00:39h. Martes, 20 de Febrero de 2018

Pregón de la IV Quema de Algarrobo

El 24 de septiembre de 1811, en plena Guerra de Independencia, Algarrobo fue condenado a arder por el ejército francés. Un día antes, la partida del guerrillero Pepe Segovia se enfrentó a una columna de soldados mandadas por el capitán Ricard, acabando con 12 de ellos. El comandante Bellangé, que estaba en la Axarquía, llegó con todo su ejército a Algarrobo a vengar la afrenta, al que nunca logró apresar. Terminada la Historia, la leyenda cuenta que el comandante dio un plazo de 24 horas para obtener el perdón del gobernador francés de Málaga. Los algarrobeños eligieron el mejor jinete del pueblo, para que recorriera los 80 kilómetros de ida y vuelta a Málaga, en el que reventó a dos caballos. El jinete llegó con el indulto a pocos minutos de que se cumpliera el plazo y Algarrobo no llegó a arder. Francisco Gálvez representa aquí al alcalde de Cútar en aquel entonces, don Francisco de Paula Muñoz, que se levantó contra los franceses y fue compañero de correrías de Segovia.

Francisco Gálvez en un momento del pregón
Francisco Gálvez en un momento del pregón

Permítanme que me presente con un artículo de El Conciso de Cádiz, publicado el 17 de noviembre de 1810. Este artículo reproduce el parte recibido por el mariscal de campo Don José Serrano Valdenebro.

Dice así: “Día 26. Los pueblos de la serranía de Vélez han levantado el estandarte de la libertad e independencia, jurando morir en defensa de los derechos de nuestro legítimo monarca, el señor don Fernando VII, y vengar los ultrajes hechos a la nación; se hayan reunidos cerca de 50 hombres, y a su cabeza, el caudillo principal, don José Segovia, patriota hacendado de uno de dichos pueblos, el alcalde de Cútar, don Francisco de Paula Muñoz y otros caudillos, habiendo sostenido varias acciones muy gloriosas, con particularidad, el día 21 del corriente en que fueron acometidos por 200 franceses, de los cuales quedaron muertos más  de 40, y los demás se retiraron muy malheridos a la ciudad de Loja, sin pérdida de un solo hombre por nuestra parte, habiendo puesto dichos caudillos su cuartel general en el pueblo de Alfarnate, desde donde oficia Segovia al brigadier don Pedro Cortés auxilio de municiones y otros efectos, enviado como diputado al expresado alcalde de Cútar, a quien inmediatamente se le han facilitado 150 cartuchos embalados”.

Pues bien, me presento ante ustedes como ese Francisco de Paula Muñoz, alcalde de Cútar, y uno de los caudillos que comandaban a más de mil hombres libres contra la invasión francesa.

Yo agradezco la oportunidad de dirigirme a ustedes, pero tenía mis dudas. Los espías de los gabachos abundan por todas partes, los traidores a su patria cambian de bando. Nos acusan de fechorías que no hemos cometido y nos ponen en contra de nuestros propios paisanos.

Pero bueno, Pepe Segovia me ha dicho que este es un pueblo de hombres y mujeres honrados, y no podía negarme a estar aquí esta noche.

¿Saben ustedes? Yo estaba con Pepe el día que vimos venir aquella partida de franceses. Sé que han escrito muchas cosas malas de Pepe y de los que íbamos con él, pero aquel fue, sin duda, un día glorioso para nosotros, para la comarca y para España. 

El 23 de septiembre de 1811, una columna de franceses mandada por un tal capitán Ricard, se nos puso a tiro, muy cerca de donde estamos ahora. Pudimos hacer dos cosas: irnos a hurtadillas o hacerles frente. No crean que fue una elección fácil. Pónganse en nuestro pellejo. 

Pero Pepe sabía que aquellos gabachos iban a Algarrobo a hacer lo que hacían en todas partes: destruir todo a su paso, saquear las casas, violar a las mujeres, asesinar al pueblo... Y fue Pepe el que nos dijo que por encima de su cadáver. Y les hicimos frente con lo que teníamos, que tampoco era mucho. Y los derrotamos, más por el coraje que nos insufló Pepe Segovia, que por nuestras armas.

El resto de la historia ya la conocen. El comandante Bellangé envió a Algarrobo a todos sus efectivos, que eran nada menos que una Compañía del Regi­miento 58, media del Regimiento fijo de Málaga y un pelotón de Dragones. ¡A Algarrobo!, un pueblo de gente humilde y trabajadora que nada había hecho más que repudiar legítimamente a los invasores.

Nosotros nos fuimos, huimos por las montañas de Bentomiz, a recuperarnos y coger fuerzas. Pero los franceses se quedaron en el pueblo. Siete días estuvieron de los que no se sabe nada, siete días que ni siquiera sus cronistas atinaron a describir por los horrores que aquí padecería la población.

Y ese es uno de los motivos que me han traído a Algarrobo. Pese a lo que decían de nosotros los gabachos y los propios traidores afrancesados, pese al sufrimiento que aquellos soldados imperialistas trajeron al pueblo, nunca nos delatasteis, nunca renunciasteis a vuestra libertad y a la dignidad de ser algarrobeño. Y yo, como alcalde de Cútar, me siento honrado de haber luchado hombro con hombro con aquel algarrobeño sin miedo por una tierra libre, como también lo estará mi sucesor, el que hoy lleva las riendas de mi pueblo, don Francisco Ruiz Mérida.

La lucha, hoy, es otra, como bien dice mi sucesor, pero la principal de todas las batallas es la memoria, memoria de lo que fuisteis y de lo que hicisteis, memoria de aquel jinete que partió en busca de un indulto y que os representa a cada uno de vosotros, memoria de aquella partida en la que Pepe y yo nos enfrentamos a los franceses en defensa de nuestra tierra, memoria de un pueblo que no se rindió ante el mejor ejército del mundo y que debe llevar con orgullo el apodo de los tiznaos. 

