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19:42h. sábado, 17 de abril de 2021

Pasado, presente, futuro

Columna de Salvador Gutiérrez

En una piel de arcilla está asentado, en soledad inmensa, a distancia abismal de un ser humano. El Perseverance ha llegado a Marte, al planeta misterioso, a buscar y a buscarnos. El hombre mira a la insondable negrura del universo porque quiere escudriñar lo que por encima de él hay, porque quiere saber y encontrar -y, quizás, encontrarse-. Y allí está, el robot, más solo que la una -y que la Luna-, dando vueltas a lo desconocido. Más abajo, por estas tierras, el hombre sigue buscando, esta vez sin mirar al horizonte del futuro, sino a la lejanía del pasado: frente a las costas de Murcia han encontrado un pecio fenicio hundido hace más de dos mil años. El futuro y el pasado se dan la mano. Lo de muy arriba y lo de muy abajo siempre acaban encontrándose.

El hombre intuye que será el futuro, a través de la ciencia y que será el pasado, a través de la sabiduría, las que pongan un poco de cordura en este mundo. Y es que el tiempo siempre acaba poniendo las cosas en su sitio.

Pero entre el futuro y el pasado está el presente. Y en el presente otros intereses más cortoplacistas se adueñan de la pista de baile. Por el aquí y por el ahora bailan los políticos y sus partidos,  aferrándose a sus parcelas de poder. Por aquí y por ahora el intento de  moción de censura en Murcia -sí, donde el barco fenicio lleva hundido, impertérrito, hace miles de años…- ha provocado una reacción en cadena que está haciendo que las bodegas  de algunos partidos empiecen a hacer agua. Ahora, la guerra política se centra en Madrid. Y a Madrid miramos todos -con lo apasionante que sería mirar a Marte o a las profundidades del océano-. Miramos todos a Madrid y nos sorprende la pirueta política que Pablo Iglesias se ha sacado de la manga. Pero lo que más nos puede llegar a sorprender es que la candidata de Más Madrid le haya llamado machista al líder de Unidas Podemos. Con justicia o sin ella, la declaración de la cabeza de lista del partido de Errejón, viene a corroborar lo que el refrán lleva diciendo por siglos: que donde las dan las toman. Vivimos en un mundo en el que el lenguaje se está utilizando como arma arrojadiza y en el que a las palabras se les está inoculando culpabilidad en cantidades industriales. Hoy, la palabra machista, lo mismo que la palabra fascista, se emplean compulsiva y exageradamente. De modo que no es de extrañar que el manoseo que les estamos dando, quitándoles el jugo de su auténtico significado, acabe estallando en las manos de aquellos que las manipulan con más asiduidad.  

Es la paradoja de cualquier corrección o de moralidad política impuesta por parte de algunos: que sus propias correcciones, sus propias normas de moralidad se les revuelven contra sí y acaban aplastándoles las narices.

Vivimos una época en la que se nos está imponiendo ser más papistas que el Papa. Y hay listones morales y correcciones políticas demasiado altos para que casi nadie pueda sortearlos, ni siquiera aquellos que los imponen.

Moraleja: las palabras significan lo que significan. Ni más ni menos. No abusemos de ellas si no queremos que ellas acaben abusando de nosotros.  

En fin, nuestros políticos perseveran, erre que erre, en sus pequeñas cosas. Y muchas veces más que en la tierra parece que estén en la luna, o en Marte, como el Perseverance. Pero el robot, en la soledad del Universo, mira al futuro.