Dos maneras de contar: los cuentos de Oriente y los cuentos de Occidente (y 2)

El tiempo también cambia

El cuento occidental tradicional suele tener una dirección muy clara: Algo ocurre, después ocurre otra cosa,  y después otra. La historia avanza hasta llegar a una resolución.

En cambio, en muchas tradiciones orientales aparece una concepción más circular del tiempo. Todo cambia. Lo que sube, baja. Lo que crece, termina decayendo. La noche da paso al día. El día vuelve a convertirse en noche. La pérdida puede convertirse en comienzo. El final puede contener el principio de otra cosa.

Esta concepción está en el corazón del I Ching. Su propio nombre significa «Libro de los Cambios o de las Mutaciones». No se trata solo de saber qué va a suceder. Se trata de comprender que ninguna situación permanece para siempre. Por eso uno de sus grandes mensajes podría resumirse en una pregunta: «¿En qué momento del cambio te encuentras?».

La moraleja

En Occidente conocemos muy bien la moraleja explícita. La fábula termina y el narrador puede decir: «Y esta es la moraleja: no debemos ser avariciosos».

La historia nos entrega una conclusión.

En Oriente, especialmente en relatos filosóficos, taoístas, budistas o zen, la enseñanza puede quedar suspendida. El maestro cuenta la historia, u no explica nada. El silencio forma parte del cuento; el lector tiene que completar aquello que falta. Esto puede resultar desconcertante para nuestra manera occidental de leer.

Queremos saber: «¿Qué significa?».

Pero el cuento parece contestarnos: «Eso debes descubrirlo tú».

Y quizá ahí se encuentre una de las grandes diferencias entre ambas maneras de narrar.

Una historia puede enseñarnos dándonos una respuesta. Otra puede enseñarnos obligándonos a formular una pregunta.

El príncipe Chi

El relato del Príncipe Chi, que aparece en el I Ching, es un buen ejemplo de esta segunda forma de comprender una historia.

La tradición cuenta que Chi vivió bajo el gobierno de un tirano. Era un hombre sabio, pero se encontraba en una situación en la que mostrar abiertamente su sabiduría podía llevarlo a la destrucción. Entonces hizo algo extraño: ocultó su luz. Según la tradición, llegó incluso a fingir locura para protegerse. Desde una perspectiva occidental podríamos esperar que el héroe se levantara, enfrentara al tirano y lo derrotara. Pero la historia de Chi propone otra respuesta.

A veces la sabiduría no consiste en luchar. A veces consiste en sobrevivir sin perder aquello que somos. El texto asociado a Chi habla del oscurecimiento de la luz. La luz está oculta. Pero no ha desaparecido. Y esa imagen contiene toda una filosofía.

El eclipse

Hay una imagen de la naturaleza que puede ayudarnos a comprender esta idea: un eclipse.

Durante un eclipse solar, la luz del Sol queda temporalmente cubierta. Durante unos minutos, el día parece transformarse. Pero el Sol no ha desaparecido. La oscuridad simplemente se ha interpuesto entre nosotros y su luz.

Esta es una de las imágenes más poderosas que podemos encontrar en la historia del príncipe Chi. Porque la enseñanza no es: «Cuando llegue la oscuridad, lucha contra ella».

Es: «Cuando llegue la oscuridad, no confundas la oscuridad con la desaparición de la luz».

Hay momentos en la vida en los que nuestra claridad no puede mostrarse. Hay momentos para hablar y momentos para callar. Momentos para avanzar y momentos para esperar. Momentos para luchar y momentos para retirarse. La sabiduría consiste en reconocer cuál de ellos estamos viviendo.

Dos maneras de mirar al lector

La diferencia entre Oriente y Occidente no esté tanto en las historias como en la relación que cada historia establece con quien la escucha.

El cuento occidental puede tomar al lector de la mano. Le dice: «Ven. Te voy a llevar hasta el final». Y el lector sigue al héroe por el bosque, atraviesa el peligro y espera la resolución.

El cuento oriental puede hacer algo diferente. Puede decir: «Mira». Y señalar un árbol, un río, una montaña, una taza que se desborda, un hombre que espera, un príncipe que oculta su luz. Y después, guardar silencio.

Entonces el lector tiene que acercarse, mirar, interpretar, y completar la historia dentro de sí mismo.

Dos formas de sabiduría

Quizá sería injusto decir que Oriente cuenta de una manera y Occidente de otra. Ambas tradiciones son diversas y han intercambiado historias, símbolos y estructuras durante miles de años. Pero sí podemos reconocer dos tendencias.

Una tiende a decir: «Ve, enfrenta el mundo, supera la prueba y conviértete en alguien nuevo». La otra puede decir: «Detente, observa el mundo y descubre qué necesita cambiar dentro de ti».

Una encuentra la transformación en el viaje. La otra puede encontrarla en la mirada.

Una pregunta: «¿Cómo venceremos al dragón?». La otra puede preguntar: «¿Por qué necesitamos vencer al dragón?».

Y quizá ambas preguntas sean necesarias, porque hay momentos en los que debemos actuar. Y hay momentos en los que debemos comprender. Hay momentos en los que debemos cruzar el río. Y hay momentos en los que debemos sentarnos junto a él y esperar.

Por eso los cuentos siguen vivos. Porque, aunque hayan nacido hace cientos o miles de años, continúan haciéndonos la misma pregunta: «¿Qué harás con la historia que acabas de escuchar?».

Puede que esa sea la verdadera diferencia entre leer un cuento y escuchar una historia. Un cuento puede terminar cuando se cierra el libro. Pero una historia profunda continúa dentro de nosotros.

Bibliografía:

  • Wilhelm, Richard. I Ching: El libro de las mutaciones. — Fuente principal para los hexagramas y sus enseñanzas.
  • Reps, Paul; Senzaki, Nyogen. Zen Flesh, Zen Bones. C. E. Tuttle, 1957. — Para el cuento zen de La taza de té.
  • Texto original del I Ching: Zhou Yi, especialmente el hexagrama 36, 明夷 (Míng Yí), El oscurecimiento de la luz.
  • Cuentos tradicionales de Japón, edición de Kayoko Takagi, 2013. Alianza Editorial.