19:19h. Miércoles, 12 de Diciembre de 2018

Prohibido saltar al vacío

Columna de Segismundo Palma

Un zumbido ensordecedor. Constante. Verano en Tokio. El sol arde como lluvia radioactiva sobre el complejo de edificios de Takashimadaira Danchi. Un pictograma de un monigote con medio cuerpo fuera de una cornisa. Dispuesto a saltar al vacío. Es la advertencia que comunica la administración de vecinos. Las chicharras, famélicas, aúllan violentas, lacerando la atmosfera de balcones enrejados con forja, como una cárcel de máxima seguridad. Año 1979. Más de doscientos suicidas provenientes de la gran metrópoli nipona han arribado a Takas­himadaira, decididos, con la certeza de un samurái, completando su círculo mortal. Buscando su final glorioso. Ese vuelo al vacío desde la cornisa de los edificios Danchi que, construidos diez años antes, como una colmena de insectos provenientes del espacio exterior, dibujó, como un tótem alienígena, un nuevo contorno de contemporánea urbanidad al barrio de Itabashi, exterminando la tradicional casa conurbada del suburbio tokiota. Paneles es­trictos: racionalidad, cemento y acero. Féretro perfecto de miles de vidas desconocidas de la incipiente nueva clase media financiera y comercial. Visto desde el cielo, Takashimadaira asemeja un cementerio. Un icono de Tánatos magnético. Una pulsión de muerte que, como las visiones de Richard Dreyfuss en ‘Encuentros en la tercera fase’, llamaban a los elegidos, como una Santa Compaña con hachas de cera, procesionaba en solitario por las calles de Tokio, por sus barrios, por los núcleos postindustriales de Keihin, ocupando toda la isla de Honshu y la península de Boso, buscando que los pobres de espíritu empuñaran su llama. Unidos por un impulso desgarrador, hipnotizados por una llamada incomprensible que los guiaba al precipicio desde la azotea de Danchi. Más de doscientos japoneses eligieron este edificio para acabar con su vida en 1979. Y entre los vecinos, desconocidos en­tre sí, con relaciones personales inexistentes, fruto de la alienación radical de una propuesta de habitabilidad de identidades atomizadas, cundía el pá­nico. ¿Quién será el próximo? Y el canto narcótico de las chicharras, como un manto férreo y aplastante, al abrir la puerta de los hogares, parecía solidificar el ambiente como si de sus vibraciones escupieran gas mostaza. Una nueva sombra en los pasillos. Otro rostro ignorado en busca de la azotea. ¿Es un nuevo vecino u otro caminante vomitado por el metro? Deja su maletín de comercial de segunda fila. No habrá llegado al índice porcentual de su comisión. Su amante lo ha engañado con otro amante o, simplemente, han cambiado su marca favorita de noodles shirataki precocinados de su kombini favorito. La oleada de suicidios fue tal, que las autoridades de la ciudad fortificaron los edificios de Danchi, vallando con gruesos barrotes de forja todo el condominio. Pero ellos seguían viniendo. Y una mañana apareció el primero tras el cierre hermético de las azoteas. Ahorcado. Ya no saltaban al vacío. No era un nuevo vecino. Era un comerciante de un pueblo costero, provinciano, se había levantado temprano esa mañana y había cogido el Shinkasen de la Japan Railways, luego el metro hasta bajarse en Takashimadaira Station y, al salir, mirando hacia el sur, oteó el perfil fantasmagórico de los nichos estelares de Danchi. La advertencia del pictograma le hizo hasta gracia. Fue fácil colarse en el primer portal en el que esperó a que un vecino apresurado saliera a ser fagocitado por la jornada. Subió hasta la azotea. Estaba cerrada. Pe­ro el círculo seguía cerrándose. Lo había conseguido. Estaba allí. Por fin su vida cobró sentido. En ese mausoleo geométrico de muerte. Tenía un segundo cinturón en el maletín. Junto al Tuppeware con su sopa de ramen. Nunca más la volvería a probar. Alguien abrió una puerta. Le dio los buenos días con una inclinación de cabeza. Era la última persona que lo vio con vida. El último suicida anónimo de Takashimadaira Danchi. ¡PUM!