Buscar
12:28h. miércoles, 25 de noviembre de 2020
Columna de José Marcelo

“Uno está condenado a surcar la vía temporal que une el nacimiento con la muerte, nada puede hacer al respecto. No se puede volver atrás, no se puede parar el tren del tiempo”. Esta concepción filosófica sobre la vida es asumida por Alfredo de Hoces, autor de la novela Tren a la estación perdida.

La novela es un viaje sin retorno, porque, como dice Alfredo, no se puede parar el tren del tiempo. Es la estación que el ser humano busca, aunque de algún modo la lleva consigo, la vive,  la añora, quiere conocerla mejor. Prosigue diciéndonos que “hay estaciones en las que se puede apear  y coger otra vía para vivir instantes fugaces donde el tiempo parece detenerse. Instantes especiales en los que algunas personas se apean de nuestras vidas y otras se suben a ellas”. El autor, valientemente y en primera persona, nos narra su experiencia como persona con un lenguaje abierto y vital, con la hondura poética de decir lo que el alma quiere callar. Nos dice: “Sé  que algo en mi interior no anda nada del todo bien. Hace ya tiempo que me di cuenta. Por eso me ido; ando buscando algo que perdí”. Así se va despojando de todo ropaje, para dejar el alma al descubierto y desnuda. Lo hace enfrentándose a la vida y a la sociedad.

Alfredo de Hoces, como autor de su propia vida, se sincera consigo mismo y nos va dibujando su miseria y las miserias de la sociedad: “Vivimos una triste farsa que día a día nos esforzamos en creer. Intentamos convencernos de que hemos conseguido todo aquello que el sistema nos prometió a cambio de nuestros años de sacrificio: un trabajo bien remunerado, una vivienda digna, tiempo libre, seguridad social, libertad de expresión, libertad de elección. Pero apenas nos dan unas migajas, a todas luces insuficientes. Y lo triste del asunto es que se nos induce a pensar que la culpa es nuestra. (...) Deberíamos sentirnos ultrajados, pero nos sentimos fracasados. Quizás sea por eso que la gente finge ser feliz. (...) Desde luego que la presión es mucha; cada día recibimos unos trescientos impactos publicitarios, todos con el mismo mensaje: aún no tienes suficiente, aún no eres suficiente”.

Describe los personajes y el ambiente social con un realismo, que nos recuerda a las novelas de Víctor Hugo  y Dostoyevski: “Sacó dos tazas de un tazón y depositó en ellas sendas bolsitas de té usadas. Bolsitas amarillentas como la triste luz de la triste bombilla, como las tristes patatas, como la triste dentadura de la triste señora gorda de la casa triste. Menuda triste mierda, todo”.

Pero convencido de que su tren a la estación perdida debe proseguir, es consciente de que “la vida no es algo que simplemente sucede a nuestro alrededor; los buenos tiempos no se van para siempre. Uno puede, y debe salir a perseguirlo”. Nuestro protagonista, con la fortaleza del luchador, se enfrenta a todo tipo de fronteras sociales, económicas, idiomáticas, morales y culturales, porque está seguro que al final del camino podrá volver a sentirse orgulloso. Pero será el orgullo de haber sobrevivido.

Estamos ante una novela en la que, como he indicado, el realismo psicosocial del siglo XXI está presente y muy bien planteado, de tal manera que el lector se identifica con el protagonista, con sus miserias y con su coraje ante la vida; se verá reflejado en ese ‘espejo roto’ de la sociedad.  El protagonista es ejemplo del ser humano que siente la necesidad vital de sobrevivir.