20:19h. Sábado, 19 de octubre de 2019

Se paró el tic-tac de su reloj

Columna de José Marcelo

A la poeta Marta Verdura Aguilar
En su memoria.

“Hay que saber irse para poder nacer a lo desconocido. Todas las imágenes pasan en un instante y, cuando llega ese silencio, es cuando somos conscientes que el amor no termina nunca, no se aleja nunca

…Y allí estábamos, nuestras manos fundidas en ese instante lleno de bendiciones donde se detiene el palpitar de un corazón, se apaga el ruido y se abrazan las esencias”.

Estas palabras poéticas pertenecen al poemario Luciérnagas, de la poeta Marta Verdura Aguilar, fallecida el 14 de septiembre de 2019. Fue de las niñas que tuvieron que emigrar con sus padres al extranjero y, al regresar a España, eligió como residencia Torre del Mar, donde ha morado la otra mitad de su vida. Fue profesora en la especialidad de Fi­lología. Ha estado siempre presente en tertulias literarias y en lecturas poéticas. Su profunda visión sobre la vida la ha dejado re­­­­­flejada en sus poemarios. En estos últimos años ha padecido una grave enfermedad que la ha convertido en un ejemplo de persona combativa, porque ella es de esas personas que ha logrado transformar el sufrimiento en una nueva fuerza creativa, y ha evitado quedarse en la amargura. Marta lo ha conseguido: ha sabido irse con los deberes hechos.

Marta dice que “el amor es una especie de tic-tac, /como si un reloj y su péndulo oscilante / aguardara otro reloj para acompasar su marcha”. Y su universo tiene sentido cuando hay amor, y es la razón de su existencia: “Sé que existe, porque creo en la vida, en ese niño cuando la inocencia vuela. (…) Cuando el agua del mar se me escurre entre los dedos. (…) Porque sé que ni el agua, ni la arena, ni las mismas olas volverán. (…) Pero sí, mantendrán la misma esencia. De la misma esencia de la que eres Tú”.

Su obra poética ha surgido de la experiencia, bajo el filtro de la meditación, y así va desvelando la naturaleza del alma: “Envejecer es, simplemente, estar paseando/por el camino que conduce a la trascendencia,/ en este viaje, la naturaleza del alma/ es como las luciérnagas que/ iluminan las cálidas noches de verano”. E incluso nos describe como es el método: “Hay que abrir la ventana/ para escuchar la hermosa música / que vibra en el santuario de la naturaleza,/ dejas que los ojos se te vayan cerrando, escoges los colores, visualízalos, y permites que entre en tu cuerpo / porque estarás dentro de la luz radiante, /de la inteligencia y los sentimientos / que el universo dibuja,/ y la creación estará contigo”.

Yo no quiero despedirme, y sé que tú no me lo permites. “No quiero recuerdos./ Recuerdos que me consuelen./ Los recuerdos son reflejos de un atardecer que se ausenta. (…) En esta hora muda de tu despedida/ seguiré tus pasos,/ y negaré tu ausencia./ Como la ola golpea sobre la roca/ creeré en tu presencia.”

Gracias, amiga y compañera poeta, por tu legado, por tu magisterio, por esa lección sobre la vida.