09:11h. Jueves, 14 de noviembre de 2019
Columna de Salvador Gutiérrez

Hace unos días Facebook nos recordó, a través de una foto, que en las décadas de los 50 y 60 existió, en Vélez-Málaga, la llamada ‘Peña de los pobres’: una especie de bar en el que las capas más desfavorecidas de la sociedad encontraban ocio y esparcimiento, en contraposición a la ‘Peña de los ricos o de los señoritos’, un lugar que, a día de hoy, se mantiene impertérrito en la Plaza de las Carmelitas y que servía para que los más pudientes tuvieran un lugar de reunión, encuentro y solaz.

Puede que esta dicotomía, esta especie de enfrentamiento clasista entre los ricos y pobres de Vélez-Málaga, para una persona nacida ya en democracia, suene a trasnochado cine neorrealista italiano y a las películas del cura Don Camilo y el alcalde comunista. Vélez-Málaga -como toda España-, sin duda, ha cambiado drásticamente en estos cuarenta años de Constitución y libertades. La educación pública y generalizada, como una potente goma de borrar, ha difuminado los contornos entre los ricos y los pobres. Hoy se puede ser pobre y que no te lo noten demasiado. Gracias a la democracia, ya no existen bares para ricos y bares para pobres, ya no existe esa flagrante e indigna discriminación entre los que más tienen y los que menos poseen.

Hice la Primera Comunión en el año 77, en pleno proceso de transición política, y pude comprobar, en mis propias carnes, cómo ciertas madres de la sociedad veleña más adinerada, se negaban a colaborar en la catequesis de los niños más desfavorecidos económicamente (tuvo que ser el cura Barroso quien, en un alegato al más puro estilo del cristianismo combativo, le sacara los colores a aquellas señoras de la pequeña burguesía veleña). Sin embargo, como decía el poeta, el tiempo ha pasado y la verdad desagradable asoma: las formas han cambiado, pero el contenido de la película sigue siendo casi el mismo. Los niños de aquellas madres franquistas y elitistas son hoy los más demócratas del mundo (algunos hasta militan en partidos de izquierda) y casi todos -no dudo que por méritos propios- ocupan importantes cargos en la sociedad veleña actual.

Ahora que Franco está más presente -y de cuerpo presente- que nunca en democracia, suena paradójico recordar cómo aquellos miles de españoles que lloraban desconsolados ante su féretro se pasaron al otro bando despavoridos cuando el cadáver aún estaba caliente.

Hay un tipo de élite que siempre se libra de todas y que cae siempre en pie como los gatos.

No se puede decir que en Vélez sigan mandando los mismos de siempre, porque las capas más desfavorecidas también llegaron al poder, fundamentalmente a través del Partido Socialista. Un partido, sin embargo, que, por una parte, acogió amorosamente a todos los oportunistas que renegaron del franquismo y, por otra, supo, maquiavélicamente, crear a sus propias élites y a sus propios favorecidos. Lo que corrobora que la democracia -y la partitocracia- también crea sus propias peñas exclusivas. Es posible que ese afán de los partidos por crear élites favorecidas sea, entre otras, la causa del ascenso de muchos populismos. 

En Vélez-Málaga ya no existen dos Peñas. Viva la democracia. Pero me da el pálpito de que siguen existiendo vencedores y perdedores. Y tengo para mí, que los perdedores siempre son los mismos.