miércoles, 21 de febrero de 2024 00:03h.

Duduk

Melodías ancestrales que se consagran a celebraciones envueltas en júbilo o como dulce hilo sonoro para acompañar el último transitar del alma hacia las estrellas, a los pies del monte Ararat, tenido por sagrado por lo que representa lo que una vez albergó su cumbre.

Dicen que el duduk es un instrumento difícil de tocar y que sólo unos pocos alcanzan la virtual excelencia, como los armenios Jivan Gasparyan, Udi Hrant o Lévon Minassian. 

Su peculiar sonido está en bandas sonoras de películas como La última tentación de Cristo, El código Da Vinci o Gladiator. En esta última es el músico venezolano Pedro Eustache quien hace sonar el duduk, pese a ser un instrumento genuinamente ar­menio. 

El desarrollo de este instrumento tiene una antigüedad ubicada en el primer siglo antes de Cristo, aunque el du­duk más antiguo conocido data de hace cinco mil años. El significado de duduk es ‘el alma del árbol de albaricoque’, y su doble lengüeta se fabrica con una planta local (junco) que crece a orillas del río Arax, en Ar­menia.

Las notas de este instrumento pueden parecer a primera vista (el oído también ‘ve’) invocaciones a la tristeza, a la melancolía (que también, a veces) pero son como fugas o deslizamientos por senderos que buscan las puertas del alma, donde quiera que se encuentren, y deslizarse sigilosamente en sus adentros. Una dimensión donde ‘nacer en algo’. Un espacio donde, ese nacer en algo, deviene en la búsqueda de respuestas a cuestiones existenciales que, como la propia sombra, hacen con nosotros el camino. Los instrumentos con sonido aflautado tienen esa virtud, son evocadores. Convocan entidades del aire, de la brisa, del viento, que se hacen audibles cuando se agitan entre las copas de los árboles o silban entre las grietas de las rocas, aunque la razón se resista a aceptarlos como indiscutibles evidencias.

El duduk hace música para el dolor y el luto, pero también su sonido agita las alas del amor. Alas de mariposa contoneándose donde viven las flores; también esas otras que generan tempestades en lugares remotos del mundo. Agita, así mismo, las anchas alas del águila majestuosa que exhibe su libertad en el cielo. No digamos las alas del pensamiento, más rápido que la luz, pero flemático al retener cuanto se sucede ante su mirada, por temor a equivocarse. La música ayuda en estos casos. Cuando esto su­cede, puede parecer que se pone montura sobre la espalda del dragón y se quebranta el anclaje que lo aprisiona. Estas palabras que vuelan (o así lo pretenden) y que pu­dieran parecer un torbellino de desvaríos, son ensoñaciones de explorador convencido; buscador de imposibles que se esconden en su propia sombra. Lo dice don José Saramago, “el caos es un orden por descifrar”. Todo esto llega a ser perceptible en el ondulado deslizarse sonoro del duduk cuando es convocado en solitario, pero también cuando se incorpora a la estela vibrante de la orquesta.

Duduk es manso transitar con el alma en vilo, y es en este contrasentido donde la música muestra su misteriosa dimensión. 

Sí. Diga lo que diga la erudición, la música sigue siendo el mayor de los enigmas. 

Mas algo sí que sabemos: es la mejor medicina natural de la gran botica del planeta.