09:07h. Viernes, 19 de Abril de 2019

Tres historias de fútbol

Columna de Salvador Gutiérrez

Más de sesenta mil criaturas se congregaron en el Wanda Metropolitano para ver un partido de fútbol femenino. Casi una proeza. Casi un récord. Un deporte henchido de testosterona se transmutó, durante noventa minutos, en un terreno de mujer. Es innegable que la sociedad, cada vez más, está haciendo visible a la mujer en todas sus facetas. Lo hecho por las mujeres -muchas veces ninguneado, ocultado y apartado- se está exponiendo, de una manera diáfana y contundente, a la luz pública. 

La idea de reivindicar el papel de la mujer -incluso, de forma testimonial, en el mundo del fútbol- es plausible desde todos los puntos de vista. Es de justicia. Punto. Sin más matices. Sin embargo, hay un cierto feminismo que vería como una injusticia, como una agravio contra las mujeres que el fútbol femenino no tuviera repercusión mediática, social o deportiva; en definitiva, que no tuviera espectadores. 

Que el fútbol femenino -tras promocionarse y fomentarse desde lo público- no tuviera aceptación social, ¿iría en contra de la lucha por la igualdad de las mujeres?; si la sociedad en su conjunto no aceptara en las taquillas el fútbol femenino, ¿sería esto un retroceso en la lucha feminista?; ¿podría llegar a existir un tipo de feminismo que impusiera por decreto que el fútbol femenino tuviera la misma cantidad de espectadores que el fútbol masculino?...

Y es que la justa lucha por los derechos y la igualdad  de la mujer, la gran lucha del feminismo puede tener como límite otro ismo: el capitalismo. En el capitalismo sólo triunfa lo que vende, lo que se convierte fácilmente en dinero, lo que gusta y atrae a las masas…

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El fútbol -de momento, el masculino- puede tener también la delicadeza, la gracia y la sutileza de un ballet. Messi es la Maya Plisétskaya de los verdes terrenos de juego. Messi se contorsiona y baila al ritmo de la música celestial del toque de balón. Messi, con la precisión de un cirujano, con la delicadeza de un orfebre, con la técnica de un lutier, se inventó, creó, hizo nacer a la realidad del escenario futbolístico, uno de esos goles milagro, uno de esos goles fantasía, contra el Real Betis Balompié…

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Y la afición del Betis vitoreó y jaleó al artista. Corolario: que el mundo del fútbol no es tan cromañónico como muchas veces creemos. Y, además, que los andaluces (en este caso los béticos) sabemos apreciar y reconocer el arte, lo bueno, la grandeza, venga de quien venga, sea de donde sea y la haga quien la haga…

En este mundo intransigente, intolerante, rancio, independentista y radical, una norma debiera imponerse: apreciar, reconocer y aplaudir lo bueno, aunque no venga de los nuestros. Como los béticos con el gol de Messi.