Buscar
23:30h. viernes, 27 de noviembre de 2020

Suplemento 'Antonio Jiménez, el hombre que transformó la Axarquía'

Escriben: Francisco Montoro, Margarita García-Galán, Salvador Gutiérrez, Francisco Millán y Francisco Gálvez

Antonio Jiménez
Antonio Jiménez

El escritor veleño Antonio Jiménez González, considerado como el primer gran impulsor del sentimiento comarcal de la Axarquía, a la que siempre promulgó y defendió por su convencimiento del gran potencial que ofrece como comarca unida, falleció a los 78 años de edad.

Jiménez nació en 1942. Inquieto, viajero y con un enorme ansia de conocimiento, recorrió media Europa hasta establecerse en Cómpeta, donde en 1973 fundó la hoy famosa Noche del Vino.

Después llegarían lugares de encuentro ciudadano y cultural como el Liceo de Vélez, el Ateneo comarcal, los Encuentros de la cultura veleña, las Cenas ajárquicas promotoras de la gastronomía local, o el foro Globalización y vecindad, al que asistieron representantes de la ciudad de Siena o el Club de Roma.

Con los movimientos democráticos que sacuden Portugal, viajó al país vecino, donde realizó crónicas sobre la Revolución de los Claveles que publica en O Século, el órgano de la Revolución, y en un libro con la revista Litoral de Málaga. Para la revista Tierras del sur organizó la primera rueda de prensa con las fuerzas políticas democráticas en el Ateneo de Málaga tras la caída del franquismo.

En 1978, radicado ya en Vélez-Málaga, funda el Centro de Estudios de la Axarquía (CEA), con el fin de rescatar la historia de esta comarca y darle una entidad de la que hasta entonces carecía. En el proyecto le siguen grandes nombres de la comarca, como Antonio Segovia Lobillo, Martín Galán, Pepe Ríos, Méndez Hoyos, etc.

El CEA delimitaría los contornos de la comarca, haría planos, crearía una bandera, rescataría la Historia perdida o poco investigada, establecería el Día de la Axarquía el 21 de marzo, y en el que se reconocerían a aquellos axárquicos más destacados, entre otras muchas iniciativas. Todo ello quedaba recubierto con un armazón intelectual cuya máxima expresión fue el Manifiesto comarcalista, en el que se sentaban las bases de lo que ahora conocemos como Axarquía.

Antonio Jiménez, como editor, fue un pionero en crear periódicos con vocación comarcalista (Tribuna de Vélez, El Comarcal, La Axarquía, etc.), donde por primera vez los pueblos de la Axarquía comenzaban a ser conocidos gracias a una red de corresponsales que fue tejiendo en todo el territorio: sus problemas, su historia, sus fiestas y tradiciones, amén de convertirse en el elemento mediático que difundiría los postulados del CEA y abriría camino para la comarcalización hoy ya asumida y enraizada. Asimismo, editó libros de feria de San Miguel, documentos como La Axarquía: una comarca para vivir, almanaques comarcales o libros como Antonio Segovia Lobillo&Toda una época y Martín Galán y Carmen Jiménez: vida y obra.

De igual forma, es autor de innumerables artículos periodísticos en la prensa provincial y local. Editó, asimismo, cumpliendo la voluntad de Cervantes, una nueva novela ejemplar, El Capitán cautivo. Acompañó la publicación con un estudio sobre la ‘culpa’ veleña en la realización del Quijote, pues por las cuentas irregulares de Vélez-Málaga, Cervantes fue hecho preso en Sevilla, donde comenzó a escribir su magna obra.

Lo último que escribió fue en el periódico NOTICIAS 24, donde mantenía una columna desde hacía algunos años.

Deja dos hijos: Fabio y Octavio.

1

FRANCISCO MONTORO.- Antonio Jiménez

De los primeros recuerdos que tengo de Antonio Jiménez están los de la común afición a la pluma, o mejor dicho, a la máquina de escribir. Porque yo tenía una Underwood, de mi abuelo, en la que escribíamos nuestros primeros pinitos periodísticos, con la ilusión de poder verlos en el periódico, principalmente el Sur, cosa que más de una vez logramos. 

