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10:59h. sábado, 31 de octubre de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

Ya lo dice el refrán: para gustos, colores. De modo que entiendo a aquellos a los que les gustan los adornos pictóricos (que no obras pictóricas) que han inundado -yo diría que casi ahogado- el comercial Camino de Málaga de Vélez-Málaga. Gobernar es muy difícil y no siempre se acierta con los gustos de la mayoría. Pero, siempre, creo, hay que presuponer la buena voluntad y las ganas de trabajar por el bien de todos y de la ciudad de aquellos que mandan. Así que, con mayor o menor calidad, con mayor o menor gusto, con mayor o menor presupuesto, se ha hecho algo. Y hacer nunca está de más. Máxime en un municipio al que le faltan muchas cosas por hacer. Cuando se hace, se puede acertar o no. Cuando no se hace, siempre se desacierta.

Dicho todo esto, sí que me gustaría ahondar en dos cuestiones:

Una. Los defensores a ultranza de los adornos en el suelo, a los que parece que les va la vida (o el sueldo) en su defensa, han utilizado un argumento con el que no estoy de acuerdo. Han querido tachar de catetos a los vecinos que han discrepado de los adornos, diciendo que es algo demasiado moderno como para que algunos puedan entenderlos. En fin, las personas que han dicho eso no tienen la menor idea de por dónde gira hoy el arte contemporáneo. Los adornos en el suelo en el Camino de Málaga ni son arte ni son modernos. Creer que esos adornos son pura vanguardia artística es haberse quedado estancado en un concepto del arte de principios del siglo XX. Yo creo que los catetos, aquí, son otros. Pero, repito, desde mi humilde punto de vista, defiendo esos adornos. Porque algo es algo…

Dos. Más que mirar al suelo deberíamos mirar al cielo. Y ver la cantidad de cables que cruzan la calle y la afean, mucho más que los adornos del suelo.

Recuerdo, cuando se rodó en Vélez algunas escenas de una película sobre María Zambrano, cómo los responsables de la obra se vieron negros para rodar algún trozo de calle que no estuviera crucificada y atravesada por los horrendos cables.

En definitiva, que hay que hacer. Que hay que hacer, todavía, muchas cosas por intentar salvar nuestro centro social y nuestro centro histórico. Porque, mientras nos llamamos catetos los unos a los otros, el convento de Las Claras se cae a cachitos y el centro histórico muere de soledad, desidia e inactividad. 

Hay que hacer. Pero hacer fuera de los intereses -mezquinos- de los partidos. Y hay que hacer a largo plazo. Sin improvisaciones ni ocurrencias. Hay que pensar las cosas dos veces antes de hacerlas. Pero hacerlas. El centro de Vélez-Málaga no puede estar sometido a los caprichos momentáneos de los políticos. 

Hay que hacer, con luces, con amor, con conocimientos, con sentido del bien común, con sentido exacto de lo que significa la modernidad, con humildad, sin vanidad, sin ganas de apuntarse tantos partidistas ni ideológicos. Hay que hacer, un gran pacto social y de largo alcance para que la vida y el color vuelvan a nuestro centro.

Hay que hacer. Pero hay que hacerlo ya.