16:25h. Lunes, 30 de marzo de 2020

Tengo fiebre. En los últimos días una especie de virus ha hackeado mi sistema informático y me ha inundado el cuerpo de pun­zadas, tos y mocos. Tengo el software do­lorido y embotado. Casi igual que miles de ordenadores del ancho mundo, víctimas, esta semana, de un siniestro ciberataque. Es, en los momentos de cualquier enfermedad, cuando somos conscientes de que en esta vida estamos cogidos con pinzas; de que cualquier resfriado nos puede dar el pasaporte para la otra dimensión sin apenas darnos cuenta. 

El mundo también está cogido con pinzas. Y este ataque informático masivo lo vuelve a confirmar. La tec­nología -que sin duda viene a facilitarnos la vida- está sustentada en cimientos muy frágiles y etéreos. Que el sistema nacional de sanidad británico -y por ende la salud de millones de personas- esté controlado por unas invisibles manos, ubicadas en los limbos abstractos de lo virtual, dice muy poco sobre la consistencia de nuestra sociedad. Podríamos ampliar el concepto de sociedad líquida, del pensador Zygmunt Bauman, añadiéndole el de sociedad etérea: dependemos de lo que no se puede tocar ni existe de forma material en la realidad. Toda nuestra vida: lo que somos, lo que hemos hecho, lo que nos hace ciudadanos y administrados; todo aquello que hace que existamos como miembros de un Estado, pulula, navega y danza alrededor de una especie de atmósfera irreal e inexistente.

No estoy desvariando por la fiebre. Y, por supuesto, vaya por delante que no estoy en contra de la tecnología ni de sus avances; igual que hace siglos no hubiese estado en contra de que un marino genovés se lanzara al insondable océano, a bordo de tres cáscaras de nueces, en la búsqueda esperanzada e ingenua de la India.

El hombre no puede parar de inventar y de descubrir. Esa es nuestra marca más decisiva. A pesar de eso, no comulgo con la creencia, generalizada, de que hemos llegado, en todo, al top, al cénit, a la cumbre. Soy de los que creen que el mundo ha avanzado. Pero no soy de los que se sienten apostados en el optimismo de la vanguardia (toda vanguardia tiene un punto de orgullo y de altanería, pero toda vanguardia, tarde o temprano, siempre es superada).

El fabuloso mundo actual nos ofrece posibilidades tecnológicas extraordinarias. Los seguidores de los Rolling Stones han podido esta semana, desde la comodidad de sus casas, comprar las entradas para los conciertos que el grupo (de eterna y cansina retirada) va a ofrecer en España. Pero también cabe la posibilidad -como así ha sucedido-  de que la web de venta de entradas se colapse y deje a más de un fan con el ratón colgando…
En esto de la tecnología, mal que nos pe­se, no estamos más que dando nuestros pri­meros pasitos. Estamos en pañales. Y yo no estaría demasiado orgulloso de ir por la vi­da en pañales -el último IPhone no deja de ser un rudimentario pañal tecnológico-.

En todo caso, sigamos adelante, sigamos inventando y descubriendo, sigamos nuestro destino como humanos. Pero seamos conscientes de que aún estamos en la Prehistoria tecnológica y de que el progreso, siempre, viaja en tres inestables carabelas.