04:46h. jueves, 19 de mayo de 2022

La banda sonora de los sueños

¿Alguien ha oído alguna vez música en alguno de sus sueños? ¿Por qué parece tan raro, tan poco probable?

Resulta más que evidente que es la vista la que participa casi exclusivamente en los sueños: cuando soñamos vemos; son experiencias visuales: Imágenes (hasta se mueven los ojos bajo los párpados cerrados). Pero no es cine mudo. Aunque los posibles diálogos más parecen mentales que sonoros.

Algunas mañanas, la melodía del despertador se incorpora al sueño de ese momento. Pero es otra música la que oigo. A veces transcurren largos segundos hasta que la identifico y me enderezo para detener el dispositivo. Ese lapsus, en el que oigo música mientras sueño, todavía no sé si considerarlo banda sonora o un error de interpretación por parte de las neuronas cineastas del cerebro.

Permítaseme invertir ahora los términos. Es decir, ver la música estando despierto. Me ha sucedido solamente en dos o tres ocasiones. Experiencias brevísimas, fugaces, pero absolutamente reales. De ellas surgió esta reflexión en forma de versos:

 “Acogido de cuerpo entero por el diván mullido.
 Los ojos clausurados, no obstante despiertos en la penumbra de la estancia.
 Los oídos expandidos, invitadores, despreocupados.
 Comparece la música como niebla apresurada, como humo sigiloso de incienso.
 Ectoplasma de dimensión desconocida que recrea imágenes en la mirada interna,
sin traductores ni criptógrafos. Como concurrencia  con una luna en un sueño que deja estela:
 La música hecha misterio en movimiento. De humo y polvo. De polvo y niebla.
 Imágenes que no consienten la descripción con la palabra.
 Una dimensión sólo permitida a la mirada: Pareidolia de nebulosa lejana”. 

En este tiempo en que la tozuda realidad nos provoca tanto cansancio y desazón,  la música me parece un bálsamo incontestable; un remedio sanador; un paseo por el bosque con olor a tierra mojada por la lluvia: Claro de Luna, de Claude Debussy (por ejemplo).

No es una vacuna. Tampoco un remedio drástico propuesto por un curandero. Al cuerpo, lo que es del cuerpo; a la mente, lo suyo, lo que la estimula, alimenta y sosiega al mismo tiempo. Hay una música para cada emoción o sentimiento. Hay melodías que reducen la ansiedad y otras que elevan el ánimo en momentos de incertidumbre. Tal vez, en algún futuro no demasiado lejano, nos receten música a la par que analgésicos o antibióticos, como complemento sanador. (Ojalá fuera en sustitución de estos). Supongo que el cielo se colapsaría con los gritos de las farmacéuticas.

El microcosmos de la Música está formado por siete notas, más una octava que se repite (Do): ¿Somos capaces de imaginar la cantidad de música creada desde que existe nuestra humanidad? ¿A quién pertenece la música?

“La música no tiene dueño. Pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño”.

(María Zambrano, Diotima de Mantinea).