Antonio era seis años mayor que yo, y su peculiar forma de ser -más lanzado y menos ordenado que yo- hizo que, poco a poco, nos fuésemos distanciando, con disparidad de criterios en muchas cosas, pero reconocimiento y respeto común siempre. 

Antonio era persona de grandes ideas, grandes pasiones, grandes proyectos… pero adolecía, a mi juicio, de las constancias necesarias. Con sus defectos y sus virtudes, como todos los seres humanos, no siempre fue bien interpretado, vivió una vida de libertades, salpicadas de proyectos sorprendentes, entusiasmos temporales y coloristas amistades.

Antonio Jiménez González, veleño del 42, vivió desde la juventud una clara afición a las ideas, a los libros, y a la comunicación, en todas sus facetas, principalmente la periodística.

Colaborador con la prensa malagueña en general, fue enviado especial de la mítica revista Litoral a la Revolución de los Claveles en Portugal. Y para la revista Tierras del Sur -donde yo publiqué algún artículo- llevó a cabo en el Ateneo de Málaga la primera rueda de prensa con las fuerzas políticas democráticas, después del franquismo.

Siempre fue muy activo, y allá por el curso académico 1972/73, fundó la 1ª Subasta de Artes Plásticas de Vélez-Málaga -a beneficio del curso Cou del Instituto de Enseñanza Media- y otras iniciativas que daban respuestas a su efervescente carácter. 

Cuando creó el CEA (Centro de Estudios de la Axarquía) se rodeó de un grupo de activistas de la cultura (Lobato, Serralvo, Montoro, Galán, Santaolaya, Gámez…), e implicó a profesores de la Universidad malagueña como López de Coca, Lacomba…, a cuyo frente entronó al incansable Antonio Segovia Lobillo, que dio constancia, continuidad y gran parte del alma al proyecto. El gran fruto del CEA fue la creación del Día de la Axarquía, fiesta anual y rotativa por los pueblos integrantes de la misma, dentro de un loable y fructífero programa de comarcalización que dio buen fruto y que, años después, lamentablemente, en lugar de actualizarse, languideció.

En el campo editorial Antonio Jiménez fundó numerosos periódicos veleños y  comarcales, casi siempre de corta duración por dificultades financieras, con cabeceras tales como El Comarcal, El Correo de Vélez, La Axarquía… 

Asimismo, fue autor de un concienzudo estudio sobre El Capitán Cautivo de Miguel de Cervantes, que publicó en 2005, y un libro homenaje titulado Antonio Segovia Lobillo & toda una época, que vio la luz en Málaga en 2007.

Antonio Jiménez y Francisco Gálvez

MARGARITA GARCÍA-GALÁN.- Su sombra en la plaza

Eché de menos su columna en este periódico y pregunté por él. Me dijeron que estaba enfermo y le mandé un mensaje de ánimo al que nunca contestó. Entonces busqué su último artículo, Mundo de fantasmas, que hablaba del tema del virus que nos preocupa ahora. “ Quién me iba a decir a mí que también yo iba a vivir la primera pandemia global de la historia...”. Quién le iba a decir a él que sería testigo de algo así; quién me iba a decir a mí que aquel 12 de junio, que yo escribía en la página 5 sobre el llanto del mar, él, hablando de la pandemia, escribía en la última su última columna. La plaza pública de Antonio Jiménez, desaparecía del mapa de la palabra escrita. Y después se fue él, en silencio, en ese silencio de escalofrío que dejan las ausencias de esas persona tan vivas que se hacen notar. Desde su plaza pública nos contaba, a su aire, el discurrir de la vida. La suya, la de su pueblo, o la de cualquier rincón del mundo donde hubiera algo de lo que opinar, algo hermoso que recordar, algo para aplaudir o criticar..., algo interesante o emocionante donde verter el torrente de su prosa ágil, rotunda, a veces amable, a veces inmisericorde. Nunca indiferente.

