22:27h. Viernes, 14 de Diciembre de 2018

Esto no hay quien lo entienda

Columna de Salvador Gutiérrez

Por los avatares del destino, tuve el dudoso honor de conocer, hace ya casi treinta años, a Luis Díez-Picazo, el magistrado del Supremo que la ha liado gorda -por decirlo en román paladino, y no, precisamente, en refinada jerga jurídica- con la cuestión de las hipotecas. (Por aquel entonces ya se le veía al muchacho la querencia por llegar alto…). Entre las surrealistas razones que el presidente del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, ha dado para justificar lo injustificable, se encuentra una que quizá no sea tan descabellada: Lesmes ha venido a decir que los jueces, como meros intérpretes de las leyes, se topan, muchas veces, con la oscuridad y mala redacción de las mismas. 

Y es cierto. Los que, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido que navegar -siquiera de pasada- por los farragosos artículos de las leyes, nos hemos percatado de la horrorosa redacción con la que éstas están construidas. Entender un artículo es, a veces, más difícil que captar el sentido del Polifemo de Góngora. Si hay algo en la vida que necesita claridad, concreción, sencillez y pulcritud sintáctica es la Ley. Pero el legislador, muchas veces, hace aguas en su manera de expresarse por escrito y se mete en jardines que se convierten en aberrantes laberintos gramaticales. La expresión escrita se inventó para dejar constancia de un claro entendimiento entre los humanos, para eso que se llama comunicación. La comunicación legal debiera ser la comunicación por excelencia, porque en la correcta comprensión de su sentido, nos jugamos nuestra seguridad, nuestra libertad, nuestro dinero y, muchas veces, hasta nuestra propia vida. Los señores legisladores, lamentablemente, saben mucho de leyes, pero poco de unir palabras de forma comprensible. El poeta Jaime Gil de Biedma -por cierto, licenciado en Derecho- decía que un poema debía ser tan claro como una carta comercial; me pregunto qué le exigiría, entonces, al artículado  de una ley…

En fin, los legisladores no saben redactar y los futuros maestros no saben escribir: muchas vacantes en las oposiciones para maestros han quedado desiertas por los errores ortográficos de los que pretenden educar a las nuevas generaciones. No es capricho de trasnochados conservadores velar por que se sepa redactar y se sepa escribir sin faltas de ortografía: la comunicación entre las personas está en juego, y si ésta es complicada con buena redacción y buena escritura, imaginémosla con aberraciones sintácticas y ortográficas… Aunque quizá el mal no esté tanto en la redacción y en la ortografía, sino en saber leer. En comprender lo que se lee. En líneas generales, esta sociedad no suele leer, pero lo peor es que tampoco entiende lo que lee. Se lee mal y deprisa y se comprende mucho peor. En fin, en su doble sentido, esto no hay quien lo entienda…

Lo que está claro es que tantos años después, los legisladores -y los redactores en general- siguen sin hacerle caso a Marx -a Groucho-, cuando se burlaba del galimatías legal con aquella gloriosa escena de la parte contratante de la primera parte…