12:41h. Sábado, 22 de Septiembre de 2018

A puñetazo limpio

Columna de Salvador Gutiérrez

Todo estudiante universitario que se precie sabe, a ciencia cierta, quién es Pedro Antonio de Alarcón, no precisamente por haber leído sus obras completas, sino porque en muchos de los bares de su calle granadina habrán pillado alguna que otra melopea. Pues bien, los hechos sucedieron hace unas semanas, de madrugada, en esa literaria calle: dos jóvenes -escoltados y arropados por sus respectivos correligionarios- se enfrentaron, a puñetazo limpio, embebidos en el fragor de una intensa discusión. El motivo: quién lo iba a decir, Platón y Aristóteles. Sí, uno de ellos, el aristotélico, dijo que iba a escribir una letra de rap mofándose del pensamiento idealista y arcaico de Platón; el otro, el platónico, reaccionó diciendo que Platón no se merecía ser rebajado a la pobre categoría de un rap, pues su filosofía era de una suprema brillantez y actualidad. Y así, en el eterno enfrentamiento entre idealistas y materialistas, las palabras y los argumentos se convirtieron en tortas y en puñetazos. 

Los dos jóvenes filósofos de la calle Pedro Antonio, en realidad, no hicieron más que constatar, burdamente, las certeras y proféticas palabras de Borges, cuando dijo que todo ser humano nace platónico o aristotélico. Y es cierto, simplificando mucho la cosa, está claro que, como en el cuadro de Rafael, la Academia de Atenas, unos señalamos hacia arriba con el dedo y otros dirigen el índice hacia lo mundano; es decir, que en todos los terrenos de la vida, unos tenemos pajaritos en la cabeza y otros tienen los pies bien puestos sobre la tierra. Sea como fuere, el incidente de los dos jóvenes conlleva algo bueno: al menos no se liaron a tortas por ver quién era mejor, si Messi o Cristiano. Lo malo, claro está, es que, aun con filosofía de por medio, no pudieron llegar a sabias conclusiones, sino a las manos. 

La discusión de los dos jóvenes, sin embargo, también pone sobre el tapete el interesante cambio de inquietudes e intereses que estos están manifestando en la actualidad. Parece que cierto embobamiento y letargo que imperaba en los adolescentes de décadas pasadas está dando paso a un interés mayor por el mundo que les rodea.  Hace unos días, la Fundación SM ha hecho público un estudio en el que se afirma que los jóvenes españoles han radicalizado, en uno u otro extremo, sus posturas ideológicas y políticas. Ahora bien, el problema no es tanto la radicalidad en lo que se refiere al posicionamiento en el espectro ideológico, sino la radicalidad en cuanto a actitudes de intransigencia e intolerancia. La radicalidad no viene dada por el lugar, sino por la intensidad con la que defendemos nuestras posturas. La cuestión no es ser platónico o idealista; aristotélico o materialista; liberal o comunista; conservador o progresista; cristiano o ateo, sino  con qué grado de intensidad -de transigencia y de empatía o de intolerancia y violencia- vamos a querer defender nuestros criterios y posiciones.

La cuestión no es si somos idealistas o materialistas, la cuestión radica en si queremos tener la razón a toda costa y el modo en el que estamos dispuestos a tenerla. Algo de eso ya apuntó María Zambrano, cuando reflexionó sobre los totalitarismos -de todo signo y color- que abundaron en el siglo XX. En todo caso, los puñetazos, nunca deberían ser la solución. Las tortas, sean idealistas o materialistas, sólo dejan dolor y moratones.