15:06h. Lunes, 30 de marzo de 2020

Huérfanos de periodismo

Los periódicos están  perdiendo los papeles. Dicho esto, claro está, en un doble sentido: en el de que lo digital ha venido, drásticamente, a sustituir a la realidad material de la tinta y el papel, y en el de que aquéllos andan un tanto perdidos por el proceloso mar de la comunicación; un poco desquiciados; sin norte y sin guía; sin ideas claras y sin objetivos definidos.

Hay un periodismo que se ha ido para no volver, y otro que aún no ha llegado, con lo que, ahora, en estos tiempos extraños, andamos sin auténtico periodismo, basculando entre dos aguas, en una especie de terra nullius de la información.

El siglo XXI, las nuevas tecnologías y el fenómeno de las redes sociales han cogido con el paso cambiado a los periódicos de siempre, que se han encontrado, de repente, con la irrupción de una nueva forma de entender lo noticioso (cantidades ingentes de información pululando por los mundos digitales, millones de voces y opiniones, millones de puntos de vista, millones de intereses contrapuestos luchando, en tiempo real, en vivo y en directo, por imponerse y acabar convenciendo a la mayoría). Las redes sociales han provocado el desembarco de una  avalancha de nuevos periodistas, de creadores de opinión y de influencia; ha surgido una nueva caterva de co­­­­municadores que hacen de las suyas, permanentemente, sin verdadero conocimiento de causa, sin control y sin medida. Cuando el periodismo se hace fuera de los periódicos, poco le queda por hacer a los periódicos tradicionales, salvo, atropelladamente, ponerse a rebufo de las redes sociales y reproducirlas, difundirlas e imitarlas. Los periódicos se han convertido en una síntesis, más o menos coherente y sistematizada, de lo que sobrevuela por las redes. A veces son simples ayudantes de éstas, simples obreros al servicio de un patrón global, perrillos fieles que siguen obedientemente a su amo. El pe­­riodismo se ha dejado enredar, como un joven sin personalidad, por las malas compañías. 

Los atentados terroristas en Cataluña han venido a resaltar la faceta del servilismo del periodismo tradicional con respecto al nuevo modelo que han impuesto las redes. La tarde de los atentados, todos los periódicos digitales y todas las radios y televisiones nacionales, por estar a la altura de la explosión de inmediatez de las redes, por no perder cuota de pantalla, por estar al pie de la noticia, se contagiaron de las incongruencias, mentiras, medias verdades y rumores infundados de aquéllas. Hace tan sólo unos pocos años, se acudía a los medios de comunicación, precisamente, para tener una visión lo más exacta, veraz y definitiva de la realidad informativa. Ahora se acude a ellos, sólo, para ser partícipes de la confusión en la que viven las redes.

El periodismo -tal como se entendió en el siglo XX-  está dando sus últimos coletazos, pero aún no ha nacido lo que haya de reemplazarlo. Aun moribundo, al periodismo le queda una pequeña puerta de salida y de salvación: el análisis sosegado de lo que acontece en el mundo. El problema es que los propios medios de comunicación han contribuido, en las últimas décadas,  a despreciar lo profundo y lo pausado.

En fin, lo que fue ya no existe, y lo que tiene que venir aún no es. El panorama es desolador: un periodismo sin personalidad, débil y pusilánime enfrentado a la supuesta alternativa de las redes, donde reina el ruido, el galimatías, la obscenidad, el rumor y la incultura. Estamos en una época sin periodismo. Somos huérfanos y estamos solos.