Quizás, como decís por aquí, Algarrobo esté condenado a arder, pero no como una sombra fatalista sobre lo que sois. Si Algarrobo está condenado a arder, que lo sea por causas nobles como la dignidad humana, el orgullo de pueblo, la gallardía ante la injusticia, porque la memoria nos dice, nos recuerda y nos alienta con que fue el pueblo llano, gente como nosotros, los que, ante la degradación de las élites y de la propia corona, enarbolamos el estandarte de la libertad.

Por eso debe ser un orgullo para este pueblo recordar este día, que recuperamos un poco entre todos, desde el gran Antonio Cordón, ilustre primer pregonero, hasta José Luis Ruiz, Alberto Pérez o la anterior corporación, pasando por todos aquellos que aportamos nuestro granito de arena, que veíamos en esta efeméride una oportunidad para resaltar nuestra esencia como comarca y reivindicar nuestro pasado, tantas veces oscuro y muchísimas más veces digno de elogio.

Mi siglo, el XIX, arrancó en la Axarquía con la fiebre amarilla que se llevó a más de 5.000 personas, tuvimos tormentas salvajes que arruinaron las cosechas, plagas de langostas que destrozaron los sembrados, un terremoto que terminó por dejarnos desfallecidos y, aun así, cuando llegaron los gabachos, les hicimos frente con lo que teníamos, como otros axárquicos se enfrentaron casi cinco siglos antes a lo más florido del ejército castellano y los derrotó en las lomas y ventisqueros de la comarca.

Ya saben ustedes que un jinete del pueblo partió a pedir el indulto al gobernador francés y que logró llegar a tiempo para que Bellangé no ordenara quemar el pueblo. 

Imagínense lo que sería para la población local estar rodeada de soldados invasores, con órdenes de encontrarnos a cualquier precio, imagínense a aquellos franceses bien armados y entrenados buscando información en Algarrobo. Esto no es ninguna leyenda. Usaban los templos como establos, fusilaban al mínimo intento de desobediencia, vinieron a quedarse usando toda su fuerza y poder, se enfrentaban a lo que ellos consideraban vagos, piojosos, retrasados, pero no contaban con un factor clave: que es posible que fuésemos todo eso que sus civilizados imperialistas creían, pero éramos, ante todo, españoles y como tales nos defendimos y, como tales, les vencimos.

Sobre Pepe y sobre mí cayeron todo tipo de insultos y persecuciones. En la Revista Europea de 1876, recogían un parte que al parecer había dado el Ayuntamiento de Frigiliana sobre gente que vino a “perseguir a los partidarios de Joséf Segovia, Francisco de Paula Muñoz, conocido por el alcalde de Cutar, y otros por las atrocidades y exacciones que cometían en los pueblos que transitaban”. 

Ese es el precio que se paga siempre. El tiempo y la propaganda fueron inmisericordes. A la partida de los franceses, vino la represión del Rey Felón, por el que habíamos luchado a muerte, y aquí en la Axarquía, además, llegaron sequías e inundaciones, enfermedades, plagas, terremotos. Los que vivimos aquí en el siglo XIX dimos fe de que todo se había vuelto en nuestra contra, pero logramos salir adelante. 

Miren. Yo soy alcalde de un pueblo muy pequeñito. Más grandes que el mío, han desaparecido por toda España, se han abandonado y secado las tierras. Nosotros salimos adelante, pobres, pero entrañados en la tierra, en nuestra tierra, lo que nunca entendieron los franceses. 

¿Por qué arriesgar la vida? ¿Por qué enfrentarse al mejor ejército del mundo? ¿Por qué contradecir a las élites españolas afrancesadas que nos hablaban de un país mejor en manos francesas?
Miren Algarrobo hoy, como yo lo miro tras haberlo visto hace 200 años, convertido en un pueblo que avanza, con gente que trabaja para seguir mejorándolo, con todo lo que tiene como un gran municipio, desde un pueblo precioso hasta una costa espectacular, desde un pasado fenicio, hasta la base desde donde salía aquel ceregumil que salvó tantas vidas en tiempos más oscuros. 

No hay más que mirar a la gente del pueblo cómo se ha volcado en esta fiesta. Si se confía en Algarrobo y en los algarrobeños, estos siempre responden. Y, como siempre digo a todos aquellos que tienen la posibilidad de ayudarnos, no nos olviden, no nos dejen de lado, no seamos el patito feo de la provincia, porque cuando el destino fue trágico, allí estuvieron los hombres y mujeres de la comarca haciendo gala de su solidaridad, su dignidad y sus manos orgullosamente encallecidas ofrecidas a los que lo necesitaran.

No. Los franceses nunca lo entendieron. Aquí veo a Alberto Pérez, que es alcalde de Algarrobo, a José Luis Ruiz, que es teniente alcalde de Algarrobo Costa, pero también veo al presidente de la Mancomunidad de la Axarquía y alcalde de Iznate, Gregorio Campos, al diputado de Almáchar Antonio Yuste, a muchos vecinos de Vélez, de Torre del Mar, de todas partes... Y esa es nuestra fuerza. Por eso yo, como alcalde, y otros que dejaron sus familias y sus trabajos por una causa justa, arriesgamos la vida y nos comprometimos por un futuro mejor y más solidario, en armonía y, sobre todo, hombro con hombro. 

Por eso hoy, agradeciendo vuestra invitación, no puedo más que decir

Viva Cútar,

Viva la Axarquía

Y viva Algarrobo libre.