10:41h. Sábado, 18 de enero de 2020

La historia del profesor

Columna de José Marcelo

A D. Francisco Del Pino Roldán

“De niño, / iba a la escuela/de Pampanito. /Cuando cada maestro /tenía su escuela, / y una cartilla para todos los niños”. Con estos versos recuerdo a mi primer maestro de escuela, en los comienzos de los años 70 del siglo pasado. Como comenta el autor del prólogo de mi poemario Poemas de cal y arena, el profesor D. Cristóbal Martín Rivas, quien conoció también al maestro y la escuela aludida, hablando de la enseñanza dice: “Rinde homenaje al ‘Maestro Público’ de aquellos años de pobreza económica y anímica. Aquellos maestros que tenían que enseñar a grupos tan diversos y con tanta escasez de medios, y presididos por tantos signos políticos y religiosos, bien merecen un gesto como el de Antonio Machado “… a mis maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud”.

Después comenzaron los años 70 y, en esa fecha, el inicio de mis estudios de bachillerato en el instituto Reyes Católicos, que era el único que existía para toda la comarca de la Axarquía, lo que demostraba la escasez de centros educativos. Era un privilegio ser alumno y tener la oportunidad de estudiar. Aunque se seguía bajo la presidencia del mismo signo político y religioso, pero comenzaba a reinar un espíritu nuevo: de respeto, de compromiso, de rebeldía a cuestionar los temas. Existía admiración hacia el profesorado, porque ellos daban ejemplos. Recuerdo cómo un profesor le llamó la atención a un alumno, porque no hizo los deberes de estudio: “¿Sabe usted cuánto le cuesta al Estado el asiento que ocupa? No está usted aquí para derrochar el dinero que invierten por usted, ni para perder el tiempo”. 

Fueron años muy difíciles para el profesorado, que carecía de libertad, y, también, para el alumnado, porque se le exigía mucho. Pero se valoraba el esfuerzo y la voluntad. Había una calidad pedagógica y humana muy grande, como expresa el profesor don Francisco Del Pino Roldán, quien anteponía, primero, a la persona y, después, la asignatura. Gracias a ellos, aprendimos valores y fuimos los ciudadanos que hicieron posible la venida de la democracia.

Estamos en las primeras décadas del siglo XXI y los cambios que se están produciendo son tan acelerados que, como consecuencia, se pierde la perspectiva de la realidad. Y esta situación de incertidumbre está produciendo la pérdida de valores pedagógicos como el esfuerzo y la voluntad.

Hemos llegado a un modelo de sociedad donde se valora más lo que tienes, que lo que eres. Y se antepone antes el dinero que consigues sin esfuerzo, que la profesionalidad. Ante esta situación, la labor docente se siente impotente. 

Y en esta desolación de impotencia un maestro me confiesa: “El oficio de maestro es ingrato. Ingrato per se. Primero porque los alumnos son niños y permanecen ajenos al transcurrir de sus vidas, bastante tienen con superarse en los niveles de sus juegos electrónicos. Segundo, sus progenitores están angustiados con la meta que se han propuesto de ser los padres perfectos. Aunque vivan divorciados. Tercero, la administración navega en una nave insonorizada a miles de años luz de distancia de una Tierra, de la que no quiere saber más que los impuestos que obtiene de los contribuyentes”.