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19:41h. sábado, 17 de abril de 2021

Ideas sueltas, no muy usuales, sobre la igualdad de las personas…

Columna de Salvador Gutiérrez

La mujer está de moda. La mujer como concepto, como categoría, como producto, como merecedora de derechos, como votante, como consumidora. Y no hay nada más peligroso para la vida real, para la esencia auténtica de las cosas que éstas se pongan de moda. La moda desvirtúa y desnaturaliza lo que cae bajo sus garras. La moda, como un Saturno hambriento, acaba siempre devorando a sus hijas.

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Mucho me temo que el concepto lucha por la igualdad de la mujer se ha convertido en un producto de merchandising, algo a la venta, algo que da y mueve dinero (un producto que seguro está forrando de millones a señores muy machistas). Pronto, la lucha por la igualdad de la mujer se podrá comprar en Amazon… 

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Es ley natural: la exageración de un lado hace nacer la exageración del otro. El movimiento del péndulo tiene esas cosas. La moda de la mujer está trayendo aparejada una marejadilla de fondo de machismo tosco, rancio y radical.

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Tal vez haya llegado el momento de la síntesis. El momento del término medio virtuoso. El momento de dar por seguro, sin titubeos de ningún tipo, la sagrada igualdad de todo ser humano, de toda persona.

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La reivindicación exagerada de lo que somos no es más que un síntoma de inseguridad. La igualdad de  la mujer no debería ponerse en cuestión. Y menos por quien es protagonista de ese derecho indiscutible. ¿Cómo sería un mundo en el que la mujer asumiera con la mayor normalidad su absoluta igualdad con respecto al hombre? Quizá un mundo donde esa igualdad se viviera de forma natural, sin estridencias ni exageraciones por parte de nadie…

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Todo lo anterior no es poner ‘la carga de la prueba’ sobre la víctima: la mujer. Al contrario, es pensar, decir y actuar como si no hubiera víctimas. La mujer no debería asumir el papel de víctima (aunque sea para reivindicar lo contrario). Un igual nunca puede ser víctima de otro igual.

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El activismo activo no siempre es la solución, porque conlleva resistencia activa. ¿Y si los creyentes en la igualdad de las personas aplicáramos el pasivismo pasivo…? Es decir, no hay que reivindicar lo que es blanco o lo que es negro; lo blanco o lo negro lo son sin más, objetivamente; sin necesidad de recordarlo ni de reivindicarlo…

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Quizá, eso mismo -solo es una idea entre tantas- debería pasar con la igualdad de las personas: asumirla y creérnosla, sin la menor duda. Vivir la igualdad de las personas con la mayor naturalidad posible. Con el orgullo invisible, humilde y discreto de los que nos creemos iguales los unos de los otros.

La mujer no debería estar de moda por lo que no es o no tiene. No debería ser un momentáneo best seller, sino el libro clásico que en cualquier librería es imprescindible.

Y a los que no les gusten los clásicos, que el peso de la Constitución y de las leyes caiga sobre ellos.