Todo esto es fado
En el escenario de un elegante teatro en algún lugar del mundo, bajo el haz de luz de un foco que la envolvía por completo iluminando su rostro, sus manos, su figura vestida de largo, ella, con su voz inolvidable, cortaba el aire con lamentos de amor. Amália Rodrigues, considerada embajadora artística de Portugal, cantaba un fado. El espacio se llenaba con la belleza de los timbres inigualables de su voz. Imposible quedarse indiferente viendo esos videos, oyendo esa música nostálgica y profunda, esas canciones de honda melancolía que sacuden el alma, especialmente desde que la Unesco declaró al fado, como ya lo hiciera con el flamenco o el tango argentino, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Amália Rodrigues y tantos otros fadistas que ya no están se alegrarían con la noticia. También nuestro inolvidable Carlos Cano, que nos dejó entre su maravilloso legado de canciones uno de los más bellos fados, María la portuguesa, una triste historia de amor entre un marinero y una misteriosa mujer. “Y de aquél sufrimiento nació el lamento de esta canción”. Dicen que el fado se identifica con los cantos de las gentes del mar, “inspirados en la soledad, la nostalgia y los balanceos de los barcos sobre el agua”. Se ha escrito mucho sobre él, sobre sus orígenes y sobre lo que significa este canto profundo. El escritor portugués Fernando Pessoa decía: El fado no es alegre ni triste. Formó el alma portuguesa cuando no existía y deseaba todo sin tener fuerza para desearlo. El fado es la fatiga del alma fuerte, el mirar de desprecio de Portugal al Dios en el que creyó y que también le abandonó.
Veo esa fatiga del alma fuerte en los ojos y la voz de Amália cuando canta Lágrima, Gaviota, “Canción del mar y tantos otros temas que nos dejó para el recuerdo. Ver los videos de sus actuaciones por el mundo es un deleite para los sentidos. Carlos Cano la admiraba mucho, y ella también lo admiraba. Una vez, compartiendo escenario y después de cantar María la portuguesa, él la presentaba así: “En portugués la ternura se llama Amália Rodrigues”. Hablando de ella y de la mutua admiración que se profesaban, contaba que la cantante le dijo una vez, mirándolo con esos ojos profundos, tan especiales:
-¡Quién tuviera veinte años menos!
Y él respondió:
-¡Quién tuviera veinte años más!
Los dos se fueron ya, dejaron de tener edad. Andarán por ahí llenando el infinito de saudade, de historias de amores tristes, de noches de luna y clavel, de Cançao do mar; cantarán a dúo sintiendo el fado como ella decía: Hay que nacer con el lado angustioso de las gentes, sentirse como alguien que no tiene ambiciones, ni deseos, una persona… como si no existiera. Esa persona soy yo y por eso he nacido para cantar el fado.
La más representativa música portuguesa es desde el 2011 Patrimonio de la Humanidad. Fue una buena noticia para todos los que sentimos esa música tan especial, esa música del alma que nos traspasa, nos transforma y nos hace vulnerables; esa música que esperamos oír alguna vez en una de esas casas de fado en los barrios viejos de la Lisboa antigua y señorial, donde dicen que después de una cena y una buena copa de vino, se baja la intensidad de la luz, se hace silencio absoluto y uno se deja llevar por el ambiente íntimo y las voces dulces de los fadistas. Mientras llega ese momento, seguiré emocionándome con María la portuguesa, o con la voz de la inolvidable Amália cuando canta Tudo isto é fado: “Me preguntaste el otro día si yo sabía lo que era un fado… Amor, celos, ceniza y fuego, dolor y pecado, todo esto existe; todo esto es triste. Todo esto es fado”.
Ahora que se igualaron sus tiempos, quizá el poeta cantante y la portuguesa con alma de fado se encuentren en algún lugar de las playas de Isla, donde rompen las olas, y mirándose a los ojos se fundan sus voces en un abrazo inmaterial, cantando juntos Meu amor, meu amor.