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11:53h. sábado, 31 de octubre de 2020
Columna de José Marcelo

En memoria de Antonio Jiménez González 

El origen y precedente de la plaza es el ágora de la antigua Grecia, término que significa asamblea. Era el espacio de encuentro donde los ciudadanos se congregaban para  comerciar, para realizar actos culturales y conversar sobre la política y la vida social de la ciudad.

Hay una anécdota sobre Sócrates, a quien un discípulo le pregunta: “¿Por qué elige la plaza y no la naturaleza para pensar y filosofar?”. Y el maestro,  usando el arte de la mayéutica, le responde: “¿Por qué crees tú? ¿No es el hombre quien habita en la plaza?”.

Dentro de esa concepción de ágora, que he expuesto,  era como Antonio Jiménez entendía y vivía la vida. Yo le decía: “Antonio, tú eres un filósofo”. Él me respondía con una sonrisa, que aportaba sorpresa e interrogación. “Sí, eres un filósofo y  de la escuela de Sócrates”.

Antonio  habitaba en la plaza e iba a la búsqueda y captura de la conversación enriquecedora, con esa actitud de bohemio que vive la cotidianidad con asombro. Por ello se identificaba con el ágora, porque  es en la plaza donde habita el hombre y  donde lo cotidiano transcurre como  cosa esencial de la vida.

Antonio Jiménez reivindicaba la plaza como lugar de encuentro y como  universidad pública de la vida,  así la concebía también Miguel de Unamuno. Yo os invito a que la reivindiquéis también, ahora que, tristemente,  se está perdiendo la facultad de conversar mirándose a la cara, amenazada por el intercambio de información de las redes sociales.  Soy consciente de que vivimos otro tiempo, al cual hay que adaptarse, pero  ello no debe de impedir tener presente la plaza y habitarla, porque es símbolo de cultura, de negocio, de  tertulias.  Tengo la esperanza de  que salgamos de esta pandemia y surja  una nueva manera de pensar,  en la cual apreciemos lo importante de la vida como es el respeto a la naturaleza,  construyendo un nuevo modelo de ciudad más saludable, donde las plazas vuelvan a ser espacios de convivencia.  Dejemos de convertirnos en meros transeúntes que nos trasladamos con nuestros vehículos por la ciudad y, cambiando de actitud, comencemos a caminar  y a ocupar sus plazas; así recuperaremos el ser habitantes de nuestras vidas. Porque lo triste es ver cómo las plazas se  utilizan de aparcamientos de coches, cuando ellas son el corazón de la ciudad y, su finalidad debe ser representar su vida. Este cambio social sería una gran revolución en lo humano, porque tomaríamos conciencia del daño que estamos haciendo al medio ambiente y, como consecuencia,  también a nosotros mismos.

Antonio me lo decía, “soy de otra época, por ello defiendo  la plaza pública”.  La plaza era su  Dulcinea, y como un Quijote defendía sus magnolios. Pero lo que sentía, verdaderamente, era  miedo a los cambios bruscos del paisaje urbano de su Vélez-Málaga, y también añoraba las buenas conversaciones de tiempos pasados. Le dolía la pérdida del centro histórico que, en un tiempo,  fue la cuna  del comercio comarcal. Razones de corazón tenía para crear la Axarquía, y que Vélez-Málaga fuese su capital.  Representar esa titularidad era un reto difícil de mantener, y a cuya representación tenía miedo de perder. Pero Antonio Jiménez sigue, como buen caballero, batiéndose con los molinos de vientos, que, actualmente, son los nuevos tiempos. Presente está en  su plaza pública, dejando sus huellas indelebles. Así quiero recordarte y que te recuerden.