jueves, 13 de junio de 2024 07:23h.

Exposición antológica de Evaristo Guerra en el CAC de Vélez-Málaga

Evaristo Guerra expone en el CAC de Vélez-Málaga ‘Sueños cumplidos’, una muestra antológica de más de ciento cincuenta pinturas y obras gráficas, algunas inéditas. La exposición puede visitarse hasta el 4 de junio. Escriben Margarita García-Galán y Salvador Gutiérrez

La realidad destilada de Evaristo Guerra

SALVADOR GUTIÉRREZ

 

El sueño, como lo que provoca la obra de arte. Y el sueño cumplido, como la consecuencia del éxito de esa obra. Eso encierra el título de la exposición que el pintor Evaristo Guerra presenta en el CAC Francisco Hernández de Vélez-Málaga: sueños que el artista veleño ha sabido materializar y traer hasta la vigilia durante sesenta y nueve años; un mundo interior que se ha plasmado en una obra de estilo definido, original y único. Y el mundo de adentro, que ha tenido un extraordinario reconocimiento fuera.

¿Qué veremos en esta exposición?: lo mismo, lo de siempre; lo distinto, lo de nunca. Porque la muestra tiene la gracia de presentarnos esos conocidos lienzos coloristas, minuciosos y sensibles del veleño y a la vez, otras propuestas, otros derroteros, otras acepciones, otros giros sutiles de guion menos conocidos por el gran público.

En esta especie de antológica variopinta y densa, en cuya forma y estructura parece que ha intervenido más el corazón que la razón, el espectador puede comprobar, en una visión de conjunto, que los lienzos de Evaristo Guerra son siempre parecidos y siempre diferentes. En esa visión general apreciamos que no hay monotonía ni excesiva repetición en su obra, a pesar de lo que pudiera parecer al contemplar sus lienzos de forma aislada e independiente. Los cuadros de Evaristo son siempre únicos. Y, de hecho, la variedad asoma, de manera pudorosa y elegante, por las salas del CAC: desde su primer cuadro –una empastada calle de Benamocarra-, hasta su última entrega, un paisaje en el que el artista aboga por lo esencial. Pero, ¿acaso no ha sido esencial, siempre, la obra de Evaristo? ¿No ha entresacado y extraído de la realidad más material, más tosca y más rural lo que de esencial habita en ella? Y es que creemos que ésa ha sido la forma de crear del pintor: sacarle el jugo, estrujar al máximo la realidad de un olivo o de un almendro o de un granado y dejarlo en los huesos del alma; convertirlo en simple esencia, en simple color, en un objeto completamente independiente del original, en simple belleza, en simple fogonazo de la realidad estilizada y destilada.

Evaristo Guerra es un pintor de atmosferas. Y eso lo descubrimos contemplando, incluso, sus primeros cuadros -los más costumbristas, los de sabor más social-. Porque en ellos, más que el motivo, prevalece el ambiente creado, la diseñada atmosfera. Y esa capacidad creadora de atmosferas la ha llevado hasta sus últimas consecuencias en sus lienzos de paisajes de la Axarquía más conocidos. Esa especie de pun­tillismo elegante de Guerra no aísla ni independiza los distintos motivos del cuadro, sino que provoca una mirada global al ámbito de la obra. Lo importante de sus lienzos no es el preciosismo de sus flores de almendro o el estilizado rojo de sus amapolas, sino la atmosfera general, la capacidad de enseñarnos si es otoño o invierno o primavera en un solo golpe de vista: el fogonazo del que hablábamos más arriba.

Pero los cuadros de Evaristo Guerra no son idílicos, no responden a un ideal. No son lo que la realidad debiera ser, sino que son, precisamente, lo que la realidad esconde por algún lado. Son la dimensión bella y colorista de la realidad. Lo que el artista licúa de la realidad quedándose con el zumo de más intenso color.

La muestra nos enseña, además, la gradación de los elementos que conforman las obras de Evaristo, es decir, lo telúrico y lo celestial, conviviendo armoniosamente en sus cuadros: la tierra, como protagonista absoluta (los troncos, los edificios y las casas, que nacen de aquélla, que son parte de aquélla); el color que lleva a la atmosfera y ésta a la luz y la luz a la lejanía de los horizontes, y de éstos, al cielo. Una ascensión casi mística desde lo más tosco de la tierra a lo más sublime de lo etéreo.

