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18:58h. jueves, 29 de julio de 2021

La mirada del barrendero

Columna de José Marcelo

“Un barrendero que barre en silencio y observa a esos seres humanos con los que nos cruzamos a diario y en los que apenas reparamos. Que posa su mirada en unos objetos que, por cotidianos o desechados, ignoramos”.

Con estas palabras comienza el prólogo el poeta Ricardo Sanz su poemario La mirada del barrendero, en el cual elige como protagonista el oficio de barrendero, que por ser humilde y cercano, lo convierte en esa metáfora de la vida que muestra lo más hondo de la sensibilidad humana. Ese barrer los desechos humanos que hablan de cómo somos y cómo vivimos. Habla también de amaneceres y madrugadas, de vagabundos y mendigos, de vertederos donde un niño con harapos abraza a un cachorro cubierto de barro... Nos dice que “su mirada siempre puesta en lo humilde y derruido, (...) más en lo sugerido que todo lo manifiesto”. Donde habitan ese gato al acecho, camuflado en silencio, despistados caracoles y gorriones asustados. También “esa plancha oxidada de hierro, /un abstracto que el tiempo ha pintado,/y que colgaría en un museo/sobre lo cotidiano ignorado”.

Me ha hecho recordar al actor Mario Moreno, ‘Cantinflas’, quien en una película se metió dentro del personaje del barrendero, lo caracterizó con gran humanidad, como ejemplo de todo lo malo que debemos barrer. Cuando se le pregunta por su oficio, contesta: “Soy ingeniero en asepsia”.

En esta obra, Ricardo Sanz fusiona al poeta y al barrendero, y lo hace con la misma humildad que el personaje ‘Cantinflas’ actuaba. Teniendo, como el mismo expresa en un poema, “una mirada, la suya, limpia, libre de toda patraña, que no analiza ni separa, que sólo vislumbra y calla; una mirada que contempla lo visible y a lo invisible se encauza, que con todo se maravilla, que no rechaza nada y se funde con la vida”.

La lectura de este poemario conduce al lector por los valores que nos unen como seres humanos: la necesidad del afecto, la de comunicarnos. También esa necesidad de trascender, de dejar la herencia. La más cotidiana de todas que, como el poeta expresa en palabras del barrendero, es la de “limpiarme del polvo que barrer las calles conlleva”. Que es la de compartir las adversidades de la vida.
Porque la vida nos exige estar presente, creciéndonos ante las dificultades como esa flor de la que nos habla el barrendero del poemario: “...vuelvo al suelo mi mirada/ y la escoba se detiene./De la alcantarilla asoma/una pequeña flor blanca, (...) Siento cómo sus raíces/se ahondaron en lo umbrío/y cómo creció su tallo/esquivando los peligros”.

Ricardo Sanz demuestra que la poesía está viva en el presente siglo XXI, lo hace, como el mismo expresa, con un lenguaje sencillo que huye de artificios, yo añadiría, además, que es comunicativa e íntima. En cuanto a la temática, eleva la cotidianidad a lo poético, lo hace trascender, ejemplo de ello son estos versos: “Ese instante que es único,/irrepetible y perfecto, bello fractal de lo eterno/que habitamos sin saberlo./Es el simple escobazo,/que está repleto de encanto,/el milagro cotidiano/que me salva del espanto. Es el latido del silencio/en el centro del vacío,/pues la materia es polvo/y la memoria, olvido.”