09:19h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Amadeo Téllez Jiménez

Artículo de Francisco Montoro

El año de 1894 fue muy especial en Vélez-Málaga. Durante esos 365 días, ocurrieron una infinidad de hechos altamente significativos, muchos de los cuales merecerían una detallada atención: la inauguración de  la plaza de toros en el antiguo huerto del convento del Carmen, la publicación del primer programa de la Feria de San Miguel, la visita de Pablo Iglesias -el fundador del PSOE-, la celebración de un Certamen Histórico-Literario, etc., etc. 

Pues uno de los hechos significativos que ocurrieron en ese mítico 1894 fue el nacimiento de un veleño notable, un poeta -como él gustaba llamarse- que vivió intensamente su época y que conoció, quizás como nadie, el alma de la milenaria Vélez-Málaga, llegando a ser su mejor cantor, apologista e intérprete. Nos referimos a don Amadeo Téllez Jiménez.

Hijo del ilustre abogado veleño don José Téllez, nació en Vélez-Málaga el día 23 de febrero de 1894. Sabemos muy poco de su niñez, salvo su admiración sin límites hacia el poeta Salvador Rueda, y la aparición de una enfermedad temprana que le limitó progresivamente.
Oficial habilitado del Partido Judicial de Vélez-Málaga, compaginó siempre su vida profesional con un gran amor a las letras. El 21 de junio de 1936 ocupó la alcaldía de su tierra natal, que abandonaría meses más tarde.

Durante 30 años sus colaboraciones poéticas fueron elemento obligado en cualquier programa de fiestas de la ciudad, y durante el período en que existió la emisora local -La Voz de la Parroquia- fue asiduo colaborador de la emisión ‘Vélez’ que dirigía don José Méndez Hoyos, siendo uno de los alicientes que mantenían a la audiencia atenta al receptor con su ‘Anécdota veleña’.

La enfermedad nerviosa que padecía le fue sustrayendo progresivamente de la vida pública hasta que sus últimos años de vida, incapacitado para andar, los pasó sin salir de su domicilio, aunque sin dejar por ello de laborar poéticamente y de continuar enviando sus trabajos a los programas feriales.

Salvador Rueda, en una carta que le dedica y que se publica en La Monarquía, en octubre de 1914, dice de él cosas tales y tan hermosas como “que no está contagiada su personalidad artística por el léxico ni por el espíritu de otros”, y que “habla su alma por cuenta propia”...

Antonio Segovia Lobillo, en su libro Poetas y Escritores de la Axarquía, hace de él una síntesis con las siguientes palabras: “...Archivo viviente de anécdotas veleñas, rememoraba curiosidades y cosas de antaño, con el ingenio, la finura y el donaire tan característico en él. Poeta de los últimos clásicos del primer tercio del siglo, fundido hasta el fin en el amor a su pueblo, le animaba esa luz interna de su inspiración, que en su caso no pudo proyectarse a la dimensión merecida. Mucho decidiría en el poeta aquel día de su regreso a Vélez, dolido y enfermo, frustradas sus ilusiones juveniles de alcanzar un nombre en la bohemia literaria de Madrid. Murió en Vélez el 7 de julio de 1962. Era sábado, cuando los poetas celebran sus reuniones en otros reinos...”.

Entre sus innumerables poemas, construyó uno autobiográfico, en las postrimerías de su vida, lleno de fuerza y realismo y que le define con claridad. Lo tituló Ego.

“Era yo un mocetón, fuerte, espigado, / alegre, parlador, con alma inquieta / que soñaba con llegar a ser poeta / que es lo mismo que ser un desgraciado. / Mi inquieta juventud fue algarabía / de anhelos, deseos y pasiones. / Viví una vida llena de ilusiones, / de planes por hacer, de fantasías. / Mi espíritu jovial, aventurero, / nunca cejó ante la grave empresa, / soñé con la modista y la princesa, / y fui cómico, político y torero. / Y unas veces feliz, y otras maltrecho, / de la vida crucé las sendas brumas / dejando versos, como suelta plumas / un cisne que estuviera en su pelecho”.