En fin, sesenta y nueve años de creaciones de un artista con los pies profundamente puestos en la tierra y con la mirada y el corazón sutilmente puestas en el cielo.

 

Sueños cumplidos

MARGARITA GARCÍA-GALÁN

 

Desde siempre soñaba con pintar. El niño veleño, que recorría con su canasto de pan las calles de su pueblo, imaginaba colores bellos para vestir paisajes, costumbres, momentos de luz que atrapaban sus ojos inquietos, ávidos de belleza. Evaristo Guerra soñaba jugando, pintaba soñando, con esos pinceles silenciosos, inseparables, que empezaban ya a bailar con él la danza colorista que rodearía para siempre su tiempo y su alma. A golpe de sueño, con esos pinceles cómplices que seguían obedientes su pulso firme, imaginaba, creaba colores únicos, imposibles, que serían para siempre su marca, su sello inconfundible. El color envolvió su mundo y sus sueños se cumplieron. Evaristo Guerra pintó la vida y la belleza soñada se hizo eterna. Esos 'Sueños cumplidos' llenan hoy de color las paredes blancas del C.A.C. 'Francisco Hernández' de Vélez-Málaga. En su pueblo, junto a las calles que le vieron crecer, sintiendo el pálpito de su infancia entre paisanos y paisajes queridos, el pintor nos muestra esa colección de sueños diversos que crecieron con él a lo largo y ancho de su vida. Una magna exposición que recoge el fruto de sus 69 años con el arte; una explosión de color que nos enseña esos instantes hermosos que atraparon sus ojos sensibles y después inmortalizaron con mimo sus creativos pinceles.

Saboreando la magia del color recorro sin prisa las salas del museo. Me dejo llevar por esas estampas primeras que guardan historias curiosas, como ese primer cuadro sin terminar que estuvo 22 años en la pared de una casa sencilla, donde su dueña lo tuvo en guarda y custodia esperando la vuelta del pintor. Canta Gitanillo de Vélez mientras me adentro en la quietud ocre de una alameda. Niños chupando cañadú, autorretratos, canasteros, la fragua, la siesta... La mirada de una abuela centenaria me atrae con el misterio negro de luto que la envuelve, como su mantón; me pregunto qué mirarán esos ojos cansados que tan fielmente ha captado el pintor. Gitanillos descalzos, Calvario, viejos abulenses que me traen recuerdos de infancia. Recorro ensimismada esos 2 kilómetros, tan bellamente regados de verdes, que me llevan a un pueblo blanco, y entiendo por qué ese bucólico camino fue Premio Nacional de Pintura; la paz de la sinuosa senda entre almendros y olivos me invita a caminar en silencio dejando hablar a la naturaleza. Entre sus medievales murallas, Ávila aparece dormida en la quietud de sus tonos grises. Caseríos, pueblos soñados, montes azules, tardes con almendros, olivares y amapolas... Bocetos de esos murales grandiosos, largamente soñados, que han hecho tan hermosamente transparente la ermita del Cerro. El color me envuelve mientras paseo entre campos arados y mediodías veleños; me impactan esos malvas y esa luz violeta que me apasiona. Miradas queridas,  dibujos familiares, y el vestido que lució la novia que quiso casarse dentro de un paisaje de su padre. Me detengo en las Meninas que pintó mirando el cuadro de Velázquez en el Museo del Prado; el cuadro estuvo colgado en distintos lugares pero siempre volvía junto a su autor. Evaristo entendió que el cuadro no quería separarse de él, y con él se quedó para siempre.

Árboles grandiosos que crecen al sol de la Axarquía; la luz de Andalucía me deslumbra en ese homenaje espléndido a la tierra que llena una pared del museo. Árboles, pueblos, paisajes florecidos al calor de sus pinceles. Cuadros de ayer y de hoy, el pasado y el presente en perfecta armonía de colores que nos hablan de una vida henchida de sueños que se han cumplido. Maravillosa exposición del pintor veleño, hermosísima mezcla de fantasía y realidad que llenará para siempre las paredes del museo que llevará su nombre en la calle donde nació. Una calle, ahora gris y solitaria,  que renacerá sin duda cuando se vista de largo con esa magia de color que la hará florecer. Entonces, como decía Joaquín Lobato de Evaristo Guerra, la calle se convertirá en almendro.