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14:16h. miércoles, 15 de julio de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

Somos un poco histéricos. Nos encerraron en la casa durante una larga cuarentena y, desde el primer día, decidimos -no sé en base a qué, a qué estudio científico, a qué filosofía, a qué teoría sociológica- que íbamos a cambiar, que el COVID-19 iba a crear la mayor brecha en el mundo, el mayor cambio en la humanidad desde el descubrimiento de América; que no saldríamos iguales; que todo sería distinto. Somos un poco histéricos, ingenuos y apresurados. Nada ha cambiado. Y por supuesto, nada ha cambiado a mejor. Aparte de hacer pan, acaparar papel higiénico, hacer yoga y pesas con botellas de Coca Cola, hacer videollamadas sin descansoy ordenar los roperos, nada hemos hecho para hacernos mejores y, por ende, hacer mejor al mundo, aunque la publicidad apresurada, hecha por las grandes marcas durante el confinamiento, pretenda decirnos lo contrario.

Pero puede que todo no esté perdido. Nada más salir del redil, nada más escapar del cerco, como toros enchiquerados, hemos escapado, casi despavoridos, a los parques, a las playas, a la naturaleza. La mayoría de los enclaustrados no nos hemos ido a los bares ni a los centros comerciales ni a las oficinas ni a los polígonos industriales ni a las discotecas. No, hemos encaminado nuestros torpes pasos al verdor de los parques, al frescor de las aguas del Mediterráneo. Hemos vuelto a descalzarnos y andar por la yerba, pisando la alegría vibrante de lo natural; hemos vuelto a mirar y a tocar la rudeza, hiriente hasta la sangre, del tronco de los árboles, que siguen agarrados, con la fuerza de unas manos extrañas, al húmedo barro, a la potente tierra. 

Dicen que somos animales sociales, pero ante todo, seguimos siendo animales. Y como la cabra tira al monte,  tras el trauma del encierro nos hemos reconciliado con nosotros mismos acudiendo a lo que nos une ver­dade- ramente con lo que somos por dentro: sumergiéndonos en nuestra esencia de bosque y de arroyo, en nuestro espíritu de mar y de encina; volvemos a mezclarnos con el olor a hinojo y a romero que encierra nuestro ser más profundo. Después de la cárcel, la libertad. Y aún no concebimos la libertad sin la intensa clorofila, sin el aire otoñal de la naturaleza. Sin naturaleza no seremos jamás seres libres.

Los bares vuelven a estar llenos y las personas vuelven a estar unidas, codo con codo; la vida social, como una mancha de petróleo en un mar limpio, vuelve a expandirse por las calles y las avenidas de todas la ciudades. Necesitamos a los otros. Pronto volveremos a en­­­­contrarnos en los pubs de moda y en las cafeterías y en los estadios de fútbol, volveremos a sentir el sonido atronador del tráfico de las ciudades y el olor a humanidad en los vagones de los metros. Volveremos a ser un todo, mezclando sudores, saliva y deseos. Y volveremos a ser felices.

Pero, casi todos, recordaremos con algo de nostalgia aquel primer encuentro, en soledad, después de meses, con la arena cálida de una playa; el salitre pegado como una piel angelical a nuestros cuerpos; el profundo aroma del pinar; el enorme misterio de los robles; la inmaculada agua de un río lleno de gracia; la plácida locura de una alameda; el rumor a vida indómita de los bosques. La naturaleza nos ha liberado. Es hora de que le devolvamos el favor y empecemos a liberarla de nosotros.