Antonio Jiménez se ha ido. En agosto, cuando crecía la luna y la pandemia, cuando anunciaba su aliento de fuego el viento terral. Se apagó su estrella y cruzó la sutil frontera que nos separa de los afectos y los paisajes que amamos. Se fue, muy a desgana, con su sombrero miralles, fumando su omnipresente pipa y con su mochila de trotamundos viajero llena de incertidumbre por este viaje impredecible y lejano del que no sabemos nada, solo que es un viaje sin retorno. Ahora que se apagó su luz, recuerdo cuando le escribí en este mismo periódico un artículo que le encantó. “Fue en un lugar de Vélez-Málaga, de cuyo nombre no puedo acordarme, donde conocí a este hidalgo singular que allá por los años sesenta se hizo amigo de mi hermano...”. Le gustó lo que escribí, me llamó por teléfono emocionado y me dijo: “Margarita, acabo de leerme en ti”, y añadió que lo que más le había gustado es que hablara de él, no de su obra. “Plumilla de vocación, con su barba blanca y sus peculiares gafas, fumándose la vida en pipa y con una mochila llena de historias, vertía el torrente de su prosa inquieta, generosa en negrita y sobremanera...”.

Apasionado del duende flamenco, compartimos charlas y berzas en la Peña Flamenca. Allí le oía reír y jalear con entusiasmados olés los quejíos flamencos de los cantaores, que ahora notarán la ausencia de tan sonora presencia, y echarán de menos al aficionado purista que vibraba con el Romance a Córdoba. Alguna vez hablamos de credos y tradiciones, y de alguna manera, creyendo o sin creer, estábamos de acuerdo en la belleza de la estética de algunas estampas andaluzas. Y de estéticas distintas, ha­blá­ba­­mos también. Él con su veleñismo irredento y yo con mi empatía por lo veleño, no entendíamos algunos cambios en el paisaje urbano, como esa Plaza de las Carmelitas por la que Antonio Jiménez suspiraba. Para él, su segunda casa; para mí, una plaza con alma. Pero aquella plaza entrañable cambió a pesar de las voces discordantes que clamaban por su estampa de siempre. Jiménez, parte del alma de esa plaza, luchó con su espada de palabras para salvar su identidad. Los magnolios sobrevivieron, pero el quiosco de toda la vida pasó a peor vida, y fue una espinita clavada en su corazón veleño. 

Antonio Jiménez será recordado por su afán por la cultura y su amor a su pueblo, al que cantaba o criticaba con la misma pasión. Su voz era una voz libre, un verso suelto que rimaba con todo. El hidalgo veleño, icono de las Carmelitas, se fue sin querer librar batallas celestes. Pero su sombra, su sombra ancha, se ha quedado en la plaza que amaba sobremanera. Allí seguirá, con su impronta de cervantino soñador, soñando crónicas imposibles junto a los magnolios hermosos que ganaron la batalla y el quiosco entrañable que la perdió. Antonio Jiménez seguirá para siempre en el corazón de su pueblo, sentado al borde del infinito viviendo en paz su eternidad.

No imagino mejor cielo para él.

8-Niza monique, nueva

SALVADOR GUTIÉRREZ.- Los lunes al sol (carta a Antonio Jiménez)

Apreciado amigo Antonio:
No te escribiré una carta poética ni emotiva. Sé que no te gustaban demasiado. Que lo tuyo era el pensamiento. El contenido más que la forma. Tú eras un hombre de ideas y querías encontrar en cualquier escrito algo sólido y sustancioso a lo que hincarle el diente intelectual. Renegabas de los escritos adornados, pero vacíos, en los que no se atisbaba una mínima idea original o algún pensamiento más o menos novedoso. Y en el fondo, yo siempre estuve de acuerdo contigo. Así que procuraré que esta carta contenga más contenido que forma, más ideas que florituras.

Viví muchos lunes al sol contigo, tu estado de jubilación y mi desempleo hicieron que en cualquier cafetería de Vélez pusiéramos la tienda de campaña y habláramos de cultura, de política, de Cervantes y de viajes. En nuestros encuentros siempre había un primer envite por tu parte, un cebo polémico con el que entablar una discusión, pero normalmente yo rehuía el combate. Sé que, como en Machado, había en tus venas gotas de sangre jacobina y que llevabas siempre a cuestas la energía del polemista, ese afán de lucha dialéctica, que era una manera de entretenimiento y una especie de gimnasia mental con la que mantener tus neuronas en forma. Pero a mí esa faceta tuya casi nunca me interesó. A mí lo que me gustaba era escucharte contar las historias de tu intensa y apasionada vida, de tus viajes, de la gente extraordinaria a la que conociste. En fin, las cientos de anécdotas de un viajero precoz, porque precoz fuiste en tus ganas de coger carretera y manta y marcharte a conocer esos mundos de Dios, cuando aún en España casi nadie se atrevía a poner un pie fuera. Ni que decir tiene que tú siempre fuiste un viajero y no un turistilla de tres al cuarto.

