06:05h. Sábado, 20 de julio de 2019

No tengo tiempo

Artículo de José Marcelo

Frente a la infinitud del tiempo, la breve vida humana es nada. Este pensamiento nos hace sentir que nos falta tiempo para vivir. Que la partida al más allá aparece a destiempo. Que siempre nos quedarán asuntos por resolver y cosas pendientes por hacer. Nos consuela pensar que las continuarán los que vienen de camino. Esta continuidad es lo que, verdaderamente, da sentido a la historia.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su libro El aroma del tiempo, plantea la problemática actual de la concepción del tiempo. Nos habla de una vida acelerada, de prisas, en la que nos quejamos de que no tenemos tiempo.

La expresión ‘no tengo tiempo’ se pronuncia con descontento, porque se concibe el tiempo como mercancía que se intercambia. La realidad es que somos tiempo, pero es el tiempo quien nos posee. 

La sensación de que el tiempo pasa muy rápido, tiene su origen en que se está perdiendo la capacidad de  demora, de concebir que todo posee una temporalidad; ejemplo de ello es no admitir el ritmo de las estaciones, ni de la vida misma. Las prisas, el ajetreo, la inquietud, los nervios y una angustia difusa caracterizan la vida actual. El miedo a perder cosas valiosas y el deseo de intensificar las vivencias tienen como consecuencia una vida acelerada. En la cual se vive a toda velocidad, donde nada es durable, y está marcada por vivencias fugaces, repentinas y pasajeras. Pero, por muy alta que sea la cuota de vivencias, seguirá siendo una vida corta. 

Esta vida acelerada cae en el peligro de la instantaneidad, en la que todo se hace presente: Aquí, ahora. Aquello que no sea presente no existe; anulando el pasado y el futuro. Esto trae como consecuencia un caos de acontecimientos, que producen en la persona un estado de desorientación y de falta de identidad. La vida humana se em­­­­­­pobrece. 

El filósofo alemán Heidegger, argumenta que la historia, entendida como tiempo orientado, es la única que puede evitar este estado de caos y de pérdida de identidad de la persona. Nos dice que “la esencia de la historicidad propia es la duración, que no pasa”. Y se fundamenta en esta concepción de la historia como existencia propia y perdurable, con la que el hombre debe ser consciente de su importancia y vivir en armonía con ella; es decir, con una existencia propia. Prosigue diciéndonos que “aquel que existe en forma propia siempre dispone de tiempo. No pierde el tiempo, porque no se pierde”. (…) “Y así el que existe en forma impropia pierde constantemente el tiempo y nunca tiene tiempo. Perdiéndose a sí mismo en sus múltiples quehaceres, pierde el tiempo”. Por lo tanto, su propuesta consiste en trasformar el no tengo tiempo para nada en siempre tengo tiempo. Para alcanzarlo, propone encontrar una motivación existencial de sí mismo. 

En otra orientación, el novelista y ensayista francés Marcel Proust, en su novela En busca del tiempo perdido, hace un intento de devolver la estabilidad a la persona y de recuperar su identidad; basándose en el pasado y en los recuerdos.

En esta tesitura que nos plantea la vida, todos los autores coinciden en que debemos evitar una vida acelerada, que cae en el peligro de reducir el tiempo al presente, donde nada se trasmite y todo envejece a gran velocidad. Y ser conscientes de que somos creadores de la historia. Cuando se dice que hay que vivir el presente, sea entendido como acto de responsabilidad, porque son nuestras acciones las que construyen la historia, la historia de la humanidad.  
Y acercarnos a la sabiduría, comprender que no podemos poseer el tiempo, que es el tiempo quien nos posee. Como así nos recuerda la reflexión de la poetisa Marta V. Aguilar: “Ahora es el instante en que me veo a mí misma de otra manera, constantemente cambiando y, nunca volveré a ser como era antes”.