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11:04h. sábado, 31 de octubre de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

Cuando se dice que el virus y algunos gobernantes se están cargando la cultura suelo quitar la antena y desconectar de la conversación. La cultura es demasiado amplia, abstracta, amorfa, camaleónica, ambiciosa y eterna como para que un bichejo se la lleve por delante. La cultura, como los gatos, tiene siete vidas. La cultura es imprevisible, y como la liebre, salta donde y cuando menos se la espera. La cultura o está en todos lados o no está en ninguno. O está en toda época o no está en ninguna.

Lo que el virus y algunos gobernantes se están llevando por delante es la pequeña industria que gira alrededor de la cultura: espectáculos, eventos, teatros, música. Esa industria y los protagonistas que la llevan a cabo están viviendo la mayor crisis económica y vital que hayan padecido en decenios. 

Pero hoy no quiero hablar ni del virus ni de la industria cultural. Quiero hablar de otra manera, más sutil y por tanto más cruel, de cargarse la cultura y a aquellos que la hacen. Y es que existe una especie de Inquisición cultural, compuesta por algunos políticos y adláteres, que arremeten, inmisericordes, contra aquello que huela a cultura proveniente de un determinado grupo de personas.

Me explico. La fórmula inquisitorial es la siguiente: no darle ni agua, no apoyar, no ayudar, no subvencionar, no patrocinar ningún proyecto o iniciativa cultural que provenga de alguien que no se amolde, comulgue o sea simpatizante de los que mandan.

Me sigo explicando. Hay determinados “hacedores de cultura” que no van a tener el menor apoyo público, porque por diversas causas, están metidos en una lista negra virtual que los expulsa, de manera suave y sin estridencias, del sistema de la cultura institucional. Lo he vivido en mis propias carnes desde hace años. Y lo sigo viviendo. Por haber trabajado, como profesional, para una determinada opción política me han ido quitando todas las posibilidades de poder gestionar cultura en mi tierra. Pero, como hablar de uno mismo está muy feo y no es de buena educación, voy a hablar de otra persona.

Se llama Jesús y es pintor. Alguien con grandes cualidades técnicas y artísticas. Hace al­gunos años presentó, a una institución de Vé­lez-Málaga, una de sus obras para que pudiera formar parte de una colección de pintura permanente.

Los responsables cul­­turales del proyecto -que no pertenecían al municipio- aceptaron de inmediato su obra. Pero, hete aquí, que, como por arte de magia, la obra jamás fue aceptada para dicha colección. Un pajarito me ha contado que el motivo fue que el pintor era simpatizante -ignoro si en aquel momento era afiliado o tenía una vida política muy activa- de un partido político que no pertenecía al gobierno del municipio. Según el pajarito, pese a que los responsables culturales admitieron la obra, los responsables políticos la rechazaron, porque en la citada exposición/colección no se podía consentir que un artista tan cercano a un partido político contrario tuviera demasiado protagonismo.

En fin, esto demuestra que hay cosas peores que el coronavirus para cargarse la cultura y a los que la hacen. Por cierto, se me olvidada decir que ese pintor, llamado Jesús, es el actual teniente de alcalde de Torre del Mar.