De Europa trajiste el frescor de la democracia, ilustración (con mayúscula y con minúscula) y un talante liberal que te acompañó siempre.

En aquellos lunes al sol recuerdo que hablamos mucho sobre lo que significa ser profeta en la tierra de uno. Y los dos coincidimos, siempre, en que tú, lamentablemente, no lo eras. ¿El motivo por el que no alcanzaste ese don en vida? Pues quizás esa especie de indisciplina romántica,esa tendencia tuya a ser elefante en cacharrería y entrar en los sitios como tal. El hecho de ser como la donna, mobile, inquieto e imprevisible; el hecho de no atarte ni afiliarte a nada: cofradía, asociación, grupo o partido, hacía que lo de profesión profeta te quedara aún muy lejos. Yo siempre concluía diciéndote que en Vélez no se suele perdonar a aquellos que van por libre. Recuerdo que no me solías dar la razón del todo,  no sé si por tu inercia de perenne opositor o porque realmente no estabas de acuerdo conmigo. En todo caso, ni por asomo aceptabas que, para que las instituciones (y demás) te quisieran un poquito y no te miraran con desconfianza, debías de ser más disciplinado, un poco menos caprichoso, un poco más diplomático; amoldarte a trabajar en equipo y a saber ceder en tus planteamientos, tanto de forma como de fondo. Pero mis consejos, Antonio, siempre cayeron en saco roto. Habías nacido así y así morirías. Quizá, en el fondo, trabajar contigo no fuera tan difícil: sólo había que tener más energía que tú para convencerte mediante la discusión racional y vehemente. Pero claro, tener más energía que tú era harto difícil, sobre todo en lo tocante a la defensa de tus ideas e intereses.

Antonio, no quiero dirigirte esta carta para contar lo que casi todo el mundo sabe: que fuiste el ideólogo, el inventor y el organizador de muchas iniciativas y proyectos culturales, sociales, asociativos y territoriales. A mí, sin embargo, como sabes,  lo que me interesaba y gustaba de ti eran otras cosas, digamos que la cara b de tus discos. Que fueras el inventor de la Noche del Vino de Cómpeta (menuda ristra de fiestecitas de pueblo trajo aparejado tu invento…) no me decía tanto como me decía tu extraordinario espíritu periodístico. Fuiste un verdadero periodista, perseguiste como un perro de caza todo lo que se podía olisquear por el mundo, estabas siempre, ojo avizor, a todo tipo de acontecimientos y nada de lo que sucedía en la realidad te era ajeno. Que te sacaras de la chistera el concepto de comarca y que jugaras, en tensión dialéctica, con las ideas de lo local y lo global, del mundo y de la vecindad, no me parecía más importante que tu sabrosa manera de escribir. Antonio, escribías muy bien. Sabías mezclar, con soltura, el sesudo contenido con una prosa hábil y vibrante. De la alta cultura pasabas, sin solución de continuidad, a la frase castiza y de pueblo. Combinabas en un mismo escrito la mención a un excelso filósofo y el nombre de un vecino asiduo de la Plaza de la Carmelitas. Como en otras cosas, con tu forma de escribir, trajiste modernidad a la prensa de Vélez, que quizá olía un poco a la naftalina de un armario cerrado y antiguo. Creaste tu propio estilo, con el destilado de la esencia de los grandes co­lumnistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, e hiciste de tu página en los periódicos un lugar al que acudir,  sabiendo que en ella encontraríamos análisis, ideas, cultura, literatura periodística y sorpresas.

Te dije muchas veces que me admiraba tu cabeza tan bien amueblada, tu ramalazo de intelectual total y sistemático. Y debo decirte, una vez más, que siempre me sedujo esa altísima comprensión lectora que tenías. Sí, no todo el mundo, por mucho que lea, tiene la capacidad de entender lo que lee… ni de tener tu fino olfato para detectar la calidad intelectual o artística en los otros. En ese sentido, jamás te dieron gato por liebre y supiste separar, siempre, el grano de la paja. 

