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01:26h. jueves, 01 de octubre de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

Suelen ir en grupo (por educación no diré en manada). Se colocan en los primeros asientos de las iglesias y de los teatros. Encabezan procesiones con cetros en sus manos (la mayoría no son creyentes). Todo se paraliza cuando llegan a algún acto. No pagan en las zonas azules. Tienen aparcamientos reservados. E incluso, con mis propios ojos, una vez vi cómo una de ellas no esperaba su turno en las Urgencias del Hospital Comarcal, sino que, cual estrella de Hollywood, tuvo preferencia sobre el resto de los enfermos.

Son los alcaldes, concejales y políticos de pueblo.

Y llevan hasta el extremo la conocida sentencia que dice que la mujer del César no solo debe ser honrada, sino también parecerlo.

Pero yo me pregunto: ¿es tan necesario que nuestros concejales y nuestros políticos estén siempre en el plato y en las tajadas?, ¿es tan necesario que acudan a todos los actos, a todas las actividades, a todos los acontecimientos y que, encima, lo hagan a bombo y platillo, con pompa y boato y con las preferencias de la primera fila y la atención desmedida del corro de pelotas de turno?

Es cierto que quien no sale en la foto no existe. Y es cierto que en la época de las Redes quien no se enreda y no se vende  no se comerá un colín en las urnas.

Sin embargo, una ciudadanía preparada y concienciada, preocupada por lo esencial y no por la cascarilla de la cosa pública, debería hacer primar al político que se queda detrás, casi en el anonimato, antes que al que se sienta en primera fila; debería darle más valor al político que va solo a los actos, sin su cohorte habitual y que, sin demasiadas alharacas, comparte y dialoga, con humildad, con los vecinos; debería darle más importancia al concejal que va a interesarse y a aportar su granito de arena cuando los eventos aún se están organizando y preparando. Creo que no deberíamos darle valor al alcalde o al concejal que llega a los sitios cuando todo está terminado y se sienta en la mesa presidencial a mesa y mantel puesto.

La humildad y la discreción no son materia muy propias del animal político. Más bien todo lo contrario. Pero creo que todos deberíamos hacer un esfuerzo por premiar al político que llega a los sitios como servidor; al último de la fila; al que llega caminado; al que se queda entre el público; al que no se sube al estrado; al que no hay que pedirle audiencia como a un Rey; al que pasa de su turno de palabra; al que no da discursos; al que no sube todo lo que hace a las Redes; al que paga en la zona azul, al que en el Hospital espera su turno.

En el diálogo entre lo que supone ser el representante de la ciudadanía y la acción de servicio público ha sobresalido lo primero. Es hora de que en nuestra democracia se renueve la idea del servicio público. Y para servir, de verdad, no todo el mundo vale. Muy al contrario. Valen los mejores. Los más humildes, discretos, decentes y morales.

¿Señor y señora concejal: es usted uno de ellos?