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09:47h. jueves, 20 de enero de 2022

La materia audible

Columna de Miguel Segura

Hay tantas cosmovisiones como seres humanos. Los vivos. De las cosmovisiones de los muertos aún no tenemos noticias. La cosmovisión de la ciencia gira, desde hace ya unas cuantas décadas, en torno a la materia oscura y a la energía también oscura. A fuerza de observar las galaxias más próximas, se preguntan cómo tantos miles de millones de estrellas que las forman, se desplazan al unísono por el cosmos sin que haya atracción gravitatoria entre ellas (como sucede con los planetas). Si las estrellas más próximas entre sí distan diez años-luz, parece una obviedad que no exista tal atracción, no digamos entre las demás. Así pues, nace la teoría de que debe haber una partícula invisible que cohesiona esta inmensidad de astros haciendo que se desplacen al mismo tiempo y en la misma dirección.

Llegados a este punto, he querido tomarme la li­bertad de pensar en una cosmovisión que trata de otra materia invisible: La materia audible, la Música. Hace ya algunos a­ños que emp­e­­zó a hablarse de la fusión como un hermanamiento entre distintas culturas y sus músicas: rock, jazz, flamenco, y otras tantas esparcidas por el planeta. Nació el concepto de Músicas del Mundo, y el sentimiento de fraternidad que éstas provocan, nos ha hecho creer que la música podría ser una materia de cohesión entre los seres humanos. Ignoro si Kepler, Newton o el mismo Einstein se asomaron en algún momento a esta cosmovisión como una analogía del universo. Para mí, la música sigue siendo un misterio carente de una explicación última, definitiva. Por muchos ensayos sesudos, sociológicos, matemáticos, psicológicos que se hayan hecho, esta materia audible continúa siendo un enigma.

En cuanto a la fusión, revestida de fenómeno de modernidad, es bastante más antigua. La ruta de la seda, cuyo comienzo se sitúa allá por el siglo I a.d.C., recorría medio mundo comerciando con valiosas mercancías (seda y piedras preciosas, principalmente), desde China hasta Europa y África posteriormente. A lo largo de todos estos siglos, no sólo intercambiaron mercaderías. Por los pueblos por donde transitaba, se trocaron culturas, espiritualidades y, como no podía ser de otra manera, sus músicas, sus cánticos, sus danzas. Ahora, muchas de estas músicas que se consideran autóctonas, nacionales, hunden sus raíces de manera incontestable en aquellos intercambios humanos que se dieron a lo largo de aquella larguísima ruta comercial. Músicas de ida y vuelta, cuyas alforjas habrían de regresar tan repletas como los fardos que portaban los animales de carga.

Por último, mencionar, que hay quienes aseguran que nuestro planeta, en el periplo de su órbita, genera un sonido que se correspondería con la nota ‘Sol’, pese a que ante la ausencia de aire el sonido no se propague.

Sea como fuere, la idea romántica de que la música se expande por el universo, talvez no resulte tan descabellado pensar que esté emparentada de alguna forma con la mencionada materia oscura, aunque aquí en la Tierra nos parezca algo tan resplandeciente.