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22:47h. lunes, 17 de enero de 2022

Truco o trato

Columna de Segismundo Palma

Como un ilusionista, de esos que se encierran en una caja fuerte envuelto en grilletes y hacen que los tiren al fondo del mar para escapar. Así ha sido el final del proces golpista liderado por Puigdemont. Se encerró él solo en una huida permanente hacia delante, y sus socios de la CUP fueron los protagonistas de empujar al fondo del mar esa caja fuerte de acero llamada por ellos con desprecio: el Estado español. Como un zombie político, autodesterrado a Bélgica para evitar el proceso judicial que se cierne, deambulando entre cadáveres del extinto govern, refugiados en los brazos de un jurista especialista en terroristas. Huyendo del Estado, de sus responsabilidades, abandonando a sus seguidores, dinamitando tras de sí la aclamada desconexión, como un ejército en desbandada, aplicando por desesperación una táctica de tierra quemada. Es el día de los muertos, porque de to­dos los santos, me da pereza mental aplicarlo en este artículo. Es Halloween, y Puig­demont arriba a Europa, a careta quitada. Como un ente, disipado de heroicidad. ¿Dónde quedan esos majestuosos pla­nos de TV3 en los que, hierático, en contrapicado majestuoso, pétreo, nos recitaba con indubitable postura, su épico devenir? Como una puta broma ha acabado todo. ¿Dónde está el Armagedón indepe tras el 155? No ha habido trato y sí mucho truco. Si algo ha demostrado el independentismo catalán es que la sociedad civil sigue inmadura para un verdadero sacrificio. Un país no sale gratis. Decir Nación, somos una, es algo serio, de proporciones espirituales. Que se sientan pueblo unidos por una lengua, es innegable. Que para ser Nación, que para conseguirlo, aspiren a inmolarse, eso es otra cosa. Históricamente, el independentismo catalán ha estado plagado de figuras cobardes, que al primer bombazo al aire, han salido huyendo, incluso por las alcantarillas de la Generalitat. Puigdemont no ha sido diferente. Mientras había barra libre y el Estado, pusilámine, se hacía el tonto, todo ha ido bien: esteladas por doquier, el Segadors a pulmón y músculo callejero con pasta pública y los Mossos a favor. Y la propaganda de su sistema de ingeniería, creando una única realidad, gran­de y libre. Se podría haber evitado tanta in­certidumbre si este proceso alucinatorio se hubiera descabezado mucho antes. Cuan­do se saltaron el Tribunal Constitucional y violaron su propio Estatut hubiera sido un buen momento.  Ha sido como pincharle el globo a un niño. Ha hecho PUM, como el tiro de este francotirador, y todo el mundo se ha ido a dormir. Que mañana hay que trabajar. La vida sigue. Hay facturas que pagar. Como el monstruito Casimiro hacía lavarnos los dientes y nos pateaba el culo desde la pantalla para que nos fuésemos a la cama. ¿Qué ven mis ojos? Chicos, pequeñuelos, personas diminutas y todavía levantados… Me acuerdo ahora de los Jordis en el talego. Y Puigdemont al final de la escapada. ¿Se sentirán traicionados? ¿Qué pensará Jordi Sànchez mientras compañeros de módulo le enseñan las pelotas mientras desayuna? ¿Truco o trato, Jordi? ¡PUM!