miércoles, 05 de octubre de 2022 09:51h.

El CEA

El CEA (Centro de Estudios de la Axarquía) fue una idea de nuestro amigo extinto, aunque joven, Antonio Jiménez González, que le ocupó con entusiasmo muchos meses. 

Fue todo un impulso arrollador, como tantas cosas que iniciaba: periódicos, comarcalismo, celebraciones históricas…, hasta que, pasado el tiempo, quedaba aparcada la idea, por falta de apoyos, por inanición ideológica, por carencias de tiempo, impulso, ilusión, o grandeza de espíritu de la época, las personas y las instituciones.

Antonio Segovia Lobillo, Antonio Gámez Burgos, Antonio Serralvo Silva, Martín Galán Herrero, Francisco Montoro Fernández, José Méndez Hoyos, Francisco del Pino Roldán, Juan Santaolalla… Un monto de personas inquietas, amantes de la cultura y de esta tierra del sur, capaces de apoyar cualquier iniciativa positiva y constructiva.

Antonio Segovia Lobillo fue la cabeza visible, aunque realmente era Antonio Jiménez quien hacía y deshacía. Quizá ahí estuvo una de las claves del ¿fracaso? de la institución. El exceso de personalismo de Antonio Jiménez explicaría el derrape final. Porque Antonio, que tenía ideas, tiempo, energía… era capaz de impulsar hasta el casi infinito los engendros, pero no cuidaba adecuadamente la participación, la or­­­­ga­ni­zación, la continuidad… Y aunque tenía limitaciones, como todos los seres humanos, poseía cualidades poco corrientes.

El CEA y el comarcalismo nacieron simultáneamente en esta tierra. Y a la vez se disiparon. Aunque el comarcalismo caló en la sociedad y sus premisas no permiten ya marcha atrás.

Pero el CEA no sobrevivió. ¿Falta de organización, de dedicación, de confianza de las instituciones y en las instituciones…? ¿De claridad de los objetivos, de los planteamientos colectivos, de visión de sus miembros...?

Y, sin embargo, el CEA no solo era una tarea atractiva y posible, sino que, a toda visión, indispensable. Porque analizar realidades, estudiar posibilidades, construir informes, transmitir proyectos, apoyar propuestas ilusionantes, etc., etc., era parte de lo que nuestra tierra necesitaba, y aún hoy necesita. ¿Dónde está hoy esa juventud axárquica estudiante de Sociología, Historia, Economía, Medio Ambiente,… que quiera inventar el futuro? ¿Dónde está el sano empuje de los que han de tomar el relevo de los tiempos? ¿Dónde la inquietud por investigar y hallar soluciones y alternativas a la compleja realidad que vivimos? 

Ello nos hace pensar que el CEA, a pesar de su desfase temporal, es algo que debería existir hoy, quizás renacer, para ‘despertar’ y animar a muchos veleños y axárquicos que, en la comodidad y el relax de los tiempos, necesitan de revulsivos de ideas, y propuestas, que relancen hacia el futuro la realidad que nos envuelve. Porque vivimos en una zona envidiable, con clima, paisajes y gente envidiables, con un potencial de progreso altísimo y que necesita de impulsos, visualización de metas, y gimnasia en espíritu colaborativo.

Un Centro de Estudios que haga propuestas, se proponga objetivos, materialice ilusiones y movilice activos. 

¿Qué pasaría si un grupo de ‘jóvenes’ inquietos se lanzara a la aventura de diseñar el futuro, de proponer alternativas, de abrir caminos nuevos? Esta realidad que nos rodea y vivimos, con elevadas dosis de cansancio, falta de iniciativas, desesperanza y claras muestras de agotamiento, necesita de frescura de ideas y de personas que hagan propuestas, inicien análisis y estudios que promuevan el inventar el futuro.

Sería como cuando Antonio Jiménez se lanzó a buscar soluciones de avance para la comunidad, y disparó propuestas a diestro y siniestro, alcanzando un eco real en gente que deseaba realidades nuevas. El comarcalismo surgió así. La Axarquía, como comarca, nació así. El CEA nació así. No se trata de repetir la historia, sino de cumplirla, porque, afortunadamente, la historia nunca se repite.