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11:35h. miércoles, 25 de noviembre de 2020
Columna de Salvador Gutiérrez

En memoria del profesor francés degollado por un yihadista

Aquella pequeña casa de madera del bosque tenía dos puertas. Una miraba al Norte y la otra al Sur. Allí vivía una familia de leñadores. Era como una familia de cuento infantil. Algo así como la familia de Caperucita Roja. La familia la componía un padre barbudo y fortachón, que se pasaba el día talando árboles y cortando la madera y una madre y una niña que se dedicaban a cuidar de la casa y de un pequeño huerto que había al lado de la misma.

En aquel bosque los inviernos eran largos y fríos y solo una chimenea vieja le servía a la familia para mitigar las inclemencias de aquel lejano lugar.

Una noche, mientras la familia dormía, un oso grande y hambriento se acercó hasta la casa e intentó echar abajo la puerta que miraba al Sur. El padre, sobresaltado, se levantó y puso, haciendo de contrafuerte, un grueso tronco en la puerta. A la mañana siguiente, la familia se dedicó a fortalecer la frágil puerta de entrada a la cabaña, poniendo varios cerrojos y reforzándola con más madera. A la noche, el hambriento oso se acercó de nuevo a la casa e intentó, una vez más, derribar la puerta, pero tuvo que desistir pronto de su intento porque ésta, esta vez, se mostró robusta y casi inexpugnable. La familia, en el silencio de la noche, oyó los infructuosos intentos del oso por entrar en la casa y una vez que el oso se retiró del lugar volvieron a sus dulces sueños. 

Sin embargo, a la noche siguiente, el oso lo intentó de nuevo y esta vez sus pasos se dirigieron a la entrada Norte de la cabaña, cuya puerta no tenía cerrojos ni estaba reforzada con madera. Y esta vez sí, el oso consiguió derribar la débil puerta y entró en la casita de madera arramplando con todo lo que se encontró a su paso. La familia, que dormía plácidamente, no tuvo tiempo siquiera de reaccionar cuando el oso se abalanzó despiadadamente sobre ellos.

Tengo la sensación de que a nuestra sociedad le pasa como a la familia del cuento, que está reforzando -chapó- una puerta y está olvidando hacer lo mismo con la otra. Cada día más -chapó- esta sociedad alza su voz, más fuerte, contra la intolerancia y contra la intransigencia; cada día más -chapó- se lucha por los derechos humanos. Se lucha -chapó- por el pluralismo, por la libertad, por la democracia. Cada vez más se tiene identificado a los malos de la película -chapó-. Y desde los medios y desde las redes sociales, incluso, se les señala sin complejos.

Tenemos identificado, claramente, al enemigo. Se le suele llamar fascismo. ¿Pero solo hay un enemigo? ¿Solo hay un oso? ¿Solo hay una puerta de entrada para el oso?

Lo escribí, en forma de aforismo, hace algún tiempo (y algunos no me entendieron): el peligro no viene siempre por el mismo lado.

El mal, lamentablemente, tiene la capacidad de reinventarse continuamente.