sábado, 03 de diciembre de 2022 00:03h.

En clave de sol naciente

Con el transcurrir de los años, mi oído, lejos de perder audición, se ha vuelto hondamente exigente con respecto a lo sonoro, y de manera incontestable, con la música.

Cuando, en ocasiones,  vuelvo a escuchar canciones y melodías de los días de niñez o de juventud, ya no vibran las cuerdas interiores con la misma intensidad y las emociones son atentas observadoras que reconocen con respeto su pasado; sin añoranzas. En ese tiempo, las únicas fuentes musicales en las casas eran los aparatos de radio, incluso en aquellos hogares que carecían de este dispositivo, porque el volumen se alzaba en el vecindario con regocijo colectivo. Llevo en la memoria zambras y pasodobles con contenidos de amores trágicos, nostalgias patrias o desgarradas confesiones de alcoholismo por desamor: Vino amargo, que cantaba casi a todas horas Rafael Farina, un tango-milonga que se acercaba prudentemente al flamenco, dimensión musical que se consideraba asunto de tabernas y gente de mal vivir, locales donde proliferaron los carteles de “prohibido el cante”, (quién soñaba entonces con patrimonios inmateriales?). El trayecto de la música en la humanidad tiene tantos afluentes como los que nos obligaban a memorizar en la escuela: listas interminables que mi joven memoria rechazaba con temor inconfesable.  

A los siete años me fue dado cruzar el umbral de un portal a una dimensión tan vasta como el universo, aunque no fuera consciente de ello; y en esta extensión seguiré hasta el último eco que la música deja en el éter y en las almas. 

Hubo también el primer encuentro con lo que se daba en llamar música clásica, y la especulación de que eran conciertos para minorías elegantes e ilustradas, confinados en teatros y auditorios no aptos para todos los públicos. Quizás se deba a esta actitud que la música clásica no goce todavía de una mayor aceptación y comprensión popular, pero que cuando se asiste a uno de esos conciertos magistrales, se descubre con asombro que en lo más profundo habita una sensibilidad dormida que despierta con lágrimas frescas. Lo clásico, como nos enseña Irene Vallejo en El infinito en un junco, es la creación artística que ha sobrevivido al tiempo y a la barbarie.

 ¿Se acuerdan de la ‘mili’? Yo sí. La única música que se nos daba eran el toque de corneta y las marchas para desfilar con el fusil al hombro. Ya casi al final de esta estancia cuartelera, tras el toque nocturno de corneta de ‘vamos a la cama’, varios compañeros nos escabullíamos a la imprenta, de la que uno de ellos tenía la llave, y con la luz de una vela que no podía verse desde el exterior, sucedió el primer encuentro con el rock sinfónico: Pink Floyd. Me niego a aceptar el ambiguo etiquetado de ‘rock progresivo’, que suena a industria, frente al término ‘sinfónico’, un adjetivo que tiene música en cada una de sus letras. Poco después fueron llegando Yes, Rick Wakeman, King Crimson, entre muchos otros que, sin tregua, fueron universalizando mi pensamiento musical. La aceptación incondicional de esta extensión me lleva a consagrar el oído a las músicas del mundo, que parecen tantas como estrellas hay en el cielo. Muchas de ellas se habrán perdido en el transitar de la humanidad, para siempre. Pero es tan poderoso el genio creador que habrá música hasta el mismo instante en  que se contraiga el cosmos para ser de nuevo un ‘guisante’ a la deriva en la inmensidad oscura.