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05:52h. martes, 01 de diciembre de 2020

Alfredo de Hoces: “Disfruto de una vida paralela como escritor que me llena enormemente”

Entrevista al autor de 'Tren a la estación perdida'

Alfredo de Hoces
Alfredo de Hoces

PREGUNTA.- Sus obras se conocen a través de internet, y es usted  muy valorado porque es uno de los autores a quien más se lee, siendo ganador del Certamen de Novela 2005 de yoescribo.com. ¿Esto ha cambiado, de alguna manera, su vida? 

RESPUESTA.- No radicalmente; sigo siendo un ingeniero informático que vive de diseñar arquitecturas software. Pero disfruto de una vida paralela como escritor que me llena enormemente. En mi cabeza siempre se está cocinando algo y, de vez en cuando, me siento y escribo una columna, un relato corto, quizá un capítulo de una novela, o puede que un hilo en Twitter. Entonces, esos escritos cobran vida, echan a volar y generan multitud de respuestas (y algún ingreso extra). Esta otra vida paralela es una charla continua con un montón de gente interesante. 

P.- ¿Se ha preguntado usted por qué  y para quién escribe? 

R.- Hay muchos y diversos motivos. Escribo para tomar perspectiva sobre mi propia vida, para poner las ideas en orden, para reírme de mí mismo y de las cosas que me dan miedo, para hacer comedia del drama de la existencia, para dar quimioterapia a esos tumores malignos que a veces aparecen en la memoria. Escribo para tener conversaciones honestas con otras personas, por si alguien puede aprender algo de mis propios errores, para dar las gracias a los que me ayudaron y ajustar cuentas con los que me jodieron. Pero, sobre todo, escribo para lanzar un mensaje a este mar de mentiras donde todos somos náufragos en nuestra propia isla desierta: no estamos solos.

P.- He leído su obra Tren a la estación perdida y me ha sorprendido el realismo social con el que envuelve la narración, pero también hay  un trasfondo existencialista y poético. Hábleme usted de ello.

R.- Esto es una constante en lo que escribo. Creo que como sociedad hemos acabado interiorizando que la poesía está reñida con el realismo, que el romanticismo no tiene cabida en una visión pragmática de la vida y que ser idealista es perder el tiempo soñando utopías imposibles. Estamos convirtiéndonos en una sociedad deprimida y alienada, con una visión limitada y extraordinariamente pesimista de la vida. En esta novela quería dejar claro que ser idealista es simplemente saber que un mundo mejor es del todo posible y que, de hecho, puede estar a la vuelta de la esquina.

P.- Me gustaría profundizar en el protagonista de la obra de Tren a la estación perdida. Preguntarle qué ha querido usted trasmitir al lector, al crear un personaje que, en un principio, vemos abocado al  fracaso, pero que al final de la obra triunfa al conseguir un trabajo en el que está bien considerado.  

R.-  El mensaje es que hay luz al final del túnel. Fíjese cómo, ante un personaje crítico e inconformista, que cuestiona el orden establecido y se dice a sí mismo “todo esto parece una farsa, tiene que haber algo más”, enseguida concluimos que está abocado al fracaso. En realidad el personaje ya había fracasado mucho antes: cuando se conformó con ese camino que le marcaron como el único posible. 

P.- Habla también de que ante las exigencias de una sociedad consumista, como es en la que vivimos, la gente finge ser feliz. Hábleme de ello. ¿Qué es para usted la felicidad? ¿Es posible la felicidad en una sociedad consumista?

R.- De entrada, no creo que haya nada intrínsecamente negativo en la sociedad de consumo; de hecho hemos alcanzado un alto grado de bienestar (dejando de lado el problema de las desigualdades sociales, claro). A mí me parece fabuloso que exista esta enorme oferta de productos, de herramientas, de ocio, de placer. El problema es confundir los medios con el fin. La publicidad lleva mucho tiempo prometiéndonos la felicidad, pero el consumo por sí solo no es suficiente. Nuestra felicidad es en última instancia nuestra responsabilidad, y es un asunto bastante profundo que requiere cierta madurez emocional y una serie de aptitudes que hay que desarrollar. El problema del consumo es que puede acabar convirtiéndose en una adicción y como tal hacernos entrar en el clásico círculo vicioso: acudo a algo para que me haga un poco más feliz, cada vez necesito más de ese algo, cada vez presto menos atención a las cosas realmente importantes, y al final cada vez soy un poco más infeliz.

P.- Sus obras son autobiográficas, ¿qué hay en ellas que reflejen su personalidad?  

R.- Suelo definir mis escritos como ficción autobiográfica; son ficciones construidas sobre la base de mis propias vivencias. Creo que la honestidad es un valor importante en la literatura, así que escribo sobre lo que conozco. Una vez tengo claro el mensaje, selecciono un puñado de mis propias experiencias y las combino y adapto para construir un relato ameno con buen pulso narrativo, con un necesario equilibrio entre forma y fondo. 

P.- ¿Hay algún nuevo  proyecto  de obra  que estés escribiendo?

R.- Mi primera novela, Memorias de un ingeniero, cuenta la historia del ingeniero informático novato que fui hace quince años y que se dio de bruces con la realidad del mundo de la consultoría. Tren a la estación perdida narra la odisea del mileurista desencantado que emigra en busca de nuevos horizontes. Ahora me he remontado casi veinticinco años en el tiempo para contar mi trepidante experiencia como agente de handling en el aeropuerto de Málaga, un empleo que mantuve durante cuatro años hasta que terminé la carrera. Un aeropuerto es un lugar muy peculiar donde confluyen innumerables culturas y nacionalidades diferentes unidas por un objetivo común: tocarte las pelotas. El título lo he tenido claro desde el instante en el que decidí que esto sería mi siguiente novela: Usted no sabe quién soy yo.