser, donde evolucionó lo que pudimos ser, en el que aterrizamos en lo que realmente fuimos en la vida. Y ello, tanto en lo afectivo, como en lo profesional o lo existencial.

Por eso cuando a lo largo de la vida nos acercamos a nuestra casa, al lugar donde crecimos, o cuando regresamos a ese espacio vital de nuestros tiempos primeros, cuando visitamos a nuestros padres, abuelos, hermanos… cuando “regresamos”, o visitamos, aunque sea temporalmente, ocasionalmente, a lo que fue en el pasado nuestra casa, nuestro hogar, nos inundan las nostalgias, lo sentimientos, los afectos, los reencuentros… En fin, nos invaden las evocaciones del pasado -aun presentes en nuestro interior- y nos transforman emocionalmente de­­­­­vol­vién­­donos, aunque sea por momentos, a otras instancias del alma.

Y es que, a poco que detengamos nuestra agitada vida, y nos paremos en el rellano de la meditación, observaremos que un hogar es donde a uno se le espera (¡siempre se le esperó!), donde se tiene un lugar propio, un espacio donde ubicarse; donde se sabe que a uno se le quiere, sin condiciones; donde se “guardan” y conservan nuestras cosas, nuestras intimidades, nuestros recuerdos.

Un hogar es más, mucho más que una casa o una vivienda. Su matiz final es obra de los padres, los abuelos, y los hermanos, de la familia. El hogar es obra del cariño y está construido sobre los ladrillos de la ilusión, la esperanza y el amor. De casa o vivienda podremos cambiar, pero un hogar es para siempre.