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05:38h. martes, 01 de diciembre de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

Un estudio  reciente del Gabinete de Estudios de la Naturaleza de la Axarquía (GENA), coordinado por el biólogo Rafael Yus, revela que el cultivo de frutas tropicales en la comarca puede provocar un colapso hídrico. Es decir, que la extensión de terreno que se dedica al cultivo de tropicales (aguacates y mangos) consume mucha más agua que la prevista en el Plan Hidrológico. En una zona en la que la lluvia es una visitante débil y esporádica, en la que la sequía amenaza con convertir nuestros campos en eriales y en la que la mano pálida del desierto casi llega a rozarnos, los tropicales se han convertido en unos dráculas verdes que están chupando y parasitando el poco agua del que disponemos.
Al observador más despistado no se le escapa que las extensiones de tropicales -que crecen en progresión geométrica cada día- van disparadas a desembocar en algún tipo de burbuja, como lo fue en su día la burbuja del ladrillo. No solo la burbuja de la falta de agua, sino también la burbuja de la erosión y la contaminación del terreno, la burbuja de los peligros del  monocultivo, la burbuja de la sobreproducción, la burbuja de los precios o la burbuja de las futuras enfermedades, que como la decimonónica filoxera, pueden conducir a la quiebra económica de la comarca.

Y es que cuando en un territorio todos los huevos de la economía se ponen en el mismo cesto, cabe la posibilidad de que, más pronto que tarde, la burbuja, como un globo lleno de serrín, explote y nos ponga a todos perdidos.

En esta encrucijada la sensatez y el sentido común también están sembrados en un erial. Los políticos, con sus cortas miras, solo van a luchar por lo que produce riqueza momentánea para una sociedad. Y las grandes empresas y comercializadoras van a seguir estrujando la gallina de los huevos de oro hasta que ya no haya más oro (ni huevos ni gallinas)

Y es que a casi nadie del sector le interesa parar y reflexionar sobre los posibles peligros futuros que los tropicales van a acarrear a la vida de la comarca. Las grandes empresas, cuando la vaca ya no de más leche, se irán con la música a otra parte o se pondrán a vender alpargatas o chips para ordenadores. Los grandes productores e inversores (que nunca han tenido nada que ver con el campo y con la agricultura y que invierten allí donde ven dinero rápido y fácil), cuando el barco se esté hundiendo, serán los primeros que lo abandonen, con sus buenos millones, sacados a los árboles, debajo del brazo y sobrevolarán, como aves carroñeras, otras zonas y otras inversiones a las que hincarle el diente.

¿Quiénes serán, entonces, los que pierdan cuando estalle la burbuja?: pues los de siempre, los pequeños agricultores, los que han vivido toda su vida del campo y saben protegerlo y respetarlo. Ellos no podrán bajarse del barco y se quedarán agarrados al mástil a la espera del inexorable hundimiento.