23:01h. Jueves, 14 de noviembre de 2019

Lo que oculta el eclipse

Columna de José Marcelo

Cruzaba el paseo marítimo pensando en lo que ocultaba el eclipse, si era a mi ‘ser’ a quien ocultaba o a mis banales posesiones, las cuales me atan a este mundo. Estaba en este pensamiento cuando me sorprendió la melodía del aleluya de El Mesías de Händel, cuya obra dos músicos interpretaban en plena calle. Arrojé una moneda que cayó tintineante en el cestillo.  Recordé que el mismo acto lo había presenciado en otras ocasiones. En ese instante también estaría pasando en  otras ciudades del mundo: “Que al atardecer, / la melodía del flautista / susurra secretos íntimos. / Nadie, nadie… / Nadie se detiene para oírla”. Pero, por primera vez, no pasé de largo y me paré a oír los acordes: La música calmó mis preocupaciones.

Pienso en la actitud de los músicos, y admiro la humildad con que ofrecen su actividad creativa. Esto me hace reflexionar sobre la importancia de ‘ser’, y sobre lo banal que son las cosas que poseemos. La libertad y el amor con que actúan es como si fueran pordioseros del alma. Porque ellos ponen a prueba a los transeúntes, para comprobar si saben distinguir entre el ‘ser’ y el ‘tener’. En esta sociedad de consumo se minusvaloran los actos creativos y todo lo que sea gratuito, aunque suponga un gran esfuerzo de quienes los ofrecen. En cambio, se valora mucho lo que se paga caro, como un automóvil de lujo,  una gran mansión, un yate, la fama… Son cosas, posesiones que esconden cómo somos las personas.   

A la vida  nacemos  desnudos, pero dependemos de la cuna y del vestido con que nos cubramos para distinguirnos. Vamos acumulando cosas, porque nos imponemos la creencia de que “valemos según tenemos, y no por lo que somos”. Tener y codiciar  son acciones que elevan nuestro ego. Lo grave es que las posesiones actúan como máscaras que ocultan la esencia de nuestro ‘ser’. El verbo tener lo mueve todo, la economía, el negocio de comprar y de vender,  así compramos lo innecesario y  vendemos lo que somos.  Al final la muerte nos vuelve a desnudar.

Me viene a la memoria, una cita del poeta hindú Khalil Gibran: “El amor no posee, ni es poseído”. Tendemos a expresar los sentimientos con posesión, así los expresamos cuando decimos: mi novio o mi novia, mi esposo o mi esposa. Porque nos cuesta asimilar que el amor no es una relación de pertenencia. Amarse es darse mutuamente, y es un regalo. Entre dos personas que se aman, ninguna persona es dueña de la otra, porque la posesión implicaría esclavitud. El amor es un sentimiento libre.  Hay que reeducar el lenguaje y decir como lo expresa el poeta: “Es el compañero o la compañera, / que habita en vuestra casa. / Haced de vuestra casa vuestros corazones”. Vivir el ‘Amor’ sin ningún sentimiento de posesión, tal como lo concibe el poeta Khalil Gibran, evitaría la violencia de género que, tristemente, se da en la relación de pareja. 

Tras ese eclipse se ocultan los buenos sentimientos y el miedo a mostrarnos cómo somos. La máscara que nos construimos niega al ‘ser’. Vivimos la vida aparentando lo que no somos, sujetos a la opinión de los demás. Es hora de oír la música universal, la que nos une y nos hace bailar a cada cual a su son. Que con la diversidad de colores se hace la belleza del paisaje.