15:00h. Lunes, 30 de marzo de 2020

Pepe Casamayor

En un mundo en el que quien no llora no mama; en un mundo en el que -cada vez más- actuamos como empresarios de nosotros mismos y nos empecinamos en vendernos a los demás continuamente, se agradece, como bendita agua de mayo, la presencia de esos escasos seres que van por la vida con orden y con concierto, sin alharacas, sin estridencias, a pecho descubierto y sin taimadas cartas debajo de la manga. Son individuos por lo general silenciosos, humildes, prudentes, con pocas ganas de destacar ni de sobresalir sobre nada ni sobre nadie; individuos que ni venden ni se venden; que no buscarán la foto fácil ni las falsas influencias ni los vacuos protagonismos ni el apoyo y el arropo -siempre falaz- de los poderosos.

Por estos lares y en el mundo del arte, aunque no lo crean, existe alguno de esos especímenes. Son pocos, por supuesto; y son excepciones. Pero cuando aparecen tímidamente en escena, se ilumina de forma clara y amable el grisáceo y hostil panorama.

Pepe Casamayor, el escultor, el artista, es uno de ellos.

Claro está que la humildad no es un elemento constitutivo del arte, pero cuánto lo nutre y cuánto lo enriquece; cuánta pátina de seriedad, coherencia y sabiduría le reporta al autor y a su obra. Cuánto mito artístico se nos destroza al conocerlo personalmente, como si fuese un jarrón de mala cerámica cuando cae al suelo…

Casamayor no es un extraordinario escultor porque sea humilde, es humilde porque es un artista sabio. Por supuesto que sería igual de bueno si no le recorrieran la sangre los linfocitos de la bondad, la prudencia y la discreción. Pero resulta que a sus innatas -y trabajadísimas- cualidades técnicas y a su capacidad de invención artística, se le unen unas soberbias cualidades humanas: miel sobre hojuelas.

Lamentablemente muchas veces, en el mundo del arte, hay que ser vanidoso, egocéntrico, pedante y amigo del poder para hacerse oír y para ser visible. Sin dotes para la excesiva autopromoción, para el compadreo político, para el postureo, para el vil trepismo y para los codazos, Casamayor, a fuerza de cinceladas y talento, ha podido hacerse un hueco y un nombre en el panorama nacional de la escultura: el talento acaba casi siempre por salir a la superficie. Aunque tarde. Aunque cueste mucho.

Y el talento de Casamayor es claro y contundente: la invención contenida, mesurada, y sosegada, sustentada sobre un sólido y extraordinario dominio técnico. El arte de Casamayor es un arte moderno porque es un arte clásico, un arte que no ha renegado de la tradición, cimentándose en ella, pero que pretende, en principio, traerla hasta los terrenos de lo contemporáneo, para posteriormente trascenderla. Un camino similar, el de Casamayor, al que siguió el pintor Francisco Hernández.

La escultura de Casamayor no se estanca en lo clásico, sino que emprende el camino desde lo clásico, para enfrentarse a su tiempo y a sus circunstancias mejor pertrechado que otros artistas, que, en cambio, inician el camino desde cero, desde el momento presente. Casamayor trae a cuestas todo el peso del arte occidental en sus mazas pero con el deseo de seguir hacia adelante, en busca de una creación de su tiempo, personal y novedosa.

Casamayor es uno de los grandes. Y lo es por méritos propios, porque nada ha pedido ni mendigado a nadie, porque lo que ha conseguido lo ha hecho por propia valía y sin lamer el suelo que pisan los que mandan. No tiene calles ni le pondrán museos con su nombre, como a otros muchos pedigüeños del arte. Pero ni falta que le hace.