domingo, 14 de julio de 2024 14:31h.

Mar adentro

Cuando la palabra se manifiesta a corazón abierto, como un río de sangre que derrama a borbotones los sentimientos, los vomita de lo más hondo del alma;  y eleva místicamente la mirada  al cielo, al mar, a la naturaleza, a lo humano y lo divino.

Quedan los interrogantes y sus respuestas. Entonces se ofrece lo poético como misterio revelado. Formas de mirar al mar, poemario de Emilia García Castillo, cumple con creces esas premisas de revelación poética. Porque no sólo interviene la mirada de la poeta, sino es un intercambio de miradas, un diálogo mutuo de complicidad y entrega.

Francisco Montoro, autor del preámbulo, dice: “Los poemas de Mª Emilia se convierten en las claves para interpretar su mundo, el mundo presente, su capacidad de análisis y su modo de degustar la vida. (...) Una mujer-poeta que, desde siempre, se esfuerza en ser una niña, que mira con ojos de luz las oscuridades del acontecer, que navega en las soledades del alma para alcanzar el puerto seguro del entorno vital y de reconocerse a sí misma y a los suyos”.

Navega mar adentro buscando sus entrañas, y nos dice que “el miedo es alto y cie­go como noche / en mar alta, nubla­da, negra y gruesa. / El miedo es agua he­lada entre mis pechos/cuando cuento las olas que me faltan”. Los corazones de los náufragos están cansados de luchar a mar abierto. Negra noche. Negrura arriba y abajo. Negrura sin horizonte. Cuentan la insistente llamada de las olas, que golpean, lamen, sacuden, acarician su esperanza. La poeta vigila la crecida del agua y reza para que se sosiegue. Reza para que puedan pisar tierra. Pero la mar huele a sal y algas, a naufragio.

La autora del prólogo Margarita García-Galán habla del alma de Mª Emilia, y nos dice que “vestida de algas y espuma, desnuda de vanidades, cercana siempre a lo humano, me acerca más y más a su universo de poeta que canta a la vida, a lo bello, al amor dolorido, a lo incomprensible, a lo que tendría que ser y no es. (...) Desde su orilla mira al mar. Al mar amigo, al mar profundo, al mar inhóspito, al mar amante...”.  

Como poeta mira al mar, y ese azul que ayer le bastaba para sentir que el mundo era bueno, hoy le lastima. Y la mar le mira, le devuelve su mirada dolorida, porque crece el mar conteniendo una isla de bolsas, caucho, goma deforme, basura... Ese abrazo del mar le ahoga. Entonces camina tierra adentro, al mar de las ciudades. Lanza una cuerda hacia algún punto de agarre, al urbano naufragio del amor, que se hunde en lentas soledades. Encuentra ese mar de in­­­­vernaderos, siente el mar, y el grito amargo y la dulce alegría de los que dejaron el mar, mar adentro.