Bien, Antonio, ya eres profeta en tu tierra. A partir de ahora, los reconocimientos y homenajes (seguro que alguna calle, alguna placa… en fin, lo habitual en estos casos…, lástima que no lo vayas a ver…). ¿Te acuerdas de la frase de Lorca que comentamos en una de nuestras últimas conversaciones?: “Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo”. 
Sé que no te gustaría que, en esta carta de despedida que hago pública, hablara de algunas guantadas sin mano que te llevaste en los últimos tiempos, de algunos reveses, de algunas penas ocultas. Tu manera de entender la dignidad personal me impide abundar en ello. Una dignidad netamente cervantina: ir por la vida con entusiasmo, optimismo y curiosidad, dejando guardaditas en un cajón interior las cuitas, los pesares y las inseguridades. Que las había. Y levantarse todos los días con la ilusión de ponerte el mundo por montera, aunque a veces el mundo te empitonara en la femoral.  

Antonio, sin más (o con mucho más, pe­ro guardado en la memoria del corazón), me despido de ti. Fue un placer conocerte y tratarte (aunque a veces, lo sabes, pudieras ser un poco intratable…).

Antonio, ya no tendremos ocasión de sentarnos un lunes más al sol, pero siempre que te recuerde me vendrá el olor a sardinhas asadas de alguna tasca de la Alfama y el frescor de  la diáfana locura, de la sabiduría y el sentido de la libertad de un tal Alonso Quijano.

Seguro que Vélez-Málaga y sus gentes, algún día, sabremos metabolizar la sustancia bravía y torrencial que nos metiste directamente en vena.

Como Cervantes, fuiste un raro inventor.

FRANCISCO MILLÁN.- Hasta siempre, maestro 

Yo debía tener apenas 16 años cuando nos conocimos. Aún era estudiante en el Reyes Católicos, donde me había dado por hacer escritos fotocopiados de las cosillas que pasaban en el centro y que denominé La Grapa. Se trataba de darle más formalidad de periódico a aquello. Joaquín Perea, entonces director, me dijo que un tal Antonio Jiménez había pasado por allí buscando un ayudante para una publicación “de verdad”. Me dio las señas y me aconsejó acudir. Fue así como me presenté en una an­tigua casa de la calle Cristo don­de rezaba el cartel El Comarcal. Des­de el minuto uno, la atmósfera me absorbió. Multitud de libros cuidadosamente desordenados, má­quinas de escribir de teclas exprimidas a fondo, pizarras y anotaciones que apenas dejaban ver el color de las paredes y, extrañamente, un hipnótico olor que después descubriría que provenía del tabaco que no dejaba de aspirar y expulsar de su inseparable pipa.

Y allí apareció el señor Jiménez. Tras una interminable mesa acorde con el resto de la oficina. Recuerdo que fue amable, pero al mismo tiempo contundente en sus convicciones. Risueño, pero sin que la mirada dejara de penetrarte el alma. Pensé que yo debía ser muy bueno para el trabajo de periodista cuando puso tanto empeño en hablarme de la comarca, de Vélez, de periodismo y del sentido de la responsabilidad hacia el mundo. Así, como suena. Hacia el mundo. Después supe que no era yo. Que era la pasión por lo que decía lo que hacía que sus ojos no dejasen de brillar todo el tiempo. Con los años descubrí que sin importarle si su interlocutor era un niñato que todavía no había salido del cascarón o el foro del Club de Roma, cualquiera, dispuesto o no a escuchar (más estos últimos),  acababa embaucado de su frenesí. 

No es que no pudiera negarme, que no podía. Es que, además, lo deseaba con todas mis fuerzas.

