09:39h. Domingo, 08 de diciembre de 2019

¿Somos tan pecadores como nos hacen creer?

No hay religión que no se base en el sentimiento de culpabilidad. El origen de esta emoción procede de los valores judeocristianos de nuestra cultura. Donde la figura paternal sim­bolizada por Dios, es vista co­mo un ser sobre­hu­mano que castiga a quien no sigue las normas y reglas establecidas.

La culpa se convierte en un remordi­mien­to ocasionado por la in­fracción de la con­ciencia, al ha­ber trasgredido las normas, los valores mo­rales y sociales. Este sentimiento se arraiga en la educación desde la infancia cuando se promueve la culpa interna: “Eres malo porque no me escuchas”. O bien incidiendo en la culpa externa con humillaciones públicas: “¡Eres un inútil!”. Este modelo educativo forma personas inseguras y con una baja autoestima. 
El sentimiento de culpa es una emoción social que afecta directamente a la persona y a las relaciones humanas; individualmente se manifiesta con dolores físicos y con la tristeza. Y socialmente perjudica las relaciones humanas, de tal modo que puede anular o controlar la voluntad de una persona, y de hecho, las personas manipuladoras la usan para aprovecharse de la situación de quien la padece.

Podemos distinguir entre la culpa sana o manifiesta y la culpa mórbida. La primera culpa es real porque es consecuencia de un prejuicio que ha causado a alguien; se soluciona con reconocer el error y pedir perdón. En la mórbida no existe ninguna falta objetiva que justifique el sentimiento de culpabilidad; causa alteraciones psicológicas como la depresión. También es consecuencia de una personalidad perfeccionista que se exige mucho así mismo. Cuánta más necesidad se tiene de aprobación o aceptación de los demás, más culpa o malestar se siente. También hay quienes culpabilizan a los demás de todo, para liberarse de la cuota de responsabilidad individual. Quienes ponen la responsabilidad en las circunstancias, pensando que nadie tiene la culpa, sino que son las situaciones del medio las que determinan los comportamientos. Cualquiera de estas expresiones de culpa son igualmente negativas y dañinas, porque seremos incapaces de tomar las riendas de nuestra vida. 

El plantear la pregunta que encabeza el título, nos hace reflexionar la importancia que tiene la forma de educación recibida y la educación que ofrecemos a nuestros hijos, así como el trato y la relación que tenemos cuando enjuiciamos a los demás. Recordad la frase del Maestro: “Que tire la primera piedra, quien esté libre de pecado”. 

Tristemente, hemos sido educados en el pecado, seguimos educando en el pecado. Habría que tener presente que no es lo mismo educar en la responsabilidad que en la culpa. Educar en la responsabilidad significa formar personas en la independencia, en la autonomía; confiando, reconociendo y potenciando sus capacidades. Educar en la culpa es creernos jueces; actuando así, manifestamos nuestras carencias. 

Para finalizar, es más juicioso ponerse en el lugar del otro, para comprendernos a nosotros mismos. Ya es cruel la culpa de por sí, como nos recuerda el filósofo Séneca en estas palabras: “Una persona que se siente culpable, se convierte en su propio verdugo”.