05:58h. Sábado, 20 de julio de 2019

Como niños

Artículo de Francisco Montoro

Los maestros de cualquier nivel del sistema educativo somos como niños. Nos pasamos la vida en las aulas, primero como estudiantes, luego como profesores. Es algo así como si no tuviéramos otro referente, otra posibilidad de desenvolvernos en el mundo, como si las normas y los recursos propios del ámbito escolar, adecuados para un tiempo de crecimiento personal, se enquistaran en nuestra vida y nos encadenaran para siempre a los pupitres, a los encerados, a los proyectores, a los libros de textos... 

Las dinámicas de siempre aprender, siempre crecer, siempre prestar atención al medio que nos rodea, imprimen carácter, y se han instalado en nuestro modo de ser, de vivir..., convirtiéndonos en personas que se nos identifican con facilidad.  Se nos nota nuestra vida constante en el aula. Y, para colmo, como dice el refrán, “...el que es maestro, es maestro para siempre”. 

Todo el mundo cuando se jubila cambia de vida. Es ley natural. Pero en el caso del profesorado, el cambio es más que un tiempo nuevo de mejor vivir, con menos horarios rígidos, con menos obligaciones ineludibles, y con más espacio para la dedicación a uno mismo y a su familia. Es un momento de cambio completo. Alejarse de las aulas es extrañarse, como cambiar de ciudad, de amigos, de espacio vital. La tiza, los libros de texto, los encerados, los proyectores..., se apartan del camino, como si se escondieran. Y eso resulta muy raro. Siempre estuvieron a la vista desde que tuvimos uso de razón, tan unidos a nosotros como el caballo al jinete, como las gafas a los ojos del miope, como la insulina al diabético..., que se diría que resulta difícil creer que estemos ante una misma persona. 

He conocido maestros que lloraban el día de su jubilación. Muchos los hemos conocido. Porque las jubilaciones del profesorado suelen ser más sonadas que las de otras profesiones, más cálidas, más emotivas... Pero el llanto, a veces, ha sido por motivos distintos a la alegría. El temor a lo desconocido, la inseguridad de una vida inesperada donde no sabemos qué nos llegará, cómo nos defenderemos, a qué nos enfrentaremos... Miedo a lo no esperado, a tener que sobrevivir en un medio totalmente nuevo en todos los aspectos.

En estos años, tiempo cercano al medio siglo, desde que empecé mi vida profesional hasta ahora, todo ha cambiado mucho. Ha cambiado la situación política, el nivel cultural del país, la tecnología, los medios de comunicación, las costumbres, las creencias, los modos de diversión, los valores... Pero la escuela ha cambiado poco. O, al menos, en menos proporción que ha cambiado la sociedad. Y por ende, se ha producido una especie de distanciamiento entre la escuela y la vida. 

El alumnado de hoy no siempre está proclive al proceso de aprendizaje. Las nuevas tecnologías, las redes sociales, los modos de vida, las costumbres familiares, la compatibilidad familia-trabajo de los padres, la sobrecarga de los abuelos, las limitaciones que se presentan agobiantes al día a día de los alumnos, les hacen sufrir quebrantos no conocidos en otros tiempos. Y la desazón del quebranto fuerza a nuestros españolitos a tirar la toalla con más frecuencia de la que cabría esperar o desear. Y como el horizonte no se atisba claro y diáfano, la desesperanza, el aburrimiento, la desatención, la desconfianza..., conducen con excesiva frecuencia al plegado rápido al dictado de lo fácil, y la renuncia al esfuerzo continuado. (Recuerdo a mi maestro que me insistía en el adagio oriental de  “¿Cuándo vas bien...? - ¡Cuando vas cuesta arriba!”).
Ni los niños, ni los maestros, ni los jubilados soportamos fácilmente hoy las cuestas. Y es verdad que cuando los niños, las escuelas, los profesores, la sociedad va bien, es cuando vamos ‘cuesta arriba’. Sin necesidad de frenos y con ilusión.

En fin, lo dicho, los maestros jubilados no podemos remediarlo: somos como niños.