Buscar
07:18h. martes, 22 de junio de 2021

Pablo Iglesias

Columna de Salvador Gutiérrez

Diez años del 15-M. Y a los diez años, Pablo Iglesias va y nos deja por un empacho de fascismo. Y es que, a pesar de que en Madrid haya salvado los muebles de Podemos, su estrategia electoral -inventándose un fascismo que casi nadie veía ni comprendía- ha sido errónea, como creo que es la estrategia actual de buena parte de la izquierda, que habla un lenguaje incompresible para su público real. Y es que los pobres, los marginados, los trabajadores, los autónomos, los parados, cada vez se sienten menos representados por la nueva puesta en escena de la izquierda, que parece que desea a otro público y que parece que quiere defender otros intereses.

El Pablo Iglesias indignado del 15-M, el que con sus conocimientos de joven profesor universitario y con su punzante verborrea inundaba de igualdad y justicia los platós de televisión al comienzo de su vida pública, pronto se fue desvaneciendo en pro de la imagen más seria y profesional de un dirigente de un partido y, posteriormente, de todo un vicepresidente del Gobierno. Pero eso no es lo que quería la gente que abarrotó las plazas de España el 15-M de 2011. Estoy convencido de que los muchos indignados que apostaron para que aquel movimiento tuviera su propio partido político no querían ver a un Pablo Iglesias tomando los hábitos del político convencional ni transformando su imagen en la de un soso estadista. Aquellos indignados querían ver a alguien de fuera de la casta conviviendo con las instituciones de la casta, pero con las formas, los ademanes, los gestos, la reivindicación y las ideas heterodoxas del que no es un político profesional. Pablo Iglesias siguió manteniendo su imagen externa, pero pronto cambió su forma de representar. Creyó que, para ser más creíble como gobernante, tenía que adoptar, en todos los sentidos, unas posturas diferentes. Y, sin embargo, creo que la mayoría de los los indignados querían seguir viendo en las Cortes, en el Gobierno, a un indignado más, a aquel indignado que supo canalizar toda la frustración y el sufrimiento que trajo la crisis capitalista de 2008 a la mayoría de la sociedad. En definitiva, pienso que en Pablo Iglesias, la evolución del indignado al gestor, se produjo con mucha rapidez y con mucha ansiedad.

Es cierto que Pablo Iglesias no lo ha tenido fácil y que la lupa más potente y más cruel se le ha acercado hasta casi estrujarlo por parte de los grandes poderes económicos y financieros, de sus partidos políticos y de sus medios de comunicación. Jamás un político, en la historia reciente española, -incluso antes de tener poder- fue víctima de tal caza de brujas.

Personalmente, debo confesar que hay algo de Iglesias que no me gusta y que me da un poco de miedo. Pero no por razones políticas o ideológicas. Iglesias me asusta porque creo que no duda. Porque no se le aprecia la más mínima filtración en su armazón ideológico. Es de esos muchachos que con trece o catorce encontraron una verdad ideológica y jamás la han soltado. Es de esas personas que cuando jóvenes se levantaron un día con la verdad en el bolsillo del pijama y con ella caminan sin la más mínima duda. Para mí, un político humano debería ser lo contrario: aquel que ha pasado por muchas etapas ideológicas -incluso sufriendo-, aquel que ha creído en unas cosas y, con el paso del tiempo, en otras; aquel que cuando va a tomar una decisión ideológica interroga a su conciencia y duda sobre si está o no en posesión de la verdad. Un político que duda de su ideología podrá tomar decisiones equivocadas, pero creo que muy pocas veces injustas. El político que no duda no solo puede equivocarse sino que, además, podrá acabar siendo muy injusto. Y encima no sabrá verlo.

Cuando pienso en Pablo Iglesias me viene siempre esta frase del poeta William Butler Yeats: “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores están llenos de intensidad apasionada”.

Puede que, ahora, Iglesias, deje de fingir que es un serio estadista y puede, incluso, que con el tiempo libre empiece a dudar de algunas de sus profundas convicciones. Puede que el político se pierda pero seguro que ganaremos a un mejor ser humano.