Así fue como entré por primera vez en una redacción “de verdad”. En mi inocencia, al principio pensé que más o menos así deberían ser todas las sedes de los periódicos, estuvieran en Vélez-Málaga o en Nueva York. Pero estaba equivocado. Solo en la casa de Antonio Ji­ménez se respiraba cultura por los cuatro costados. Pintores, escultores, que iban y venían buscando siempre donde resguardarse del abandono. Comerciantes del centro histórico veleño que estaban viéndolas venir. Políticos de todas las instituciones que andaban despistados y a los que había que llamar al orden. O el vecino apoderado del infortunio que necesitaba un oído al que poder hablar. Porque para Antonio era tan importante el sentimiento comarcal, como el espíritu de vecindad. De lo local a lo global, solía decir, mucho antes de que llegara esto de internet.
En esa redacción conocí a lo mejor de la escuela periodística que ha dado la Axarquía. José Manuel Atencia, hoy director de Ser en Málaga; Salvador Ruiz, al frente de la agencia EFE en la provincia; Francisco Gálvez, hoy director de NOTICIAS 24 o los recordados José Pascual o Antonio Zapata… Y otros venidos de fuera que derramaron los mejores versos de tinta sobre esta tierra, como el inolvidable Luiso Torres…

Corresponsales. Sí, corresponsales como en los periódicos de verdad. En todos y cada uno de los 31 pueblos de la Axarquía. Un maestro, un concejal, un poeta… cualquiera que tuviera el propósito de sacar a relucir el enorme potencial que ya Antonio Jiménez vislumbraba para una Axarquía entonces postulada al olvido. Sin olvidar fotógrafos, como el entrañable Juan ‘Trade’.

Entre esas cuatro paredes mamé periodismo. Pero también cultura, amor por la comarca, compromiso y un montón de valores que me inculcó allá donde la vida afortunadamente nos fue encontrando: Sol del Mediterráneo, Tribuna de Vélez, El Avance…

Y en los ratos ‘libres’, sus otras cosas, que por cierto no dejaban de ser más de lo mismo. Infinitas. Con el Centro de Estudios de la Ajarquía como perfecta excusa, llegaron los días de la Axarquía, la Noche del Vino de Cómpeta, los encuentros en el Rinconcillo…

Hoy en día, mucho de lo que defendía sería de Perogrullo. Pero entonces no podía escatimar energías en hacer ver a los demás lo que él ya veía de lejos.  

Al fuego de su chimenea, ya en la calle Luis de Rute, me emborrachó de amor por esta comarca, por sus gentes, por sus costumbres, por su historia y me enseñó a ser mucho de lo que soy hoy: un hombre comprometido con esta tierra e incapaz de entender cualquier proyecto mediático iniciado o por iniciar desde un ámbito distinto al comarcal.

Hoy le doy gracias por ello. No sólo por mí, sino por todos los que nunca se atrevieron a hacerlo. Y lo quiero hacer brindando con una copa de bourbon como el que siempre encontraba entre los cientos de libros de la estantería. 

Maestro, por haber hecho las cosas “de verdad”, otra vez la penúltima. 

Va por ti.

plaza pública 1

FRANCISCO GÁLVEZ.- El viejo roquero

Y allí estaba el muchacho que quería escribir, y aquel tipo de la perilla que galopaba sobre el 2 caballos amarillo, y una redacción que olía a humo y a la dulzura de Alicia, y el amor por la Axarquía, la lucha diaria, la libertad desordenada y los trasiegos del cierre. Estaba Antonio Jiménez al mando de la guitarra eléctrica y la batería, dirigiendo una banda de viejos roqueros que un día decidieron que había que hacer una comarca, rescatar del olvido la grandeza perdida, sumergirnos en la belleza de una historia dramática de la que siempre resucitaba, poner en primera línea la cultura y, sobre todo, huir de catetismos y enfocar la mirada al universo y al futuro.

Y luego fuimos juntos por aquellos periódicos de Dios con su rock, con su optimismo y su batalla diaria, contándonos su apasionante vida y su visión del mundo. 

Irascible, tempestuoso, noble, valiente, optimista, seguro de sí, Antonio fue el alma de una comarca que no existía, el corazón latente de un espíritu inmortal, la herida abierta por la que supuraban las torpes instituciones, el soslayo en la mirada y la sonrisa irónica de una sociedad acomodaticia y una clase política ignorante.

Y fue la puerta siempre abierta que los muchachos de entonces cruzamos con reverencial respeto y al que siempre le dimos las gracias, y que hoy le escribimos sabiendo que nunca se fue, que está aquí presente. 

Y siempre lo estará.