domingo, 29 de enero de 2023 17:31h.

El músico del amor

Siempre es bueno cualquier momento para rendir homenaje a las personas que hacen música sin esperar el aplauso o un lleno pleno en el graderío:

Músicos callejeros que regalan su talento y endulzan el transitar; músicos que ensayan sus melodías con los balcones abiertos: música a la intemperie  (como en el confinamiento) confortando soledades; personas que derraman música, como efigies de aguadores cósmicos empapando la vida.

Hace unos días, paseando por el Muelle I del puerto de Málaga, con un sol radiante de otoño y el aire fragante de melodías, comprobé por enésima vez el talento de músicos jóvenes (y no tanto) derramado en­tre los paseantes. La luz del Mediterráneo, sus aguas y el aire impregnado de arte. Eché de menos en la estampa las embarcaciones de otro tiempo amarradas a los fornidos noráis con maromas de cáñamo. Ese espacio lo ocupan ahora lujosos yates y las fortalezas inexpugnables flotantes de megayates que aturden al observador, incitándole a preguntarse qué hacen ahí esos monstruos. Me gusta pensar que esos músicos de la calle (del puerto), nos recuerdan el humanismo frente a las máquinas pretenciosas. 

Hace algún tiempo encontré una imagen en internet que me fascinó. Era una fotografía de alguien llamado Ario Wibisono, tomada en la ciudad de Tenganan, Bali (2010), y que el artista titulaba El músico del amor: Un hombre interpreta algo con una flauta para un niño (un ser desvalido confinado en una silla de ruedas). Ignoro qué música es la que sale de esa flauta. Cada cual debe imaginarla al ver la imagen. Es lo de menos. Pero debe ser algo prodigioso si es capaz de despertar sonrisas felices en una criatura cuya mente habita en otra dimensión: es el poder de la música. Poco tiempo después, dibujé esa fotografía sobre papel grueso con lápices de colores, para perpetuar en la memoria cada trazo, cada sombra y luz, cada gesto. La fotografía me sugiere que esta escena fue captada en un entorno de pobreza donde, no obstante, las personas conservan el humanismo que las hacen imprescindibles para los demás. Gestos de amor como sólo la música es capaz de inspirar al corazón humano. 

Otro gesto (éste absolutamente dramático y desgarrador), sucedió a principio del pasado mes de octubre en Jersón (Ucrania): el asesinato de Yuri Kerpatenko, director de la Orquesta Filarmónica de Jersón, por negarse a dirigir un concierto el día 1 de octubre organizado por las autoridades prorrusas para celebrar “el restablecimiento de la paz” en la región. Fue presuntamente ejecutado en su casa por soldados rusos, según denunció el Ministerio de Cultura de Ucrania. Sea como fuere y lo que este director pensara o sintiera, quitarle la vida a un músico (y a cualquiera) es un acto despreciable de cobardía. Creo firmemente que un músico, por definición, es alguien que personifica el humanismo y el símbolo del ser más preclaro en nuestro mundo. Esto me trae ciertos recuerdos de la infancia: ver abatir con el tirachinas a pajarillos pacíficos posados en las ramas de los árboles que teníamos en la calle; pacíficos y cantores.

Aunque suene utópico, debería instituirse llevar la música a los parlamentos del mundo, como necesidad vital, como lo es alimentarse o respirar. Tal vez el gallo madrugador nos despertara con sonatas de Mozart, o alboradas de bienvenida al naciente calor del sol.