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01:17h. miércoles, 23 de septiembre de 2020
Columna de José Marcelo

“¿A dónde me conduce la libertad /de ser humano? / Si el agua del río se la lleva. / ¿Por qué estoy hecho para el pensamiento?/  Si el pensar me duele, / como me duele / esa imagen confusa en el espejo”. 

Estos versos del poeta nos hablan de la libertad. Pero de una libertad, ante todo, humana, que está sujeta a la realidad y circunstancias de la naturaleza de la vida. Por lo tanto, es una libertad tan efímera como es la misma vida. Pues una cosa es pensar y otra cosa muy distinta es existir. Porque existir nos exige vivir, cada día, como una batalla que hay que afrontar.

No me vale para nada el silogismo de “Pienso, luego existo” del filósofo francés Descartes, para demostrar un racionalismo, el cual la vida no tiene. Porque el ego, ese yo interior que mueve todo el inconsciente del ser, que se hace presente en todo lo humano: ambición, amor, odio..., nos conduce hacia los instintos más primitivos. La voluntad queda relegada a una libertad sujeta y supeditada a la supervivencia.

Cualquier pandemia como enfermedad que atenta la vida, cuestiona, de alguna manera, la existencia humana. Porque es ejemplo de rebeldía de la Naturaleza contra el ser humano. Rebeldía a las acciones del Humano como huésped. Quien la transforma a su antojo, cayendo en el error de olvidar que sólo está de paso. Y es, precisamente, ese ego, el que le hace creerse dueño de la naturaleza, quien le traiciona. 

Tampoco nos valen los argumentos económicos, sociales, políticos... si no ponemos la libertad al servicio de la Naturaleza, entendida ésta como maternidad o fuente de vida, para aprender a convivir con y para ella. Esta convivencia nos exige tomar conciencia de que somos un huésped más que vive en ella. Que, como especie humana, también estamos en peligro de extinción. De nosotros depende nuestra existencia.    

La pregunta es obvia: ¿qué estamos aprendiendo ante un estado de pandemia que amenaza nuestras vidas? La respuesta individual no vale. Porque es necesario consensuar una repuesta única, pero no sobre qué hemos aprendido, sino a la cuestión de qué hacemos para revertir la situación y conseguir vivir en armonía con la madre naturaleza.     

Si lo que impera, ante todo, es la continuidad de nuestra especie, para seguir trasmitiendo la herencia evolutiva que hemos recibido: la historia humana con sus aciertos y errores; entonces os digo que estamos en la buena dirección y hablamos el mismo lenguaje. No quisiera exponer la situación de forma alarmista, porque soy consciente de lo breve que es la vida, la necesidad que tenemos de vivirla intensamente, y disfrutando del bienestar. Pero también me importa mucho la humanidad y su existencia.

Como expone el filósofo alemán Immanuel Kant en su obra Crítica de la razón pura: “No hay libertad alguna, sino que en el mundo todo ocurre según las leyes de la naturaleza”.  Con lo que se demuestra, y se hace evidente, que la naturaleza humana como lo humano de la libertad están sujetas  a las leyes de la naturaleza.  Lo dicho: de nosotros depende nuestra existencia.