14:39h. Lunes, 30 de marzo de 2020

La busco, la busco por las calles y por los bares; por las oficinas y por los colegios; por las iglesias y por las mercerías. La busco, pero no la encuentro; hace ya algunos años que se perdió del mapa. ¿Dónde te metes, melancolía? ¿Dónde tu forma indolente y descreída de encarar la vida? ¿Dónde tu punto medio, dónde tu falta de estridencias, dónde tu prudencia, dónde tu discreción?

Enciendo la televisión y no te encuentro: sólo veo a estereotipos con felicidad forzada, a fantoches vendiendo risas y enseñando dientes, a muñecos de cera con sonrisas perennes tatuadas en sus máscaras. Veo sólo un mundo feliz de cartón piedra; artificial, como un producto químico. Veo imposición de carcajadas no sentidas. 

Vivimos en un mundo feliz que no lo es.

Abro Facebook y tampoco te encuentro: sólo a gente que nos enseña su intensa y excitante existencia; sus momentos más gozosos; su radical aceptación del mundo y de la vida. Facebook: monstruoso escaparate de felicidad múltiple e incontenida; orgía apabullante de sonrisas y de momentos únicos (que se repiten con demasiada frecuencia).

Y en este mundo de fiesta permanente, ¿dónde te escondes tú, bella y discreta y tímida melancolía?...

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Los expertos aseguran que tras una sesión en Facebook, caemos en un esporádico estado de depresión. Normal: ni nuestro cuerpo ni nuestra mente están preparados para esa descarga amorfa de fe­licidad que se desparrama por todos los ve­ricuetos de la pantalla: el viaje de nuestra vida; la cena con amigos más fantástica e irrepetible de la historia; el cum­­pleaños más asombroso de cuantos se hayan vivido. No es normal que la gente sea tan feliz, por todo y durante tanto tiempo. De ahí que nuestra psique se rebele ante tanta tonelada de felicidad inconmensurable. Nos comparamos con los otros y vemos que nuestros cumpleaños, en realidad, no son tan especiales; que la cena con los amigos fue un tanto agridulce; que en el viaje de nuestra vida discutimos con la pareja. Y al compararnos, comprobamos que los demás son más felices que nosotros. Y una especie de pequeña depresión acaba por estrangularnos el ánimo.

Pero vivimos en una sociedad que se jacta de ser feliz, que quiere serlo a toda costa y que lo demuestra sin parar. Una sociedad que no quiere saber nada de momentos de reflexión y de cierta melancolía. Pero la melancolía es un estado de ánimo habitual y necesario. Nadie puede ser inmensamente feliz de continuo. Es sano para nuestra psicología sentir ramalazos de esa tenue y vaga tristeza que se deposita en el corazón.
Vivimos en una cierta contradicción: mientras más risas flotan en el ambiente, más ansiolíticos y antidepresivos se venden en las farmacias. 

En una sociedad en la que hay que tener de todo y mientras más, mejor, también hay que tener felicidad por kilos. Pero la felicidad no se tiene, sino que se siente.